¿Y ustedes creen que un indio puede gobernar un país», dijo mi pariente haciendo parpadear sus ojitos azules, el 22 de enero de 2006, cuando Evo Morales asumió por primera vez la presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia convirtiéndose en el primer mandatario de ese país de origen indígena, a pesar de que allí los blancos descendientes de europeos son minoría.

El hecho no sería más que una intrascendente anécdota familiar si no fuera porque mi pariente, una suerte de Susanita, la amiga de Mafalda, encarna eso que suele llamarse sentido común. Ese sentido común consiste en creer, por ejemplo, que sólo quienes cuestionan el statu quo tienen ideología, mientras que los reaccionarios carecen de ella porque sólo responden al orden natural de las cosas.

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Lo cierto es que el indio gobernó y lo hizo contrariando el sentido común de quienes suponen que la colonización política, económica y cultural es un fenómeno casi de tipo meteorológico como la lluvia o las variaciones de la temperatura. Y contra los fenómenos naturales, se sabe, nada se puede hacer sino aceptarlos. Si alguien se sublevara contra las precipitaciones o el verano sería considerado como alguien que se aparta de los parámetros de normalidad, una rara avis, un distinto. Y Evo fue tan distinto que dignificó a los pueblos originarios, sacó a miles de bolivianos de la pobreza y hasta se atrevió a cometer el pecado mortal de nacionalizar los hidrocarburos. Quizá los dueños del sentido común podrían argumentar a su favor que tuvo un vicepresidente blanco para equilibrar la balanza, pero en Bolivia un blanco no cuenta como tal si es marxista, así como en la Argentina un blanco tampoco cuenta como tal si es peronista.

Afortunadamente, en Bolivia existe ahora una forma de ser blanco aunque la piel oscura delate el mestizaje con un indio en alguna rama del árbol genealógico. La autoproclamada presidenta de Bolivia, Jeanine Áñez, por ejemplo, no dudó en declarar: «Yo tengo una mezcla de rasgos arios y nórdicos, y no tengo nada que ver con los coyas bolivianos». Quizá su método de blanqueo dermatológico no sea desde el punto visual tan efectivo como el que utilizó en su momento Michael Jackson, pero, a cambio, es de una innegable coherencia de pensamiento. Así como reivindicó su origen ario y nórdico desmentido por su piel morena, ella, su entorno y hasta el gobierno de la Argentina afirmaron que aunque la policía y el ejército le hayan exigido a Evo que abandonara la presidencia, lo que sucedió en Bolivia no es un golpe de Estado y constituirse en presidenta sin tener un solo voto tampoco es un acto antidemocrático. Ciertas contradicciones infames, según parece, responden al orden instituido de las cosas.

Es cierto que bastaría con revisar superficialmente un libro de Historia para comprobar que el sentido común no es tan natural como parece, sino que tiene un origen preciso que muchos eligen olvidar. Tomando un ejemplo al azar, podría hablarse, por ejemplo, del descuartizamiento de Túpac Amaru en 1781, el cacique revolucionario indígena tantas veces mencionado por Evo. Existe un testimonio anónimo de ese asesinato que consiga Boleslao Lewin en La rebelión de Túpac Amaru: «Se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Atáronle a las manos y pies cuatro lazos, y asido éstos a la cincha de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o el indio en realidad fuese de fierro, no pudieron absolutamente dividirlo, después de un largo rato lo tuvieron tironeando, de modo que le tenían en el aire, en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, movido de compasión, porque no padeciese más aquel infeliz despachó de la Compañía una orden, mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó». Los mismos padecimientos sufrió su mujer, Micaela Bastidas. «De este modo acabaron Amaru y Bastidas –dice el testigo–, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto, que se nominaron reyes del Perú, Chile, Quito, Tucumán y otras partes, hasta incluir el gran Paitití, con locuras á ese tono».

Cualquier coincidencia de este relato histórico con la actualidad no parece mera coincidencia. Tampoco parece coincidencia la reaparición de la Inquisición en la figura de Luis Fernando Camacho que, Biblia en mano, dice querer llevar a Dios al Palacio Quemado.

Pero, bueno, justo es reconocer que Evo Morales también es un soberbio, ¿cómo se le ocurre a un indio gobernar un pueblo mayoritariamente indígena? Las dudas de mi pariente eran razonables. Para colmo, dicen que el padre de Evo lo bautizó así por Eva Perón, esa negra resentida que también era arrogante.

Nada bueno pueden hacer juntos un blanco que no cuenta como blanco porque es marxista y un indio pobre que adora a la Pachamama. Es de no creer: se llevaron un puñado de tierra boliviana al exilio mexicano.