“Se terminó de imprimir el 31 de mayo de 1967 en los talleres gráficos de la compañía impresora Argentina S.A., calle Alsina Nº 2049 – Buenos Aires”. Como todos los libros, también la primera edición de Cien años de soledad cumplía con el requisito legal de dejar registrado su fecha de edición, pero, a diferencia de lo que sucede con la mayoría, esa fecha se convertiría en una un hito histórico.Mañana se cumple en efecto medio siglo de la publicación del que fue uno de los libros más leídos del siglo XX tanto en América Latina como Europa. 

Pero si la fecha registrada en la su última página se convirtió en efeméride, su principio se transformó, como otros pocos, en un ejemplo de buen comienzo literario. “Yo tenía una casa en África…” fue el memorable inicio de Memorias de África de Isak Dinesen. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé…”, decía Camus en el comienzo de El extranjero. “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera” eligió Tolstoi como como comienzo de Anna Karenina. “Pueden llamarme Ismael” comienza Moby Dick de Herman Melville.

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Gabriel García Márquez inició su novela más famosa con una frase inolvidable que era un anticipo fiel de lo que el resto del texto le ofrecería al lector: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” 

A continuación, presenta el escenario donde habrían de acontecer los sucesos de su historia: “Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”
Onetti fundó Santa María y Faulkner el condado de Yoknapatawpha cuya capital era Jefferson. Ese condado inventado se levantaba dentro de un espacio real, el estado de Mississippi. Del mismo modo, García Márquez, apasionado lector de Faulkner, fundó Macondo, un pueblo con reminiscencias de Aracataca, su lugar natal, pero enteramente hecho de palabras. Ambos, tanto Faulkner como García Márquez recibieron el Premio Nobel. 

No faltaron los mitos y las verdades en torno al origen de la edición del libro que narra la estirpe de los Buendía, pero a esta altura parece imposible distinguir cuánto de verdad y cuánto de fantasía hay en su narración de origen.
Lo cierto es que la primera edición de Cien Años…apareció en Buenos Aires bajo el sello de la editorial Sudamericana y con una inusual tirada de 8.000 ejemplares. La leyenda dice que por ese entonces, quien muchos años después llegaría a ser premio Nobel de Literatura, tenía la billetera más flaca que Rocinante, el caballo de Don Quijote. Por esta razón, sólo le alcanzó para mandar la mitad a la editorial argentina cuyo gerente era Antonio López.

Quizá para hacer más atractivo al relato se dice que por equivocación y nervios en el correo a la hora de despachar el envío, Gabo mandó la segunda parte. El adelanto que recibió por la novela que se convertiría en uno de los mayores éxitos de la literatura, fue solo 500 dólares y fue girado por Sudamericana hacia Colombia, lo que le permitió al autor enviar a Buenos Aires la mitad que faltaba, fuera ésta la primera o la segunda. Confiado en el éxito que tendría su novela, el matrimonio integrado por Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha le pedían a la despensa en que compraban la comida que esperaran para cobrarles hasta la publicación de Cien años…Otro tanto sucedía con el alquiler. 

Quien había entablado la relación García Márquez fue el gran editor  Paco Porrúa, quien quería publicar en Sudamericana algunas de las novelas breves que ya habían sido editadas en otras editoriales. A su vez, el entusiasmo de Porrúa había sido generado por Tomás Eloy Martínez y Luis Harss.

Pero la leyenda o la verdad acerca de la publicación de Cien años de soledad tiene una segunda parte y está constituida por el supuesto rechazo de la novela por parte del editor y novelista Carlos Barral. Su nieto, Malcom Otero Barral, se dedicó a tratar desmentir este rumor aunque sus esfuerzos fueron vanos, ya sea porque no contaba la verdad o porque el mito, como suele suceder, fue más potente que ella.

 El propio Barral negó haber sido quien rechazó la novela que alcanzó un éxito sin precedentes. En una carta a Juan Goytisolo en 1979 le dice: «Pues bien, hora es ya que diga que no rechacé el manuscrito, un manuscrito que no tuve ocasión de leer, del libro capital de Gabriel García Márquez». No leí Cien años de soledad, cuyo manuscrito no había cruzado el océano, sino después de publicado por Editorial Sudamericana», explicaba Barral. Lo cierto es que como todos los rumores éste no dejó de propagarse y hoy ocupa un sitial de honor junto a los errores de grandes editores como el de André Gide, quien rechazara los textos de A la búsqueda del Tiempo Perdido de Marcel Proust.

Como sucede habitualmente, a pesar del gran suceso de Cien años… o quizás a causa de él, a través del tiempo fueron surgiendo detractores que cuestionan el concepto de realismo mágico y denuncian una visión idealizada de América Latina, que transforma la pobreza en exotismo de manera muy cercana a la visión europea de estas latitudes sureñas. Es lo que refiriéndose a otra obra de García Márquez, César Aira en su Diccionario de autores Latinoamericanos (Emecé) llama el “lationamercianismo programático.”