En el marco de la asociación civil Arte Sin Techo, rara casa de paso que abría sus puertas, talleres, espacios de discusión y formas de acompañamiento a quienes vivían en la calle y demandaban una escucha, una mano o alguien que les hiciera “la segunda”, Felicitas Luisi, alma mater, rechazaba “dar voz a los que no tienen voz”, mientras no se ahorraba el filo de su palabra cada vez que le tocaba discutir con funcionarios o responder a la prensa.

En una ocasión, una periodista que había escuchado sobre la presencia de psicoanalistas en Arte Sin Techo, intentaba averiguar si efectivamente eso era cierto. Felicitas le contó que había dos psicoanalistas lacanianos que colaboraban con distintas tareas, desde la coordinación de la asamblea de los viernes, hasta otras cuestiones organizativas y que también estaban disponibles para quienes solicitaran el espacio terapéutico. Ante la sorpresa de la periodista: “¿Psicoanalistas… lacanianos?”, Felicitas sentenció: -“Sí, ellos también tienen inconsciente”.

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El documental Sueños, de Marcos Martínez, se parece a una búsqueda de la igualdad por el inconsciente. Plano existencial de inocencia despiadada, donde lo más sofisticadamente fabricado y lo más brutalmente incontrolable de algo que imaginamos naturaleza se cruzan en permanencia, agitando potencias y fantasmas que viven en los cuerpos. Parafraseando a Felicitas, Marcos Martínez estaría diciendo: -“Ellos también tienen sueños”.

Más allá de la diferencia entre el tono irónico de la fundadora de Arte Sin Techo y el rasgo más bien compasivo o compinche del documental, en ambos casos hay un corrimiento respecto de lugares comunes harto repetidos en el trato con los considerados intratables. A decir verdad, no abundan quienes asumen la tarea de conversar, acompañar, incluso aliarse en un cuerpo a cuerpo siempre irresoluble, desigual, a medio camino entre la culpa y la política, con la vida desde la calle. En su momento Arte Sin Techo, Proyecto 7, Perdidos en Retiro o incluso la vieja Hecho en Buenos Aires, conformaron distintos modos de acercarse, actuar y estar, con sus aciertos y miserias, mientras que hoy No Tan Distintas expresa tal vez la experiencia de mayor densidad, atravesada también por las luchas de (¿y contra el?) género.

Si los sueños, al decir del director, aparecen como eje igualador desde el punto de vista de quien vive en la calle; ese invento que llamamos inconsciente es una clave para que nuestras vidas techadas se aproximen a la calle, teniendo en cuenta que el inconsciente es ya siempre callejero… Tal vez eso sea posible desde los restos aun no domesticados por la repetición pequeñoburguesa, en tanto vibran en nuestros sueños y temores, hasta en nuestras alucinaciones, esbozándose como un lugar existencial desde el cual asumir la razón asimétrica que gobierna las relaciones en la ciudad. Especialmente cuando nos encontramos en sentido pleno con quienes habitan el laberinto espiralado noche y día. La pregunta (una de las) que sobrevuela las experiencias mencionadas e incluso el propio documental, es “¿desde dónde?” relacionarse con un cuerpo largamente marcado por las mil y una miradas que lo revisten creyendo desnudarlo o que directamente lo borronean por el desgaste de que se vuelve indiferencia. Como si fuéramos “tan distintos”. En otra entrevista en el marco de Arte Sin Techo, Gabriel Sodikman, uno de los dos psicoanalistas que la periodista se rehusaba a creer lacanianos (el otro era Christian Rodríguez), cuando le pidieron una definición de los “sin techo” respondió: -“Somos nosotros en situación de calle”.

Sueños es un documental respetuoso que no le quita ni lo bueno, ni lo pillo, ni lo malicioso, ni lo ridículo, ni lo grandilocuente, ni lo cándido, ni lo depresivo, ni lo lúcido a ninguno de sus entrevistados. A diferencia de la mirada cristiana o la versión laica filantrópica, con sus corderitos y sus pobres buenos; a diferencia del abordaje estatal, enmarcado jurídicamente y atravesado por cálculos políticos ajenos a los problemas reales, concederles a esas vidas todas las formas posibles de ser, sin dejar de reconocer cuán acotadas se encuentran sus posibilidades de reproducción material en esa situación concreta, es la tarea política que sólo excepciones en los intersticios estatales y eclesiásticos comprenden y que las organizaciones anómalas o las experiencias singulares lograron interpretar mejor. Ahora bien, el documental tiene el valor de afirmar como una de las dimensiones materiales centrales a la capacidad de soñar y se propone hacer pasar las narraciones de los sueños por una atmósfera gramaticalmente solidaria.

