Por estos días, la llamada quizá eufemísticamente “cultura de la cancelación”, tan en boga en estos tiempos de propiciadores de la corrección política en todos los ámbitos de la vida, volvió a mostrar que ese deseo de corrección se parece demasiado a la censura.

El Banco Provincia cumple 200 años y en el marco de los festejos de este aniversario organizó un concurso de cuentos con un premio de $100.000 para el primeo $60.000 para el segundo y $40.000 para el tercero. El artículo 7 de las bases del concurso establece: “Serán desestimadas las obras que no cumplan con los requisitos de la convocatoria; o de contenido agresivo, discriminatorio o publicitario, como así aquellos que atenten a la moral, sean ofensivas a personas u instituciones, que contengan textos o palabras obscenas, sexistas, racistas o que vulneren de cualquier manera los derechos fundamentales de las personas.”

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La escritora argentina residente en Francia Ariana Harwicz dijo a través de su cuenta de Twitter: “De nada vale un concurso que ofrece dinero como ‘estímulo económico’ si las obras tienen que cumplir con los requisitos: no contenido agresivo, no atentar a la moral, no ofender, no palabras obscenas. Ellos les piden que acepten la muerte de la literatura. Es mejor no tener plata”.

El jurado del certamen literario está integrado por Claudia Piñeiro, Mariana Enriquez y Hernán Ronsino, quienes en líneas generales no acordaron con la cláusula.

De manera casi paralela su suscitó una discusión en Twitter acerca de los cuentos de Horacio Quiroga. Hubo quienes argumentaban contra la violencia de esos cuentos y afirmaban que podían traumatizar a los chicos. Pero, en el mismo día, el intento cancelatorio quedó desarticulado, tantas fueron las voces de escritores y lectores que se manifestaron en contra de dicho intento.

Ambos hechos, independientemente de los resultados,  no  hacen sino mostrar que de un buen tiempo a estar parte, no solo en Argentina, sino en muchos lugares del mundo, hay una cruzada moralista que pretende moralizarlo todo, incluso aquello que no puede moralizarse como es el caso del arte y la literatura.

La actitud recuerda mucho a un relato de Roberto Fontanarrosa, “Sueño de barrio”, del libro El mundo ha vivido equivocado. En él, el personaje, Pendino debe dar cuenta ante el comisario de haber soñado que mantenía relaciones sexuales con la persona equivocada. El cuento comienza así:

“-El comisario Marconi se apretó los ojos con los dedos de la mano derecha, y luego esgrimió un gesto de calma.

-Un momento, un momento –pidió-. Empecemos de nuevo. Usted, Pendino, soñó… Pendino se llevó una mano al pecho, asintió con la cabeza y buscó el tono menos trémulo para su voz,

-Yo soñé… que mantenía relaciones… digamos, íntimas, con la señorita -señaló con el mentón a Celina. Celina rompió a llorar, entrecortadamente.

-¡Te voy a matar, desgraciado…! -un agente tuvo que aferrar por el brazo al señor Bustamante, que pugnaba por lanzarse sobre Pendino.”

-Usted no va a matar a nadie -elevó la voz el comisario-. Siéntese. Déjelo hablar acá… al hombre. Si no lo deja hablar…

-¡Es un depravado, un degenerado! -desde su asiento, Bustamante no se doblegaba. Tampoco Celina dejaba de llorar y ahora se había refugiado en los brazos de la madre.”

Si Fontanarrosa eligió esta situación para comenzar  un cuento es porque resulta risible por absurda, pero bien dicen que, a veces, la realidad imita al arte y últimamente parece ser así. En épocas lejanas, con cierta ingenuidad, los personajes “malos” de los radioteatros eran tan odiados por determinado público que más de uno fue increpado en la calle por su villanía. Según parece, en pleno siglo XXI, muchos no  han dejado de confundir  ficción con realidad.

