Desde su nacimiento en 1825 a una independencia que no fue sinónimo de libertad, el Estado boliviano había tenido más gobernantes que años de vida. El gobierno del presidente Evo Morales Ayma, que domina el siglo XXI boliviano y que cubre casi el entero periodo de esta antología, ha llegado a ser, a pesar de tensiones y confrontaciones internas permanentes, el más estable de esa historia. Aunque menor en comparación con tantos otros, uno de los más firmes logros políticos involuntarios de Evo Morales ha sido que la narrativa contemporánea de su país se ocupe muy poco de él y de su gobierno. Más o menos realistas, o alegóricos, o fantásticos, o de ficción científica, o de suaves intimismos trasgresivos o trans, novelas, cuentos y otros relatos bolivianos del siglo XXI apenas si mencionan por su nombre el Proceso de Cambio. Sin duda, podrá decirse que no tienen por qué hacerlo. Como sus autores no vivieron ni presenciaron la repartición de tierras, o las milicias en las calles, en el campo y en las minas durante la Revolución Nacional de 1952, estos cambios fueron los más radicales y profundos en su historia personal. Bolivia llegó a la mayor paz social y prosperidad económica relativa que conoció nunca. 

El crecimiento económico de Bolivia en los últimos años fue notable, con un promedio de 4% anual. El ingreso per capita pasó de 1.100 dólares en 2005 a 3.130 en 2017 y la desocupación bajó del 8,1 al 4,2 por ciento. La pobreza extrema se redujo en más de la mitad: en 2005 era de 38,2% y  llegó ahora a los 15,2%. En mayo de 2006, Morales comenzó la nacionalización en el área de hidrocarburos, telecomunicaciones, minería, electricidad, aeronáutica y producción cementera. Ahora el Estado boliviano controla un 35% de la economía. Desde 2006 hasta 2014, Bolivia destinó unos 8000 millones de dólares para proteger y ayudar a los sectores vulnerables a través de bonos sociales para mayores de 60 años, escolares y mujeres embarazadas.

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Si la narrativa de ficción parece desinteresarse de las urgencias del presente, es porque éste se ha vuelto menos urgente, menos acuciante y desesperanzador en Bolivia durante los actuales tiempos revolucionarios que acumularon saltos, rupturas y progresos. Durante la era del gobernante partido Movimiento al Socialismo (MAS), los bolivianos votaron una nueva Constitución Política del Estado (CPE), que ha convertido a la República liberal nacida en 1825 en un Estado Plurinacional y que ha sumado, como enseña patria, a la bandera tricolor roja, amarilla y verde, el símbolo andino y arcoirisado de la wiphala.

 La nueva Constitución, sin abandonar la forma de Estado unitaria para abrazar el federalismo, admite, reconoce y promueve las diferencias regionales y étnicas. En junio de 2014, en un gesto que aquí interpretaríamos como afín a los mapas pictóricos del uruguayo Joaquín Torres García, que reorientó el Norte en el Sur, resituando los puntos cardinales, se dispuso que las agujas del reloj descolonizado de la Asamblea Plurinacional giraran en sentido inverso al de la hora del meridiano de Greenwich. Fue una disposición del canciller David Choquehuanca, el político aymara más persistente y memorioso del gabinete. Que la idea se le ocurriera en Londres, no tan lejos del meridiano horario proscrito, y en una tienda de relojería, evoca la fecundidad de la antigua capital imperial para suministrar ideas revolucionarias: ¿no fueron Andrés Bello y Karl Marx, según atestiguan los fríos registros de retiro de volúmenes, los lectores más conspicuos de la biblioteca del Museo Británico?


