2014. Clementina Zir, payasa en Universo Clementina, se baja del colectivo en el Mirador Néstor Kirchner, en Ensenada. A lo lejos, ve un tumulto. Sabe que ahí es donde tiene que ir, pero se hace difícil cargar sola la caja de sonido. Encuentra un lugar, cerca de los artesanos, donde enchufar el aparato. Respira. Esta vez, después de más de diez años de actuar acompañada por otros artistas, va a hacerlo sola. “Armo fuego y me voy”, piensa para calmar los nervios y apagar esa vocecita que le dice que no va a poder, que a nadie le va a interesar el espectáculo. Cierra los ojos y da media vuelta para plantarse en un escenario espontáneo frente a la gente. Algo imprevisto ocurre: más de 100 personas aguardan del otro lado y sonríen con expectativa. Hay alegría y sorpresa: van a disfrutar de un espectáculo que no esperaban. “Yo elijo la calle. No entiendo por qué no todo el mundo elije la calle. Lo más importante del arte callejero es que vos haces un espectáculo donde te puede ver todo el mundo. Y, sobre todo, te ve gente que jamás se plantearía ver un espectáculo: no sólo porque tal vez no lo pueden pagar, sino porque a lo mejor si lo pudieran pagar, no se les ocurriría. Siempre estar en la calle es mágico, sucede algo que es ancestral. El círculo, la ronda, son imágenes milenarias de la humanidad que por eso mismo actúan como imán. La conexión es mucho más potente que en una sala teatral, que implica una decisión anticipada, un compromiso pautado de parte del espectador. En cambio, el público que eligió ver la función en la calle se quedó atrapado ahí. En ese sentido, me parece un fenómeno teatral maravilloso. Permite el acceso para todos a un hecho artístico muchas veces de excelencia. Hoy por hoy, hay artistas increíbles en la calle en Argentina y en el mundo”, cuenta Clementina (IG: @clementina_universo) en diálogo con Tiempo Argentino.

Foto: Gentileza El gran Beker

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Pero, además, actuar en la calle transforma a una plaza, un mirador o una esquina cualquiera en un escenario artístico. “Hay algo maravilloso de la calle, que tiene que ver con lo espontáneo, lo inmediato de estar ahí, encontrar el momento para hacer la función y elegir un espacio en el que normalmente no suceden espectáculos. A lo mejor, elegimos una lomadita o una escalinata dentro del parque, que pueden funcionar como gradas aunque no estén pensadas para eso. Es decir, resignificamos la geografía del espacio”, explica a este diario Matías Berzel “El Gran Beker”, mago y profesor de teatro de la EMAD (IG: @elgranbeker). “En la calle, la magia de la sala tradicional del teatro está encarnada, por ejemplo, en nuestro vestuario. Llevamos el escenario con nosotros y eso es disruptivo. El árbol deja de ser un árbol porque hay un payaso al lado. El arte es ese permanente filósofo que está reflexionando sobre todas esas áreas de la vida que en la actualidad parecen tender cada vez a estar más adormecidas o automáticas, como el uso que hacemos del espacio, pero también, la sensibilidad y la emoción, los miedos, las incertidumbres, las debilidades. En los laburos hay que rendir y hacer cosas productivas y de pronto ves un payaso que quiere poner una caja en una silla y no puede. Y en esa puesta en escena del conflicto, las infancias se ríen, porque los niños viven un mundo donde las sillas son enormes, las puertas son enormes. Esos chicos nos quieren tanto a los payasos porque se identifican rápido: viven en un mundo que desde la perspectiva infantil es gigante, no está diseñado para ellos y esa readecuación genera sensación de torpeza, la misma que escenifica el payaso o la payasa”, agrega Clementina.

Los saberes del mundo del circo con el tiempo se han expandido y ha comenzado a circular, también, una visión con perspectiva de género, pero no siempre fue así. “Antes las familias de circo no te transmitían nada, ahora sí empezaron a compartir sus saberes. Pero cuando yo empecé no era así, me encontré a los 20 años con el deseo de ser payasa, sabiendo que la tenía difícil. Tampoco tenía casi referentes: Chaplin, Buster Keaton… son todos varones. Por suerte existía Niní Marshal y yo me aferraba a ella. De repente me parecía re copado ser payasa y tener pollera, porque muchas payasas se vestían como payaso y yo quería mostrar una imagen diferente del estereotipo del payaso. Me parecía interesante que los y las niñas vieran una payasa con una falda, porque no se veían payasas con pollera. Por suerte ahora todo cambió y lo pienso de otra manera”, dice Clementina..  

