Ediciones Godot acaba de publicar Dublineses, de James Joyce. Sin embargo, no se trata de la mera reedición de un clásico. La edición cuenta con la traducción y el prólogo de Edgardo Scott quien, además de traductor, es escritor, lo que hace una diferencia en el abordaje del texto. De un tiempo a esta parte, la traducción ha tomado un gran impulso en la Argentina, gracias al cual se han podido dejar de lado las traducciones españolas realizadas en un castellano que es muy lejano del que se habla en el Río de la Plata, por lo que siempre parecía imponerse un distanciamiento entre el texto original y el lector. A través de dichas traducciones era posible enterarse de un argumento, pero no gozar de la escritura porque siempre se tropezaba con palabras y expresiones castizas que interferían en el goce del texto.

En este sentido, la situación ha cambiado mucho. Por estos días, por ejemplo, ha salido una nueva traducción de un clásico de clásicos, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad que, a partir de la traducción del poeta y traductor Jorge Fondebrider ha perdido el artículo y ha pasado a llamarse Corazón de las tiniebla (Eterna Cadencia).

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Piglia coincidía con Eliot al afirmar que era necesario traducir cada tanto a los clásicos nuevamente porque la lengua cambia y la traducción no debe quedarse atrás si no quiere convertirse en una de pieza arqueológica.

Godot es una editorial joven que apuesta fuertemente a generar un catálogo perdurable del que no forman parte ni los pequeños éxitos coyunturales y oportunistas relacionados generalmente con temas políticos, ni libros  y autores que apuntan a ser o son best seller, generalmente por razones extra literarias: una fórmula ingeniosa pero pasajera, un enorme aparato de prensa y otras diversas razones, muchas de ellas inexplicables, que hacen que encuentren una estruendosa pero efímera respuesta del público.

Godot siempre se caracterizó por las ediciones cuidadas, lo que no quiere decir “de lujo”. Por el contrario, el criterio dominante fue siempre la sobriedad y el buen criterio de las tapas, muchas veces simplemente tipográficas pero de gran impacto visual,  y textos que denotan el tiempo que se ha trabajado en ellos para que salgan impecables. Dublineses no es la excepción, aunque en este caso, a las cualidades señaladas se agrega un troquel en la tapa con la figura de Joyce. A través de la silueta recortada se puede ver de manera difusa la ciudad que le da título al libro de cuentos. Hasta se ha diseñado un señalador especialmente para la edición. Se trata, sin duda, de una contribución a que el soporte papel pueda competir con el virtual por su calidad de objeto bello que apela a los sentidos del lector.

El 13 de enero de este año se cumplieron 80 años de la muerte de Joyce. Entrevistado por Telam, Carlos Gamerro dijo en esa oportunidad. «Joyce ha sido uno de los autores extranjeros que más ha influido en la literatura argentina del siglo XX: su escritura, desde Dublineses hasta Finnegans Wake, absorbe e incorpora lo mejor de las vanguardias europeas, desde el expresionismo al surrealismo, desde una posición periférica, de país colonizado y en proceso de descolonización: demuestra que la modernidad es posible en todas partes, que la vanguardia no es el coto privado de los países centrales».

En la misma nota, dice Scott: «Siempre las efemérides son una excusa para poder hablar de aquello que es perfectamente actual, perfectamente vigente» (…) Joyce es un ejemplo: él había dicho sin falsa modestia que los académicos se ocuparían de él por tres siglos. Ya pasó uno y yo supongo que serán más de tres”

Según dice Scott en el prólogo de Dublineses editados por Godot, Joyce comenzó a escribir los relatos que conforman el volumen por encargo. El encargo, por el que le pagarían una libra por texto, fue hecho por el Irish Homestead. “Joyce respondió escribiendo `Las hermanas` el relato perfecto que abre ese libro.”

A este relato se sucedieron varios más, pero, como lo cuenta Scott, una vez reunido ese material no fue fácil encontrar un editor que lo transformara en un libro. De acuerdo con lo que dice el propio Joyce que, según parece, se ocupó de llevar la cuenta, los rechazos fueron 40, lo que demuestra que, en todos los tiempos y en diferentes latitudes, publicar siempre fue difícil. “Joyce –aclara Scott- tampoco era fácil. Más allá de, primero, su escritura engañosa y sofisticada con su cruel naturalismo simbólico como renovado programa estético y, después en gran medida su estilo en sí, esta confesión ajusta: `No puedo escribir sin ofender a la gente`, dice, y en eso se parece a Robert Walser, de modo que tal es el elemento común de sus malentendidos, desplantes, decepciones e intercambios.”

Por fin puede publicar sus relatos  en 1914 gracias a los elogios que le prodigó nada menos que Ezra Pound.

En el prólogo Scott transcribe la presentación que el propio Joyce hace de sus relatos: “Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral de mi país. Elegí Dublín para la escena porque esa ciudad parecía ser el centro de la parálisis. He intentado presentárselo al indiferente público bajo cuatro aspectos: infancia, adolescencia, madurez y vida pública. Las historias están organizadas en ese orden. He escrito la mayor parte en un estilo de escrupulosa mezquindad y con la convicción de que es un hombre verdaderamente audaz aquel que se atreve a alterar la presentación incluso a deformarla, lo que sea que haya visto u oído.” Sin embargo, Scott propone otro tipo de lectura no costumbrista, menos anclada en la gente de Dublin en sus vidas y anécdotas que en el protagonismo del lenguaje.  

En cuanto a la traducción, apunta que a pesar de los años que tiene el libro de relatos de Joyce y de las múltiples traducciones que se han realizado, se ha encontrado con algunos errores de sentido.

Y aclara: “Pero la cuestión clave respecto de esta traducción fue afirmar una traducción plenamente del Río de la Plata. Acaso como antídoto contra las ideas de globalización menos humanitarias que comerciales que lo único que generan en busca de un hipotético `español neutro` es un lenguaje latino bastardo, diseñado para la idea también bastarda de lo latino que pueda haber en el resto del mundo. Esto no significa que esta traducción quiera ser folklórica o con un argot sustitutivo, de importación. No. No se puede traducir imitando. No se puede ocultar la diferencia entre el Dublín de comienzos del siglo XX y la Buenos Aires, Rosario o Montevideo de comienzos del siglo XXI. Aunque suene elemental y algo misterioso: solo he querido y tratado de traducir. Y, una vez más, ser un médium sin tics ni graves afectaciones entre una lengua y la otra.”

A través de los quince cuentos que integran Dublineses, Joyce despliega su gran maestría narrativa. Acaso sea buena su lectura antes de emprender la del Ulises, novela que introduce el monólogo interior de manera definitiva en la literatura y que el propio Borges confesaba no haber leído hasta el final.

En cada  uno de los relatos de Dublineses, Joyce despliega su maestría narrativa, la originalidad de su estilo y nos enseña que los clásicos son clásicos porque siempre se ofrecen a nuevas lecturas, porque sus sentidos no se agotan nunca.