Cottolengo Don Orione: una segunda oportunidad para lo usado, en 閜ocas de crisis

Una visita al galp髇 de Pompeya que alberga los tesoros de la austeridad.

Con ojo cl韓ico, Nelly analiza los atributos de una bufanda escocesa. "ire qu lana, bien bonita! Usted sabe, con estos primeros fr韔s se larga la temporada de invierno, hay que ir buscando precio y calidad, y dejarse sorprender por lo que aparece", asegura la se駉ra nacida y criada en Pompeya. Dos veces por semana visita con puntualidad las instalaciones del Cottolengo Don Orione en ese barrio del sur. En el sector roper韆 se aprovisiona de muy variopintas prendas de segunda mano, aunque primeras marcas. Luego las revende en una feria de Florencio Varela. "Ac vest a mis hijos y aprend a ganarme mis pesitos. Antes se consegu韆n cosas m醩 interesantes: ac compr los zapatos que us el d韆 de mi casamiento, unos Liotti que me quedaban al pelo, parec韆 la Cenicienta. Hay que reconocerlo, el Cottolengo nunca me dej a pata. Pero bueno, con la crisis, ya no se regala ni un pa駏elo", dice Nelly sobre los tiempos violentamente austeros que vive el pa韘. En las ferias, cuenta, la venta de rezagos y ropa usada aument en los 鷏timos meses. "La mano viene brava, brav韘ima", subraya. El trueque volvi a salir a escena.

"S, no tenga dudas, los clientes fluyen todo el d韆 buscando alguna oportunidad. Igualmente, se nota que falta dinero", aporta Nora, una de las encargadas. Ante un auditorio de cuatro estoicas compradoras, recita de memoria: "Chalecos a 30 pesos, corbatas a diez, camperas a 150 y pantalones a 30. Busquen, chicas, que hoy lleg de todo. espu閟 de la una, rebajas de 50 por ciento!". Bien temprano, Nora recibe la indumentaria que llega en camiones. Selecciona, clasifica y, finalmente, les se馻la virtudes y defectos a los clientes. "Los precios son muy accesibles 朼severa la coqueta vendedora mientras dobla un abrigad韘imo pullover escote en V pero igual siempre se regatea. El p鷅lico es variado: al pie del ca耋n siempre est醤 los revendedores de ac y del interior, algunos curiosos, pero sobre todo gente humilde que no tiene un peso, m醩 que nada ahora. Y bueno, 縞髆o era la frase? 杙regunta Nora a una de las se駉ras. S, esa habr que pasar el invierno".

Desde hace m醩 de 25 a駉s, Pablo B醨tolo abre religiosamente el galp髇 de la calle Cachi a las 7 de la ma馻na. Trabaja para la obra de Don Orione desde que termin el secundario. "Este, m醩 all de ser un lugar de oportunidades, es un espacio que ayuda a financiar a los cottolengos", aclara. La instituci髇 mantiene centros en todo el pa韘, en los que se atienden unas 2000 personas con discapacidad. El de Claypole es el m醩 importante de la obra parida por el cura piamont閟. Don Orione fue canonizado por Juan Pablo II en 2004 y era reconocido como "el padre de los pobres e insigne benefactor de la humanidad dolorida y abandonada". Mientras recorre la nave central, repleta de muebles y electrodom閟ticos, B醨tolo explica que las donaciones refuerzan el esp韗itu altruista del proyecto. "No vendemos descartes ni basura. Hay un trabajo de selecci髇 y reparaci髇. Los donantes le dan una mano a la obra y a quienes se acercan a comprar porque tienen necesidades". B醨tolo ejerce el duro oficio de cajero. "La gente regatea mucho, y no s si es una buena o mala costumbre. Entiendo que la calle est dura, pero a m me toca defender los ingresos para la orden. Cuando hay crisis, lamentablemente, es cuando mejor se trabaja ac. Pero ahora ni eso: desde finales del a駉 pasado venimos mal. En marzo repunt algo. No hay plata ni para comprar usado".

Veteranos de Pompeya

Don Mario Gorosito, santiague駉, comanda el 醨ea de electrodom閟ticos. Reconoce con modestia sus dotes para reparar televisores y heladeras "con lo que tiene a mano". En su espacio se ofrecen desde tev閟 de los a駉s '80 hasta lavavajillas de marcas premium apenas venidos a menos. "Con el cambio de gobierno, la gente volvi a lo usado", arriesga Gorosito, apoyado en un lavarropas autom醫ico que espera due駉 por 1500 pesos. Precio final. Su hija Samanta trabaja en el sector polirrubro: vende cl醩icos de Salgari, palos de golf, enseres, juguetes de lata, cubiertos de plata y diversas fantas韆s de ayer y hoy.

Elvia Esp韓dola es la decana del espacio de indumentaria. Adora trabajar rodeada de telas, lienzos y tejidos a馿jos, darles una segunda oportunidad. Con buen gusto, suele aconsejar a los vestuaristas que visitan su reino textil. "Viene mucha gente de teatro y de Indumentaria de la UBA. Buscan vestidos de 閜oca. No sabe la cantidad de pel韈ulas y de programas de televisi髇 que se vistieron en el Cottolengo." Entre las clientas m醩 afamadas, recuerda a Tet Coustarot y a la oriental China Zorrilla.

Las artes visuales tambi閚 encuentran sus musas en este espacio. Mientras chusmea los percheros repletos de camisas de seda, el artista pl醩tico Ovidio Wain dice de sus visitas al Cottolengo: "Es como un vicio para m. Compro cepillos, fichas, blusas, cosas antiguas y de mucha calidad. Todo lo reciclo para mis obras." Hoy tuvo suerte: se top con una camisa hecha en Nueva York a solo 20 pesos. Y quiere encontrar alg鷑 sombrero que le d un aire a Harrison Ford. "Este es un lugar de inspiraci髇. Ac hay muchos mundos. Es una vuelta por el universo".

En el galp髇 trabajan m醩 de 20 empleados. Armando tiene varias d閏adas en el gremio. Su h醔itat es el espacio dedicado a los muebles. Los arregla, recicla, lustra. Es experto en dejarlos "pip-cuc", resalta. Mientras plumerea pianos, sillas de oficina y camastros de hierro, cuenta que m醩 de una vez se ha sorprendido por lo que se vende, "cosas raras que uno mira y dice: 'esto no lo llevan ni regalado'. Pero siempre aparece el interesado. Nunca falta un roto para un descosido".