Durante la década del 70, como director del Ente de Calificación Cinematográfica, Miguel Paulino Tato ejerció la censura y determinó qué era lo que los argentinos podíamos mirar y qué no en materia cinematográfica. El poder de sus tijeras pasó a la historia. Su actitud no era muy diferente de quiénes hoy se arrogan del derecho de establecer qué es admisible y qué no en una obra de ficción.

En 1979, en plena dictadura miliar, fue censurada la canción de Charly García Viernes 3 A.M. del disco La grasa de las capitales de Serú Girán por considerarse que era una apología del suicido.

Hace unos pocos años, en ciertas escuelas de Minnesota, fueron retiradas de los programas dos obras clásicas reconocidamente antirracistas: Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain y Matar a un ruiseñor de Harper Lee, obra ganadora del Premio Pulitzer, por utilizar palabras como nigger, de contenido peyorativo. Quienes actuaron de esa forma no parecen cuestionarse, sin embargo, por qué las armas pueden comprarse en ese país  sin ningún tipo de requisito en el supermercado. Y quienes aquí se rasgan las vestiduras por los cuentos de Horacio Quiroga por considerarlos perjudiciales para los niños, no se cuestionan la fabricación y venta de juguetes bélicos que naturalizan el hecho de que alguien mate a otro.  

Del mismo modo, muchas obras de Mark Twain fueron expurgadas de vocablos considerados ofensivos, una técnica muy utilizada por la Inquisición.

Es que la corrección política elabora día a día su propio índex de prohibiciones y hasta condena palabras que se utilizan en la vida diaria a la hoguera, si considera que tienen un matiz peyorativo. No resultaría sorprendente que arremetieran contra el propio diccionario expurgándolo de todos aquellos vocablos que no se adecuan a los estándares de corrección establecidos arbitrariamente por determinado pensamiento sostenido por un supuesto grupo de iluminados que se arroga el derecho de marcarle el camino a la mayoría.  

Si se aplicara ese criterio a la literatura policial por basarse en crímenes a descifrar, esta desaparecería o los asesinatos quedarían reducidos a una leve descalificación verbal o a una lastimadura hecha sin querer.

Si fueran juzgada con ese criterio una de las novelas emblemáticas del siglo XX, Lolita, su autor, Vladimir Nabokov, sería juzgado post mortem como un execrable pedófilo.

En la edición del 5 de enero de 2021 la sección Cultura de Tiempo Argentino informaba que Twitter había bloqueado la cuenta de la escritora Ariana Harwicz por publicar el título de su primera novela, Mátate, amor, en su cuenta personal. La razón que dio la empresa es que pensó que esa frase inducía al suicidio y a la automutilación. Le pasó, además, una lista de centros de atención al suicida. Es curiosa la selectiva sensibilidad de la red social que si a algo se parece es a una cloaca donde van a parar los residuos del odio. En esa oportunidad, la escritora le dijo a Télam: “Ya hay editoriales que funcionan así aunque no lo digan, aunque no sea explícito, aunque no haya listas negras. Ya hay abogados que leen los manuscritos. Lo vengo diciendo hace mucho. Y, claro, ya hay autocensura. Es bastante deprimente y no sé cuál es la salida. Irse de las redes puede ser o tratar de generar una resistencia desde otro lado, pero es muy difícil”.

Desde hace tiempo muchas voces se alzan contra esta cruzada moralizante que se arroga el derecho de decir qué está bien y qué está mal. La propia Harwicz declaró a Perfil “Creo que estamos viviendo un momento de judicialización del arte”.

Cualquier pensamiento que se oponga al ejercicio de la libertad en cualquier manifestación del arte es una forma solapada de la censura. Existe ya una lista establecida de eufemismos para nombrar aquellas palabras que le resultan incómodas al pensamiento moralizante. Pero detrás de todo eufemismo se esconde un prejuicio por más que se pretenda enmascararlo con explicaciones de todo tipo. A este paso, habrá que encargarle a la RAE un diccionario paralelo de la lengua castellana,  un diccionario de lo innombrable que reúna palabras que no ofendan a nadie, palabras tersas y prolijas con una textura diferente de la realidad, palabras paralelas que aludan a un mando paralelo que bien podría ser Disney World.