Por qui閚 repican los tambores: la fiesta del candombe porte駉

Sobre los adoquines del Pasaje San Lorenzo, en pleno coraz髇 de San Telmo, 30 comparsas tomaron la calle por asalto para celebrar la negritud rioplatense, desandando la antigua "ruta de los esclavos".

A fuego lento. As templan sus tambores los muchachos de la comparsa Calzada Candombe. Sobre los adoquines del Pasaje San Lorenzo, en pleno coraz髇 de San Telmo, arde una peque馻 fogata junto al cord髇 de la vereda. Seg鷑 los que saben, el fuego ayuda a conseguir la afinaci髇 justa del instrumento. 揑gual, con este 憀orca no hace falta tanta llama. Ni a palos pongo el tambor al fuego. Con treinta y pico de grados que debe estar haciendo, la humedad del parche se evapora solita, explica con precisi髇 meteorol骻ica Gustavo Duete, el joven que dirige la comparsa llegada desde el partido de Almirante Brown, en el segundo cord髇 del Conurbano.

En pocos minutos, cuando den las cinco, con puntualidad brit醤ica pero con ritmo rioplatense, los 50 integrantes de Calzada Candombe habr醤 dado el puntapi inicial de la 11 Llamada de San Telmo, la fecha estelar del fixture candombero porte駉. 揈s el gran d韆, todo el a駉 ensayamos para esta fiesta. Hoy vamos a ser miles tomando la calle, resalta Duete, pintor de brocha gorda y fino ejecutor del repique. El hombre a cargo de la batuta no se equivoca. Seg鷑 los organizadores, la cita reunir a 30 comparsas, 1500 m鷖icos y bailarines y a un hormiguero de m醩 de 10 mil fan醫icos, vecinos y curiosos que van a gozar al ritmo de los tambores en el casco hist髍ico de Buenos Aires.

揌oy formamos con una batea de 20 tambores. Un cu醖ruple cinco, explica Duete el dibujo t醕tico que utilizar la comparsa. Antes de salir a la cancha, mejor dicho al empedrado, con aires menottistas les pide a sus compa馿ros que vayan para adelante, que no aflojen, que le pongan picante al andar. Son cultores del estilo Ansina, uno de los toques 杍unto al Cord髇 y el Cuareim que integran la sant韘ima trinidad del g閚ero. Cada uno lleva con orgullo el nombre del barrio oriental donde fue parido. 揕o nuestro mezcla un poco la cadencia y el palo y palo. La clave es ir alimentando a los muchachos durante todo el recorrido, para que salga lindo el candombe, dice y se calza al hombro su fiel repique. 摽Sab閟 qu? Esto es un fiesta, pero sobre todo es un espacio que ense馻 a compartir. En la comparsa hay gente de todos los palos: cumbieros, punks, rockeros. Lo importante es que estamos en comunidad. En la misma tribu.

Historia a contramano

Aunque vivi la cultura uruguaya desde la cuna 杝u madre y su marido son orientales, Carina Vlajovich lleg al candombe por una cuesti髇 epid閞mica. 揝iempre digo que la piel me llam. Hace varios a駉s, escuch los tambores en la calle, me acerqu y no los pude dejar m醩, recuerda la joven, que le da duro y parejo al tambor chico en la agrupaci髇 Idil. Carina colabora en Comparsas de Candombe Organizadas, la asociaci髇 civil que vela por el reconocimiento y la promoci髇 de la cultura afro-uruguaya en la Argentina. 揂nte la ausencia del Estado, las comparsas autogestionamos la llamada, que este a駉 homenajea a Tito Quiroz, un referente de la colectividad. La idea es sumar gente de todo el pa韘, ans韆 la muchacha radicada en Avellaneda. Mientras reparte bidones de agua entre los acalorados m鷖icos, resalta que, al igual que San Crist骲al y Monserrat, San Telmo es un barrio muy ligado a la negritud. All se radicaron durante la 閜oca colonial miles de negros esclavizados, tra韉os a la fuerza desde el continente africano. El recorrido de la llamada no es azaroso, sino que guarda en su seno un fuerte car醕ter simb髄ico. Se monta sobre la 搑uta de los esclavos, que un韆 el puerto 杄n la actualidad, Parque Lezama con el Pasaje San Lorenzo. Las cr髇icas de 閜oca cuentan que los esclavos deb韆n recorrer la calle Defensa, donde se los comercializaba. En el pasaje todav韆 se conserva la 揅asa M韓ima, que el boca en boca popular rescata como el 鷏timo hogar de un esclavo liberto en Buenos Aires.