Poder ver a una payasa sin la sonrisa deformada, la peluca colorida y la nariz colorada es una manera de expandir la imaginación de las infancias: “El arte abre mundos. Tener acceso a lenguajes artísticos no deja de ser una herramienta más, otro lenguaje con el cual comunicarse. Es sumamente importante acercar a las infancias expresiones artísticas de calidad y permitir que haya variedad y que no quede enclaustrada la idea de que es una sola cosa ser payaso, hacer magia o música” destaca El Gran Beker y cuenta que ver un espectáculo en su infancia le cambió la vida. En época de acto escolar, su mamá se ofreció a hacer el número de magia en el jardín de infantes. A partir de ahí, se abrió un mundo nuevo, esa experiencia quedó en su memoria y años después sintió la inquietud de estudiar magia. Incluso, cuenta que hoy en día utiliza algunos de los trucos que su mamá realizó en ese momento. “Y finalmente, la magia se terminó transformando en mi medio de vida”, dice a Tiempo.

Esa posibilidad de abrir mundos nuevos y expandir la experiencia, en la calle, muchas veces, se materializa en una permanente oscilación entre lo real y la fantasía: “Cuando uno pisa una escena se abre un mundo de fantasía, un mundo que no es este, pero al mismo tiempo es este. En la calle están pasando cosas todo el tiempo: viene un borracho, un evento del gobierno de la ciudad, una murga, viene una ráfaga de viento y te vuela todo, te cambia los planes. Todo el tiempo la calle te devuelve a la calle. La realidad y la fantasía siempre oscilan en estos espacios. La gente está en su realidad y vos la tenés que atrapar para llevarla otro mundo, lograr que suspenda su cotidianeidad”, cuenta El Gran Beker.

No todas las intervenciones de la realidad, sin embargo, resultan productivas para la puesta en escena. “Como el arte callejero no está declarado patrimonio cultural nacional -que sería sumamente importante que suceda-, nosotros estamos siempre a la merced del guardián de turno: ya sea el policía, el guardaparques, el intendente, el gobernador. En cada provincia, en cada municipio, en cada barrio hay una ley distinta, no porque esté escrita, sino porque quien la aplica es la policía. Por ahí en una esquina el policía te deja y en la esquina siguiente, no. En la Ciudad de Buenos Aires existe el Artículo 88 del Código Contravencional, que estipula que los espectáculos callejeros que van a la gorra no son contravención. Sin embargo, el ejecutivo porteño sacó una resolución que nos exige 15 permisos para practicar nuestra profesión, comuna por comuna. Una locura pensando en cómo se ejerce el arte callejero, que es itinerante. A lo mejor vas a una plaza en la que no hay gente, entonces tenés que probar suerte en otra y así. Por ahí ese otro lugar es otra comuna y necesitas otro permiso. Además, la figura del permiso es ridícula en términos conceptuales: ¿qué me estaría permitiendo el Gobierno? ¿expresarme libremente? ¿compartir cultura? Es la libertad de expresión lo que se pone en juego cuando se exigen permisos para compartir cultura. Y todo eso sucede porque no tenemos legislación a nivel nacional. Necesitamos una legislación que no nos deje a la merced del guardián de turno y que garantice el derecho a la cultura. Ni hablar de que tampoco existen programas estatales de financiamiento específico para el arte callejero”, cierra El Gran Beker.

Festival de Vacaciones de Invierno Algarabía

A veces, los artistas callejeros, como El gran Beker, Circo Muss, Barabum, Flama theatre & dimes y diretes,  Mister Klo, Batata, Mago Nahuel y Nacho Z, también actúan en teatros. Todos los días, desde las 16 horas, hasta el 30 de julio, habrá espectáculos de circo para las infancias en el Festival de Vacaciones de Invierno Algarabía, organizado por CUAC (Cirqueres Unides por las Artes de Calle – IG: cuac.colectivo), en el Teatro Mandril (Humberto Primo 2758), un espacio que ya es referencia en el mundo del circo y del teatro. Con un valor de 500 pesos de entrada por persona, el evento contará con distintas funciones de títeres, magia, música, humor y circo. “Queremos hacer la función para compartir con las infancias un espectáculo de alta calidad artística y que la gente pueda ver que así como reservó una entrada para el Teatro Mandril, también puede reservar una fecha para ir a la plaza a vernos. No sólo nos tiene que elegir cuando ponemos una fecha y horario exacto en un espacio físico cerrado, también puede elegirnos en las plazas”, explica El Gran Beker a este diario.

La cita es todos los días hasta el 30 de julio, desde las 16, en el Teatro Mandril (IG: @teatromandril), en Humberto Primo 2758. Las entradas pueden sacarse por Alternativa Teatral o en la boletería del teatro