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(Foto: AFP)


La literatura y el diálogo de la nación

Contra Bolivia chocan las presiones y corrientes de las naciones que la rodean. Con sus cinco fronteras, es el centro geopolítico de Sudamérica, atravesado del Atlántico al Pacífico, por rutas naturales de Sur a Norte (de la Argentina a Perú) y de Este a Oeste (de Brasil y la Argentina a Chile y Perú). En el acontecimiento más trágico de su vida independiente, la Guerra del Pacífico, contra Chile, en 1879 perdió el puerto de Antofagasta y la vital salida al mar. Desde entonces, Bolivia es el único país mediterráneo de América sin salida navegable: su flota sólo dispone de las aguas de la cuenca amazónica o las del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, límite (y condominio) con Perú.

Sin océano, amputado su pulmón marítimo, Bolivia es un país enorme: dos veces la superficie de España o de Francia. Diez millones de habitantes en un millón cien mil kilómetros cuadrados en la región tórrida de Sudamérica, donde sólo el extremo suroeste se alza sobre el trópico austral. Del fuego al hielo, los climas escalan su territorio, que llega hasta mesetas de más de 4000 msnm. Mesetas que famosamente apunan a los seleccionados de fútbol visitantes.

Nunca será redundante insistir en ciertas condiciones de existencia de la narrativa –culta, literaria, escrita- de ficción en español para las naciones sudamericanas en general y andinas en especial: el tipo de narrativa a la que se restringe este volumen. Condiciones tan presentes, tan entendidas y sobreentendidas en Bolivia, que pocas veces se ha reflexionado con abundancia o con fruto sobre ellas. A diferencia del Paraguay, donde puede aceptarse la generalización de que la entera población es, de algún modo, bilingüe –todos hablan y/o comprenden el español y el guaraní, en Bolivia la Constitución Política del Estado ha reconocido a 36 naciones indígenas, donde las lenguas más habladas son el aymara y el quechua en Occidente (montañas, altiplano, valles) y el guaraní en el Oriente (llanuras, sabanas, selvas).

Un siglo muy literario

La literatura de Bolivia parece cada vez menos boliviana y cada vez más literatura a secas. Antes que juicio de valor esto es mera constatación. La historia narrada someramente en el párrafo anterior, y la coyuntura actual a la que ha conducido, es un telón de fondo omnipresente para los autores antologizados, quienes sin embargo rara vez aluden a él de forma expresa, y sólo intérpretes empecinados buscan formar las líneas con puntos, recalcar los vínculos o las desvinculaciones. Desde una distancia media, antes de configurar una figura en el tapiz, “el panorama de nuestra novela nacional se ve agitado y convulso. Los caminos transcurridos hoy son muchos: las relaciones de poder, las batallas cotidianas de la intimidad, la vuelta a ciertos autores latinoamericanos, la exploración consciente de las ciudades como espacios capaces de producir ficción y de poner en crisis ciertas concepciones estéticas, la migración, las encrucijadas de la literatura con la historia, la problemática de los subgéneros…”. Así trazaba su lienzo nacional el joven novelista Sebastián Antezana en las Jornadas de Literatura Boliviana, que precedieron a la Feria del Libro paceña 2014.

  Con el Proceso de Cambio se llegó a una confluencia de pacificación social y prosperidad económica ignorada para la República boliviana. Que ya no es República, sino Estado Plurinacional. Tantos fueron los procesos, tantos los cambios. Para todos cuantos antes interactuaban en el campo cultural, y para los más jóvenes que se sumaban a él, la urgencia de la Reforma y la Revolución nacionales ha pasado a un segundo plano. Porque ya hay quien se ocupe de ello, con firmeza, con eficiencia y con resultados. Y también, porque ya ha ocurrido: ya es un hecho. El gobierno del Movimiento al Socialismo ha transformado Bolivia sin ellos y ellas, sin los escritores e intelectuales de ONGs y consultoras, sin aquellos que subsistían en una prolongada pero precoz menopausia masculina de ambos sexos, parafraseando heréticamente la expresión de la novelista Spedding sobre los héroes de tantas novelas de sus colegas.

Fragmentos de la introducción a la antología De la Tricolor a la Wiphala (Santiago Arcos Editor, 2014).