La mujer del don o el péndulo de una vida

El autor y director Guillermo Hermida estrenó en Beckett Teatro su última obra protagonizada por Silvina Sabater, quien despliega talento durante toda su confesión en los diversos espacios de su templo.


Silvina Galdi

Es sábado y una hora antes de la medianoche, cuando ingresamos a la sala mientras Silvina Sabater como la mujer del don, enciende las velas y el incienso. El programa anticipa que habrá “una confesión, una recapitulación transformada en suceso teatral. Un acto de fe donde conviven lo lúdico y lo ritual, lo material y lo invisible. Así, la protagonista -portadora de un don inusual- nos adentra en un mundo infrecuente, sin otro propósito que el de sentirse comprendida y cerca de los demás.”

Silvina Sabater invita al público de modo anfitrión a desentrañar un secreto, su cobijo íntimo con otros y su falta. A medida que recapitula la vida de la mujer, despliega talento en todos los rincones del escenario, tanto en su templo de velas y flores, como en su sillón central o en pistas de baile –acompañada por un coro de bailarines- que se ubicarán en los extremos del espacio. 

¿Vidente bucólica? ¿Bruja chic? ¿Niña soñada? Por momentos, la mujer que se pregunta por su heredado rasgo que le confiere su condición especial, se sofoca a sí misma y se agobia por esa “fuerza” que la apresa, en un cuerpo que no le alcanza. En otros, vivencia fascinaciones por el mundo de la noche y de los viajes excitantes que la frenetizan. Entre rings de teléfonos y consultantes full time que la toman de amuleto, la mujer del don, desarrolla la paciencia para interiorizar un grito que no logra dar a sus consultantes: “Despertate, idiota, que la vida es corta”.

El imperativo se repliega y lo convierte en carne propia, y en este sentido la entrega de Sabater en la bruma de la soledad es absoluta, tan conmovedora como las tonalidades de una mujer que pendulea entre la devastación, el desborde y el reclamo a la madre ausente. Esas formas de recaída hacen un excelente contrapunto con otras que propone su director, relativas al baile y a las formas paródicas en las que la vidente provoca la risa del público ante la indolencia y la ira.

Guillermo Hermida, autor y director de la obra, en este sentido, manifiesta: “Silvina Sabater estaba muy disponible a mi propuesta. Para ella es un primer monólogo en toda su carrera y además nosotros no habíamos trabajado juntos. Mi búsqueda era combinar la coreografía con lo narrado. Y ella lo logra.” 

Hermida tomó para la escritura algunos aspectos de la vida de la bruja Carmen Normandín (llevada a escena para contar su bio por Vivi Tellas, en 2012) y los ficcionalizó. Satirizó aspectos propios de los años noventa y los presentó en la puesta a modo de circo, con poco adorno y con una estética austera, fortalecida por las luces y la música. Hermida confiesa que su nueva obra carece de “materiales risueños” por lo que puede provocar cierta sorpresa en quienes han visto sus obras anteriores. Lo cierto es que el dramaturgo además de haber brindado una excelente dirección, reservó para su narración una poética cuidada, recortada en el pensamiento bello.

En la entrega leonina de Sabater en los diferentes tiempos y espacios que articula La mujer del don, la voz de la actriz alcanza la fuerza del hechizo al espectador: junto con ella nos preguntamos por la esperanza, por la vida sin certeza, el amor perdido y los estados en que la noche nos puede llegar a evidenciar el ser en absoluta soledad. En este sentido, con esta obra, nosotros también seremos testigos consultantes de la mujer del don.

Ficha técnica:

INTÉRPRETE: Silvina Sabater.
CORO: Carolina Borca e Ignacio Francavilla.
ASISTENTE DE DIRECCIÓN: Juan José Barocelli.
VESTUARIO: Marisol Castañeda.
MAQUILLAJE Y PEINADOS: Dino Balanzino.
ESCENOGRAFÍA: Lucila Rojo.
DISEÑO DE LUCES: Ricardo Sica.
AUTOR Y DIRECTOR: Guillermo Hermida.

BECKETT TEATRO, Guardia Vieja 3556. 

Sábados a las 23 hs.

$ 180 / $ 150

También podés leer:

>Clara, un thriller que sale del placard.
>Un "melodrama pringoso" de Kartun con juego y talento.
>"El nombre de la luna" o el cuarto propio en realidad aumentada.

Hermida reserva para la obra una poética cuidada, recortada en el pensamiento bello.