Fernanda García Lao decidió viajar a Praga, en principio, por un año. Resolvió hacerlo ligera de equipaje. Llevó solo dos valijas y un libro de Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa. “Es un libro que heredé de mi madre –dice-. Estaba en su biblioteca.”

Dejó a cambio dos libros suyos recién salidos, la novela Sulfuro (Emecé) y Autografía con objetos (Zindo &Gafuri). A modo de despedida los presentó en Eterna Cadencia tres días antes de partir. Podría decirse que ambos, muy distintos y de registros diferentes, tienen, sin embargo, algo en común: la cualidad de transformar lo que tocan en poesía.

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Sulfuro es una narración desenfrenada, desbocada, enloquecida, que entra en el terreno de la muerte como Pancho por su casa, con una naturalidad que roza lo trágico y lo cómico. García Lao trabaja en los extremos. “Es una especie de despedida de mi casa. Estaba listo para salir hace dos años, pero por una extraña sincronía salió pocos días antes de que me fuera”, cuenta.

Autobiografía con objetos es una miniatura deliciosa, el hallazgo feliz de cómo narrar una vida con la ayuda de un fósforo que ilumina con modestia, solo por un momento, los espacios y las cosas.

Ya instalada en Praga, en esta nota, se refirió, sobre todo, a su novela, pero también sobrevoló su autobiografía. La extensa videollamada fue tan perfecta, sin cortes de voz ni de imagen, que hace sospechar que el espíritu de Kafka conspiró a favor de la tecnología

-¿Qué relación existe entre el barrio de Olivos, donde viviste tantos años, y “el otro barrio” que es el cementerio que está a dos cuadras de la casa que acabas de dejar?

-Cuando fuimos a ver esa casa, lo que más me interesó fue el jardín. No me importaba si la casa tenía un cuarto o dos, si la cocina estaba hecha pelota o no había baño. Me interesaba vivir en ese jardín. Creo que era una forma de recuperar algo de mi infancia, porque antes de tener que rajarnos en el ’76, vivía en una casa. En el jardín había un jazmín muy viejo. Si te parabas cerca de él, sentías como si debajo hubiera  una placa y se moviera. Se llenaba de un moho extraño, se volvía negro, y comencé a pensar que estaba en una casa en la que no era la única habitante. Creo que las casas que no son nuevas guardan otras respiraciones, modos en los que se ha organizado el espacio, todo lo que uno les deja cuando se va. Asocio mucho la casa al cuerpo y a esta particularmente, porque desde que nos fuimos de Mendoza siempre había vivido en departamentos. No sabía que la casa estaba a dos cuadras del cementerio. Eso lo descubrí después. Soy muy flâneur, me gusta perderme por las callejuelas. En esa casa encontré otra alma. Creo que esta novela es algo así como una visitación de los 20 años que viví ahí y se ha ido gestando durante todo ese tiempo. Por otro lado, la aparición de unos vecinos en la casa de enfrente fue fundamental, porque ella, (se refiere a la mujer que transformó en personaje de su novela) me vino a preguntar si “ese olor es normal”. Tal vez me preguntaba si había un  olor que venía de la basura, pero yo pensé que me preguntaba si venía del cementerio. Era una familia con dos chicos y un perro. Enseguida comencé a fantasear que su marido era escribano.

Tu novela está escrita en segunda persona. ¿Por qué esa elección?

