La escritora colombiana Carolina Sanín nació en Bogotá, en 1973. Su importante obra incluye libros de ensayo sobre literatura medieval, relatos, cuentos, novelas, libros infantiles y hasta un libro de novenas ilustrado.

Es doctora en Literatura Hispánica por la Universidad de Yale y especialista en literatura de la Edad Media, dicta talleres de escritura y es columnista en diferentes medios.

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Leída cada vez más en nuestro país gracias a la editorial Blatt & Ríos, que comenzó publicando Los niños en 2018; luego, Somos luces abismales en 2020, y Tu cruz en el cielo desierto en 2021, hoy se encuentra en Buenos Aires para asistir a la Residencia de Escritores que organiza el Malba.

El objetivo de su viaje fue  dar forma allí a una colección de textos autobiográficos inconclusos e impartir un taller de escritura con el foco puesto en la noche y todo lo que evoca trabajando, junto con los asistentes, en la producción de imágenes relativas a lo diurno y lo nocturno.

También participará la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde dialogará, junto con la escritora chilena Alejandra Costamagna y la argentino-brasileña Paloma Vidal sobre las relaciones afectivas en tiempos de virtualidad, un tema que elaboró, magistralmente, en la novela Tu cruz en el cielo desierto.

Auténtica heredera de Clarice Lispector pero con una voz propia, su prosa configura un modo de acercamiento a la experiencia para capturar el ser de las cosas, en un viaje filológico por la tradición literaria española en la cual, además, es especialista.

Publicó los libros para niños Dalia, en 2009, y La gata sola, en 2018, que fue seleccionado en la lista White Ravens.

Tiempo Argentino dialogó con ella sobre su particular modo de abordar la escritura ficcional, en el que, muy lejos de lo que conocemos como “autoficción”, conjuga experiencia personal, relato y lectura con un viaje a través de la historia de la literatura.

–¿Conocías Buenos Aires o es tu primera vez?

–Vine al Filba en 2018 cuando lo único mío que se había publicado aquí era la novela Los niños y estuve una semana solamente, así que, esta vez, que vengo por cinco semanas, voy a darme el gusto de conocer la ciudad todo lo que pueda.

–¿Cuál es el proyecto de escritura que viniste a llevar adelante en la Residencia de Escritores, en el Malba?

Es un libro que he estado escribiendo los últimos años, una colección de textos, algo así como el “lado B” de Somos luces abismales. Son textos, algunos viejos, otros recientes, con la característica de estar entre el ensayo, la lección y la autobiografía. Son como ensayos en el sentido más “montaignano” del término, que combinan la cita y la reflexión, pero también están pensados como un intento de salirme del tema. Para mí, el tema es un punto de partida para llegar a otros temas, es la distracción, la asociación de objetos, siempre conectándolos con el hilo autobiográfico.

Vas a estar un buen tiempo en Buenos Aires. ¿Qué expectativas tenés en cuanto al intercambio con escritores argentinos?

–En cuanto al intercambio con escritores argentinos, no tiene que ver con estar aquí o no estar, en mi caso el contacto es permanente. Lo que me genera mucha expectativa es el taller con participantes de Buenos Aires. Para mí, es una forma específica de hacer literatura. Yo valoro tanto mi trabajo como escritora, en soledad, como el trabajo en los talleres que doy. Son un tipo de performance, lo que surge en mí y para mi escritura se da en esos encuentros. Es donde empiezo a entender de dónde surge la imaginación. Pienso que lo que sucede en un taller es irrepetible. Nunca pasa lo mismo en otro taller, con otra gente. En este, en particular, el objetivo es trabajar el tema de la nocturnidad en la literatura.

¿Por qué te interesa tanto lo nocturno?

–Porque la noche es el espacio de los sueños, del amor y de los cuentos, como sucede en Las mil y una noches, donde Sherezade cuenta cuentos en vez de dormir. Me interesa de qué lugar nocturno surgen algunos textos y de qué lugar diurno surgen algunos otros. Y me interesan el día y la noche como objetos de observación y escritura, cómo entendemos el arco del día que es también el arco dramático, el día como unidad de tiempo y como unidad literaria, algo tan bien trabajado por grandes autores. Y quisiera explorar con este grupo cuáles son las atmósferas de las horas, qué pasa en las distintas horas. Por qué es importante esa estructura del día.

Los tres libros publicados acá, si bien son diferentes entre sí, parecieran pertenecer a un mismo universo, donde se conjugan autobiografía, erudición y un cuidado amoroso en el acercamiento a los temas, al objeto. ¿Qué es lo que buscás explorar en la escritura?

–Es mi propia salvación lo que quiero explorar. Cada libro es una manera de vincularme con el mundo y cada libro corresponde a un tiempo mío y a un esfuerzo por vincularme con las cosas, de hacerme presente en el mundo y de buscar el amor por el mundo. Y ese amor es lo único que supongo que puede salvarme del tiempo y la muerte, como a todos. Ese amor va contra el miedo a la extinción y el miedo al sinsentido.

