La ley de la calle: migrantes pobres, trabajadores precarizados y desocupados que se la rebuscan en las veredas de Once

El t髍rido mediod韆 es implacable sobre el cemento de Pueyrred髇 y Bartolom Mitre, a metros de la estaci髇 Once. Un grupo de manteros que quedaron a la deriva tras el violento desalojo del martes pasado deliberan. Los rodea un bravo mar de polic韆s.

"Vinimos de muy lejos para trabajar, cruzamos el oc閍no, y s髄o queremos hacerlo dignamente", afirma Mohamed Anne, un vendedor callejero de origen senegal閟. Es oriundo de Thi鑣, un pueblo industrial desmantelado a 60 kil髆etros de Dakar. Tiene 30 a駉s y hace seis zarp a hacerse la Am閞ica. Primero Brasil, enseguida Argentina. "Mi sue駉 era conocer el pa韘 de Maradona y tener un futuro mejor." Cuando lleg no ten韆 conocidos, mucho menos documentaci髇 en regla. Para pagarse una pensi髇 tuvo que salir a vender en la calle. Unos paisanos africanos le dieron una mano para arrancar. "Ser solidarios es costumbre de mi patria. Estamos muy lejos, tenemos que vivir como familia. Si a alguno le falta para comer, juntamos para ayudarlo", cuenta. Siente rabia, dice, cuando la tev habla de los senegaleses como una mafia que vende mercader韆 robada, asegura que la bijouterie y la ropa la compran en locales habilitados en Flores, La Salada y el Once. "Mercader韆 que llega al pa韘 en containers, con el control legal de la Aduana. Adem醩 pagamos el monotributo", dice y agita entre sus dedos el carnet con el sello de la AFIP. Anne cuenta que las ventas cayeron en picada y que cada vez le cuesta m醩 mandar algo a sus padres en 羏rica. Dice que los migrantes se sienten defraudados con el presidente Macri. Y denuncia que en las reuniones entre los representantes oficiales y los delegados de los manteros no particip la colectividad africana: "Nos dejaron afuera. 緿髇de est醤 nuestros derechos como trabajadores?"

Ra鷏 Quispe tambi閚 mastica su bronca contra el gobierno PRO. "Hasta julio del a駉 pasado trabaj en una metal鷕gica. Once a駉s en blanco. Pero con las medidas de este gobierno en contra de las pymes, nos echaron y apenas me pagaron la liquidaci髇 del 鷏timo mes. Al poco tiempo no ten韆 ni para el alquiler." Desde entonces remienda los agujeros de su empobrecida econom韆 vendiendo hilos, agujas y tijeras en la esquina de Castelli y Rivadavia. "No es f醕il vender en la calle, lleva un tiempo aprender el oficio. El desalojo fue un mazazo", se lamenta el mantero salte駉. Asegura que jam醩 le pag una coima a la polic韆 para instalar su puesto. Y que no piensa bajar los brazos: "No me ganaron ni los terratenientes de los tabacales de Or醤 que me explotaban. Pero el acuerdo con el gobierno es una mentira. Piden muchos requisitos y la mayor韆 no va a entrar. En un par de meses van a estar reclamando en la calle otra vez."

Bajo el paraguas que la protege del sol, Berta Cruzado llora desconsolada. "緾髆o voy a hacer el censo si no tengo ni el DNI? Perd todo, se駉r." Tiene 32 a駉s y se moviliza en una silla de ruedas. Durante el desalojo fue golpeada con sa馻 por la polic韆: deja ver los moretones sobre su om髉lato derecho. Dice que los agentes le arrancaron su ri駉nera, donde atesoraba el documento, medicaci髇 y unos pocos pesos. "Me trataron como a un trapo, peor que a un animal." Comenz a vender en la calle hace diez a駉s, sobre Pueyrred髇, cuando su hija Jani era todav韆 una guagua. Reci閚 hab韆 llegado desde Cajamarca. La polic韆 la corr韆 y le sacaba la mercader韆. Luego se instal sobre Castelli y alcanz cierta estabilidad: alquil un departamento, mantuvo a su hija, a su madre y a su abuelo. "Pero ahora, le hablo desde el coraz髇, no s de d髇de vamos a sacar para vivir."