-Creo que esta segunda persona tiene que ver con que yo la observaba a ella entrar y salir con su camioneta. Pensé también que, como casi todos en esa zona, ella era una creyente y como yo soy atea, me gustaba espiar y pensé que tenía el privilegio de la ventana, no de parar la oreja. Esta novela está construida con otros sectores de conocimiento como el olfato y la vista. Surgió espontáneamente. En Cómo usar un cuchillo tengo un cuento en segunda persona, “Juicio Final”. No es que me senté, pensé y dije: voy a escribir en segunda persona, no funciono así. Pero hay algo en lo que sí creo, que es en la necesidad de curiosear otros modos de narración que no tengan nada que ver con mi anterior proyecto. Mi última novela había sido Nación vacuna. Vos vivís un determinado tiempo en una novela y había estado siendo… parezco Saer (risas), había estado siendo Jacinto Cifuentes y quería estar siendo (risas) una mujer. Por otro lado, tengo varias novelas en primera persona desde una voz femenina y tenía ganas de explorar otro modo del personaje, ver de qué modo trabajar la sintaxis y los tiempos verbales para que no se hiciera repetitiva. Esa segunda persona me ponía todo el tiempo en situación de riesgo. Como ella es una creyente, también había algo de ser visto por la divinidad, a la que no se le escapa una. Además, esta segunda persona tiene una conexión con la hipnosis. El hipnotizador dice “decime dónde estás, qué ves, qué está pasando”. En este caso, el hipnotizador es que le dice al personaje “te pasa esto, estás acá”, es como una suerte de GPS espiritual (risas), pero no sabemos si lo que dice es verdad. Yo también soy esclava de mi modo de ver el mundo. Entonces cuando escribo me gusta explorar el material desde todos los ángulos. Me parece que si no, a estas alturas, la novela no tiene sentido. Para mí la novela es terreno de exploración o nada. Como lectora me gusta entrar a un libro cuyo formato no conozco. Como Anne Carson en La belleza del marido, que uno no sabe si está en un libro de poesía, de ensayo o en  una obra teatral.

-Hay algo teatral en tu novela. Vos sos actriz.

-Es el teatro del lenguaje. La elección de una voz es la elección de un paisaje.

-Lográs que lo que se considera macabro, como guardar las cenizas de alguien en la casa, se vuelva familiar. Además, los muertos de tu novela están más vivos que los vivos (risas). De hecho, los muertos tienen nombre y los vivos, no.

-Trabajo el terror de lo cotidiano y acá los muertos revelan que lo macabro es cómo vivimos, que lo macabro está de este lado. Además, quién no tiene un muerto en el placard. Todo el mundo anda con las cenizas de la abuela, de la madre, del tío de acá para allá. Una foto es una forma de fantasma. Escuchar la voz de alguien que ya no está es traerlo nuevamente. ¿Por qué temer? A esta altura de la humanidad me parece ingenuo temerle a un muerto o a un espectro. Uno le teme a lo que lo pone en riesgo y un muerto no te pone en riesgo, te pone en conexión. En el breve período en que nos toca respirar, cuántos muertos tenemos, cuántos muertos somos y cómo hablan en nosotros. ¿O acaso uno es solamente uno? Tenemos una herencia genética, heredamos gustos, vicios, creencias, miedos, un status, un color de piel, heredamos, sobre todo, una cultura que no elegimos. Crecer implica desprenderse, discutir con lo heredado. Me interesan todos esos materiales de los que estamos hechos, lo que resuena cuando uno dice “yo”.

Pero socialmente, si hacés ese tipo de cosas sos considerado un friki.

-En la intimidad todos somos frikis. Que luego haya que caretear me parece un espanto. Pero, quién es el dios de la normalidad que dictamina lo que se puede hacer y lo que no. Desde chiquita he sido muy discutidora en relación con lo que había que hacer. Todos los chicos preguntan por qué y no tanto por curiosidad, sino para tratar de entender, porque la organización de este mundo no tiene ni pies ni cabeza y, sin embargo, se considera normal. No señores, es anormal en tanto no responde a una lógica, no responde al afecto, no responde al deseo, sino a un deber ser heredado que, si no se lo discute, eso sí que es una tumba. Aceptar es una tumba. Dar por sentado que tenés que imitar a los demás es una tumba. Resguardarse del disfrute es morir. Yo quería muertos que tuvieran deseo, ya que los vivos de mi novela no lo tenían. Alguien tiene que desear (risas). Lo  que la muerte te pide es que seas vital. Está lleno de gente muerta. La veo en el supermercado (risas).

Etimológicamente, cementerio quiere decir dormitorio. ¿Vos rescatás ese sentido?