揈l recorrido de la llamada es en sentido inverso. Devuelve a los negros a sus or韌enes, a sus ancestros, resalta Vlajovich, mientras las primeras cuerdas comienzan su deriva. Con sus tambores y bailes, las comparsas empiezan a reescribir la historia por la angosta calle Defensa. Siempre a contramano.

Siga el baile

Casi llegando a la esquina de Estados Unidos, las comparsas avanzan apretadas, a paso de legi髇 romana. La voz cavernosa de los tambores repite su incansable 揵orocot, borocot, borocot髷. Desde las veredas, la multitud acompa馻 con palmas la eterna clave: 揷has, chas, chas, chasch醩. Algunos vecinos disfrutan el desfile sentados en sillitas playeras como si estuvieran en la Bristol. Comparten amargos y bizcochitos de grasa. En pleno s醔ado, los vendedores ambulantes se hacen el domingo vendiendo cerveza bien helada.

A la altura de Independencia, un grupo de turistas escandinavos intenta seguir el ritmo de los tambores, pero sus pasos tienen menos onda que una escuadra. 揈l baile es muy personal y libre, pero trabaja con energ韆s de la naturaleza: el agua, el aire, la tierra. Cada una est ligada a un orish釘, explica Marcela Gayoso, docente de danzas afrobrasile馻s. Comanda a una 30 bailarinas que le sacan brillo a los adoquines, acompa馻ndo a la comparsa Kumbabant. Este a駉 homenajean a Oshumare, el orish de la serpiente y el arco iris que integra el nutrido pante髇 africano. Con coronas y trajes hechos a mano, las chicas hipnotizan con cada uno de sus movimientos.

揘o hay nada que hacer, para bailarlo hay que tenerlo en la sangre, afirma Joseline Mart韓ez, empleada bancaria y bailarina que derrocha elegancia en la comparsa Curimb, junto a sus hijos. Es uruguaya, pero vive hace d閏adas en Adrogu. Todav韆 recuerda su infancia en el barrio Piedras Blancas, 韈ono de la negritud montevideana. 揗i mam Nair me llevaba a los desfiles del 18 de Julio y a las llamadas. Uruguay es la Meca, pero Buenos Aires tambi閚 tiene lo suyo, compara la dama ataviada de enagua y alpargatas blancas y radiantes. Vino acompa馻da por Liliana P閞ez, una artesana que tambi閚 lleg a la comparsa por invitaci髇 de sus reto駉s. 揈l candombe no discrimina, atraviesa toda la sociedad -dice P閞ez y empieza a mover el esqueleto como en trance-. En realidad, somos una gran familia.

amo' arriba!

En los grandes encuentros candomberos casi siempre se arma quilombo: un espacio de fiesta, liberado. Los integrantes de la comparsa Tambores Tintos, llegados en un micro escolar desde Ensenada, son expertos en hacer estallar el festejo. 揝omos de familia carnavalera, criados en el Barrio Sur de Montevideo, la tierra prometida del candombe. Tocar ah es como tocar el cielo con las manos, dice Rub閚 Muela y sonr韊 mostrando sus fundas de oro. Lo secunda su sobrino Nando, un morocho musculoso que parece salido del casting de Espartaco. En el 醨bol geneal骻ico familiar se destaca el fallecido artesano Juan Velorio, 揺l ingeniero de los tambores, y los an髇imos ancestros que los acompa馻n en cada llamada. Nando muestra sus manos curtidas y acaricia el pesado piano de m醩 de diez kilos. La tarde pinta dif韈il, dice, por el calor, y el recorrido es largo. 緼lg鷑 secreto para aguantar? 揈l ritmo gozoso y tomar mucha agua, que es el l韖uido refrigerante. La nafta es el tinto, advierte.

A unos pocos metros, Claudia Salomone, lookeada como 搈ama vieja 杣no de los personajes ic髇icos de la cultura candombe junto al 搚uyero y el 揺scobero敄, se delinea los labios antes de salir a escena. Cuenta que la 搈ama rescata el rol de la vieja ama de llaves colonial, la comadrona protectora de los j髒enes, eje de la colectividad. 揈n las llamadas me sale la africana que siempre tuve en secreto. S髄o me falta el color de la piel, porque tengo el alma y el coraz髇 bien negro, dice, y en el pasaje estalla una vez m醩 el repique de los tambores. As ser hasta la medianoche y m醩 all.

Hasta que las fogatas no ardan.