En una película de Luis Buñuel (1950), Los olvidados, precedida por una profunda investigación sobre las condiciones de pobreza en México y rodada con personajes de los barrios emergentes de los suburbios y algunos actores desconocidos, el sueño parece imposible. Un director que hizo del sueño uno de los vectores del lenguaje cinematográfico, se topa con una hipótesis terrible, con aires benjaminianos: la experiencia de la pobreza vuelta pobreza de experiencia satura el inconsciente, alcanzando así el último recodo de escape o libertad, donde el azar podría abrir puertas en lugar de cerrarlas (según reflexiona Octavio Paz en un texto dedicado a Los olvidados). El drama no deja de ser, al mismo tiempo, el de los obstáculos de la miseria y el de personas cualesquiera. Pero la angustia de Pedro, el joven protagonista, al ver a su madre desbordada y rendida, echándoles en cara a sus hijos el trabajo a destajo limpiando pisos para darles de comer, no es una angustia cualquiera. En el fondo, Pedro es un chico que quiere reconciliarse con su madre y necesita su contención; pero los tormentos se interponen y, principalmente, el trauma de haber sido testigo del asesinato a palazos de Julián por parte del malicioso Jaibo, altera su cotidiano y se cuela en sus noches. La escena del sueño es brutal: Pedro descubre al muerto debajo de la cama que lo inculpa con la mirada, pide por su madre que se acerca entre cariñosa y siniestra; la cámara lenta construye un tiempo que parece estar a punto de detenerse… El problema no es la madre abstracta ni el padre inexistente, sino el tiempo. El cineasta, terapeuta escéptico, ofrece una capacidad de teatralizar el problema y fabricar así un régimen posible de elaboración. Ni más ni menos.

Los Sueños de los sin techo, los y las habitantes de la calle, resultan amables sin dejar de ser crudos. Sueños como máquinas de procesamiento, construcción de escenarios, visualización de encrucijadas, relación con lo absurdo como algo posible… Así, en la secuencia de testimonios cuidadosamente acogidos por un documental que deja ver investigación y, en definitiva, tiempo de calle, pasamos del sueño-asedio de quien sueña siempre lo mismo o siempre con las mismas personas, al sueño-fijación, entre la nostalgia y el deseo incumplido, el pequeño gran drama, o incluso el sueño-afectivo que crea un espacio posible para la recomposición de un vínculo, para una despedida negada en la vigilia, para tomar contacto una vez más con un brillo amoroso.

En una escena que parece una película dentro de la película el habitante de la calle les explica a unos frailes sentados a su alrededor que en el caos hay una estructura, que el verdadero problema de quien vive en la calle es el tiempo, que la vida sin máscaras no sería llevadera, y termina cantando a capela en la noche recortada por la cámara austera. ¿Qué diferencia habría entre esa secuencia y un sueño algo pomposo? ¿Hasta qué punto la memoria infiel juega el mismo papel en las metamorfosis espirituales que un sueño vaporoso? El fragmento del sin techo y los frailes podría haber sido guionado por Pasolini –quien de buen grado hubiese contado para su reparto con otro de los entrevistados en el documental, un colombiano de rostro exuberante, como salido de sí mismo, que vive en las calles de Buenos Aires.

 Roger Caillois, el antropólogo y escritor que tradujo a Borges por primera vez al francés, quien había sido atraído a nuestro país por Victoria Ocampo, publicó un ensayo cuyo título casi exime de leerlo: La incertidumbre que nos dejan los sueños. Director en la década del 50 de la revista Diógenes, como encarnando un cínico callejero de Sínope, coquetea con la confusión entre sueño, vigilia y memoria y llega a afirmar que nadie lo convenció aun de un método infalible para asegurar que cualquier persona en cualquier momento y lugar no sueña cuando se cree despierta. En el epílogo de su libro, tras una maraña de anécdotas y conjeturas que tal vez pretendan abonar a la confusión entre dimensión onírica y anodina vida cotidiana, apenas le reconoce al sueño “sus pretendidas virtudes poéticas”. Pero el verdadero Diógenes de Sínope pretendía arrastrar al fracaso todo intento de seriedad o impostura civilizada de sus contemporáneos, mientras que las vidas callejeras que no necesariamente apostaron a la redundancia del asfalto sueñan y hablan desde un fracaso incómodo cuya mordedura pretendemos alejar cada vez que esquivamos sus hedores.    

Finalmente, “tener sueños” como expresión que reúne el magma inconsciente de quien duerme (o de la vigilia confundida, según Caillois) con la posibilidad de imaginar un instante de alivio o incluso hacerle lugar a la actividad del deseo. Tiempo y deseo –antes que carencia–, como campo de batalla de quienes viven en la calle, de nosotras y nosotros en “situación de calle”. Cielo abierto, noche cerrada, limbo estructurado, como les explicaba el hombre sin techo a los frailes sin calle.