-Es que hay mucha similitud entre dormir y morir. Por otro lado, el libro está cargado de sueños trabajados como vigilia. Muchas de mis pesadillas están reconvertidas en acción y en escena vivida por la protagonista. Más allá de Calderón de la Barca y La vida es sueño, hay algo muy relacionado con el dormitorio y el cementerio. Recuerdo una imagen de cuando murió mi tía Raquel. Luego de que la enterraron, me acosté y pensé “ahora estamos iguales vos y yo, en la misma posición, pero vos, tres metros bajo tierra.” En la escritura tengo una relación bastante aceitada con todo lo que me da inquietud. En la vida, hay que ver cómo hago agua (risas). La literatura no existiría sin la muerte. Además, la muerte le da un sentido de excepción a la vida.

-¿Cómo lográs hacer poesía, incluso con el mal olor?

-Soy hija putativa de Baudelaire(risas). Ese poema A una carroña me parece maravilloso. Recién cuando visité su tumba, entendí que estaba muerto, porque es tan vital su escritura, que necesité una constancia gráfica de su desaparición. También entendí el tiempo que nos separaba, pero si algo es interesante de la escritura es que salta el tiempo y el idioma. Tengo unos diez ejemplares de Las flores del mal en distintas versiones, en francés y en español.

-¿Visitas tumbas de escritores?

-Sí. El año pasado también vine a Praga y visité la de Kafka. Llegué tarde y el cementerio estaba cerrado. Había un estudiante de medicina turco esperando para entrar. Me dijo: “me dijeron que tenía que ver a Kafka, pero no lo he leído.” Me pareció el colmo (risas). De pronto apareció la cuidadora y abrió la reja para que saliera alguien. Le dije “He venido desde Argentina a ver a Kafka”. Ella contestó: “10 minutos”. Hubo que correr hasta la tumba. Le pedí al estudiante que me dejaron un momento a solas. Fue una situación muy absurda (risas). Visité también la tumba de Baudelaire y me traje una orquídea de plástico que ahora quedó en Buenos Aires, en mi ropero.

-¿Avisaste que era una orquídea intocable?

-Quedó muy bien guardada. Eso de la “orquídea intocable” es un gran título (risas).

¿Es cierto que te colaste en el entierro de alguien desconocido?

-Sí. Me colé para escribir. Fui a buscar un entierro, encontré dos y elegí el más concurrido. Además, he ido muchas veces a ese cementerio a llorar, porque como está mal visto, para poder llorar abiertamente me colocaba delante de una tumba. Así que he llorado frente a muertos que no conozco, pero que me acogieron muy bien (risas).

Autobiografía con objetos

–Sos muy viajera, un tanto nómade y, como tal, supongo que debés alivianarte de objetos para trasladarte. ¿Cómo se te ocurrió narrar tu vida a través de ellos en Autobiografía …?

–Creo que precisamente por eso, por la pérdida. La escritura es una forma de reparación de lo que está ausente, de lo que se ha perdido, de lo que se ha olvidado. Es una forma de traer esa ausencia y hacerla cuerpo desde el lenguaje. Mi primera gran pérdida de objetos fue a los 10 años, cuando debido a la dictadura tuvimos que exiliarnos y nos fuimos a España. Fue en el ’76, el día de mi cumpleaños. Somos tres hermanas y tuvimos que elegir mucho, porque solo podíamos llevarnos un libro y una muñeca cada una. Fue hacer una síntesis extrema de quién sos y qué elegís, y de esa síntesis te podés arrepentir. Ahí se inaugura otra parte de mi vida y, sobre todo, se termina la infancia de golpe. Fue la primera purga en relación al yo. Mi biografía ha estado tan cortada que me resulta imposible recordar si no es a partir de una referencia muy puntual y material, que tiene que ser un objeto o un espacio. A partir de eso comencé a pensar en una autobiografía en la que fueran los objetos los que me nombraran, los que ocuparan el lugar de referencia de quién soy.  No preví que se diera de una manera tan sincrónica, pero es muy simbólico que el libro haya salido pocos días antes de mi viaje a Praga. Creo que para incorporar nuevas ideas uno necesita quemar las viejas, y para este viaje también tuve que hacer un nuevo inventario mientras preparaba mis valijas. La valija es un objeto que me define.