–¿Y la docencia, qué es lo que les aporta a tus ficciones?

–Les aporta todas las cosas que pienso mientras doy una clase, en ese escenario que te concentra y te exige, que a la vez es un escenario de total generosidad. No hay nada que sepa que no lo diga, ni acerca de escribir ni acerca de las obras que estudio. Y entonces, esa disposición a expresar todo lo que tengo para decir, alimenta la disposición a la hora de escribir. Casi que todas las cosas en las que pienso me aparecen cuando estoy delante de los estudiantes, como si necesitara la presencia de otros para producir. Desde el año pasado, tengo un programa de conversaciones en la televisión y es en el diálogo con otro que se me ocurren ideas y además, con un entusiasmo distinto porque son ideas vivas, son para otro y están en el contexto de un reconocimiento mutuo. Este ha sido un nuevo género para mí. Casi se han vuelto inseparables dar clases, las conversaciones públicas y el acto de escribir. El estímulo del otro para mí es muy necesario para pensar.

Sos especialista en literatura española medieval y traducís textos clásicos de varios idiomas, por lo que tu objeto de estudio es a la vez tu herramienta de escritura. ¿Qué significa para vos el español? ¿Tiene que ver con una cuestión de reivindicación, de resistencia?

–Para mí, el español es la lengua común de los latinoamericanos y es una lengua con la que tenemos, desde luego, una relación ambigua, porque es una lengua que nos impusimos.

–¿O nos impusieron?

–Bueno, ¿a quién se refiere ese “nos”?, porque nosotros no existíamos cuando la impusieron. Nosotros existimos como hijos de esa imposición. Ahí empieza la contradicción. Para mí, el español tiene un rasgo particular y es que los latinoamericanos vivimos la segunda vida de esa lengua, porque la primera vida es la que tuvo en España. Esa lengua, el latín vulgar, que es el español, al venir a América Latina, de alguna manera, está viviendo una vida después de la muerte y es una lengua que, por tanto, en América Latina siempre enunció la muerte. Y yo creo que eso es lo que entendió, por ejemplo, Juan Rulfo, en esa conversación de los muertos. El español que se transforma a través del Atlántico es el español que se transforma entre la vida que vivimos y la vida después de la muerte. (NdeR: un tema caro a la literatura de esta autora, el de la resurrección, del despertar –que se repite en los mitos, en los cuentos de hadas y en la tradición cristiana–, para ella, no es otra cosa que el impulso del deseo, es decir, del impulso literario). Nosotros estamos hablando y viviendo una vida después de la muerte. Por supuesto no es lo mismo en toda América Latina. No es lo mismo para mí, que soy colombiana, que para hablantes de países como Bolivia o Paraguay, por dar un ejemplo, que son multilingües.

¿Y de la literatura infantil qué es lo que te convoca?

–Lo que me encanta de la literatura infantil es que me obliga a cuestionar los términos en los que escribo. Me hace  tener que explicarlos. Y es lo que me divierte. Tengo que recurrir a lo elemental y me obliga a no dar por sabido nada, a evitar los lugares comunes, porque los niños no están tan alienados como los adultos y, entonces, el lugar común no pasa inadvertido, requiere una explicación, lo cual requiere una exploración. Entonces, tienes que terminar haciendo un libro mucho más inteligente y mucho más honesto y responsable en el sentido de cuidar que no sea truculento, que no use trucos retóricos.

–¿Cuáles son tus planes de escritura y de enseñanza para este año?

–De un tiempo a esta parte, doy cursos sobre libros y autores, que son virtuales y duran cinco semanas, además de los talleres. En diciembre hice un libro sobre la Navidad con Power Paola, la historietista, Nueve noches para la Navidad. Es una novena navideña, de nueve pasos hacia la Navidad. La novena es un rezo convencional que se reza en Colombia y la autora es una escritora y monja del siglo XIX que escribió unos textos para rezar entre el 16 y el 24 de diciembre. Entonces, una editorial nos pidió que hiciéramos nuestra novena, yo escribí los textos y Paola hizo las ilustraciones.

–¿Cuáles son tus planes a corto plazo?

–En lo inmediato, pretendo terminar el libro que vine a escribir aquí, a pesar de todo lo que tengo ganas de conocer y visitar.

Carolina Sanín estará en la Feria del Libro el 8 de mayo a las 20:30, en la Sala Alfonsina Storni.

Tres libros de la autora publicados en Argentina

Tres son los libros de esta autora publicados hasta el momento en nuestro país. En todos ellos, exhibe una prosa delicada y exquisita con la que logra que las cosas, desde su mirada, se vuelven únicas. 

En la novela Los niños, aborda la construcción del vínculo materno-filial desde un lugar de asombro y contradicción, que pone en cuestión la idea de instinto materno y que reformula el tópico de la Anunciación y del nacimiento cristiano.

Los relatos de Somos luces abismales forman un todo en el que los temas –la guerra, el problema de la tierra, la muerte– se desmarcan del color local y encadenan todo lo que nombran, construyendo analogías y juegos de palabras que convierten su escritura en una suerte de filología en acción.