Un mundo de 60 asientos para mostrar la ciudad que los turistas quieren ver

Del centro hacia el sur y hacia el norte, los 韈onos de la porte駃dad for export desfilan ante los ojos de visitantes c髆odamente ubicados en el segundo piso de un bus descapotable. Una experiencia acolchonada que evita el choque cultural.

En los primeros d韆s del a駉, Buenos Aires deja de ser la ciudad de la furia, al menos por un rato. Circulan en enero por las calles porte馻s, seg鷑 estimaciones oficiales, casi 30 mil veh韈ulos menos, y el grueso de los oficinistas de dependencias p鷅licas y privadas eligen tomarse su merecido descanso estival. La temperatura pasa c髆oda los 30癈 y el term髆etro de las protestas callejeras, que nunca cesan, se toma un respiro y desciende un par de escalones. Entonces, Buenos Aires se transforma en terreno f閞til para los turistas. Curiosos de todo el mundo que buscan descubrir los atractivos tradicionales de una ciudad casi vac韆.

Son las cuatro de la tarde del primer mi閞coles del a駉 y el centro neur醠gico de la City luce una soledad ejemplar. En la Parada 0 del Buenos Aires Bus, sobre Diagonal Norte, peque駉s grupos de turistas esperan la partida de la 醬rea unidad 1160. Destino final: los barrios del sur, uno de los tres recorridos que ofrece esta iniciativa tur韘tica para obtener, en poco m醩 de tres horas, una panor醡ica expr閟 de la Reina del Plata.

揈stos d韆s es el para韘o, se駉r. Uno puede ir con el colectivo a 10 km/h y nadie le va a andar tocando bocina, asegura Cristian Marc髇, un curtido chofer del bus. Mientras aguarda su turno de salida, degusta un mate dulce y reflexiona con aires zen: 揅髆o explicarle: a diferencia del transporte urbano, este trabajo es la paz interior: desconecta del mundo. Ac uno no tiene la cuesti髇 del apuro, nadie te corre, y no te putean los pasajeros. Marc髇, oriundo de Berazategui, tiene 43 a駉s de vida y once de colectivero. Supo ganarse el mango uniendo San Francisco Solano y Ciudad Universitaria en la m韙ica l韓ea 33. Luce lustrosos mocasines y camisa prolijamente arremangada y cuenta que la rutina laboral es muy distinta en el nicho tur韘tico: 揂c la gente viene a pasear, y yo salgo a dar una vuelta con ellos. Es como salir en el auto con mi 慾ermu y los chicos. De tanto escuchar el audio que acompa馻 sus derivas urbanas, se ufana Marc髇, ha aprendido mucho sobre cultura e historia. Se considera una suerte de historiador m髒il: 揗e nutr mucho, y si un turista pregunta, puedo dar c醫edra. Antes de montarse al volante de la mole, asegura que ha paseado a turistas de los cuatro puntos cardinales del orbe. Entre los m醩 famosos recuerda a Dunga, el ex jugador y DT brasile駉: 揅uando lo vi se me vino a la mente el gol de Caniggia en el Mundial 90, pero no me anim a hacerle un chiste. No soy Maradona, pero creo que le di un lindo paseo.

El pasear es un placer

La planta alta del bus est atiborrada. Muchos brasile駉s, algunos europeos y unos poquitos porte駉s que juegan de local. El gran submarino amarillo surfea la onda verde por Diagonal Norte y luego dibuja un rulo alrededor de Plaza de Mayo. La experiencia tur韘tica que ofrece no es colectiva sino m醩 bien individual. Alienados, los turistas escuchan en sus auriculares la narraci髇 prefabricada con datos de color y pinceladas hist髍icas sobre la capital argentina. Un men pol韌lota que puede degustarse en 13 lenguas: del ingl閟 al japon閟, pasando por el italiano, el portugu閟 e incluso el chino mandar韓.

A la altura de la Catedral Metropolitana, el empresario brasile駉 Marcelo Teixeira dispara la c醡ara de su iPhone con frenes. Cuenta que es admirador del Papa Francisco. Quiere llevarse de recuerdo una postal casera del antiguo conchabo porte駉 del sumo pont韋ice. Dice que hace tres horas aterriz en Aeroparque, dej sus petates en el hotel y se lanz a devorar la ciudad. 縎u primera impresi髇? Buenos Aires es una ciudad quente. Los 33 de t閞mica no lo desmienten. 揈stos paseos nos dan una visi髇 general a los que llegamos por primera vez, asevera el hombre de negocios radicado en Goi醩.

Un par de asientos m醩 adelante, Marlene, una comunicadora social boliviana, se confiesa maravillada por la arquitectura y los parques porte駉s. Cuenta que, para aprovechar el sistema hop on-hop off que ofrece el bus 朿on m醩 de 30 paradas en diversos barrios har un stop en San Telmo. Quiere conocer en profundidad el Paseo de la Historieta, el circuito que homenajea a diversos personajes del c髆ic nacional, retratarse abrazada a la estatua en tama駉 (casi) natural de Mafalda, en el cruce de Defensa y Chile. Antes de descender del b髄ido amarillo en la parada de Avenida Independencia, a pasitos del Viejo Almac閚, la pace馻 asegura que el servicio le parece aceptable, aunque algo caro. El pasaje para los turistas extranjeros subi a 490 pesos hace pocas semanas. Antes de llegar a Buenos Aires, Marlene fue a saludar a unos parientes que tiene en Azul: 揈l pasaje hasta all me sali m醩 barato, y son 300 kil髆etros.

Desde su asiento, Nicol醩, vecino de Flores, estudiante de la UBA y zapatero de oficio, apoya la queja de Marlene, mientras se saca una selfie justo cuando el bus pasa frente al Congreso. Decidi hacer el recorrido con sus primos. Lo atrapa, dice, sentirse un turista en su propia ciudad. 揕os 350 pesos que nos cobran a los argentinos me parece un poco mucho. Deber韆 ser m醩 accesible, afirma rotundo y agrega que el servicio tendr韆 que incorporar m醩 barrios, para mostrar la diversidad porte馻.

Lejos del bravo calor que reina en la planta alta, la joven alemana Julia Lutz disfruta de las mieles del aire acondicionado en el piso inferior del bus. A fines de noviembre se lanz al t韕ico viaje inici醫ico por Sudam閞ica. Viene de visitar Per, Chile y la Patagonia. Es fan醫ica del tango, lleva una semana 搚irando por Buenos Aires y para perderse en La Boca eligi un look m醩 adecuado para una excursi髇 por el Amazonas: camisa de mangas largas color caqui, gruesos jeans, pa駏elo al cuello, botitas de trekking. Pese a las ventajas del cambio, Julia repite: 揈s un ciudad hermosa, aunque un poco cara.

Postales porte馻s

La Bombonera y Caminito son un must de la gu韆 tur韘tica. El conductor del bus lo sabe y maneja el tempo para que los turistas puedan retratar los coloridos conventillos y el estadio donde brillaron Rojitas y Riquelme. En la parada del estadio, los turistas bajan al galope. Algunos son arriados hacia el museo del club. Otros se pierden en los comercios que venden merchandising boquense: camisetas con el escudo de Boca, buzos con el escudo de Boca, llaveros con el escudo de Boca y escudos de Boca. 揟enemos las camisetas a 150 y postales a 15 pesos, pero la mano viene fulera, compran poco los turistas, asegura Luis S醤chez, un comerciante de la calle Iberlucea. A los viajeros les encanta el barrio, dice, pero 揻alta seguridad, esta ma馻na un turista se comi un arrebato ac en la esquina.

Desde la Vuelta de Rocha, el Riachuelo barroso regala una t韕ica imagen de suburbio. Antes de subir al 髆nibus, en la parada junto a la Fundaci髇 Proa, la estudiante colombiana Valentina resalta que hizo 搕urib鷖 en otras ciudades y que el servicio porte駉 no desentona. Propone que las unidades circulen hasta m醩 tarde, porque 揃uenos Aires es una ciudad que no duerme.

En la Costanera Sur, el bus roza las monumentales Nereidas de Lola Mora. Luego, deja ver el Paseo de las Glorias, habitado por estatuas de h閞oes del deporte nacional: Vilas, Meolans y el vandalizado Leo Messi, a quien hace pocos d韆s le amputaron el torso. Al final del recorrido, con los rascacielos de Puerto Madero copando el horizonte, la ciudad "playm髒il" regala su postal postrera, ostentosa y artificial.