“No me gusta la vida. La vida será todo lo bella que afirman algunos cantantes y poetas, pero a mí no me gusta. Que no me venga nadie con alabanzas al cielo del ocaso, a la música y a las rayas de los tigres. A la mierda toda esa decoración. La vida me parece un invento perverso, mal concebido y peor ejecutado. A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle en la cara lo que es: un chapucero.” Estas palabras las dice Toni, casi al comienzo de Los vencejos, la última novela de Fernando Aramburu. Y dado que para él la vida “es un invento perverso”, decide ponerle fin a la suya exactamente un año después, el tiempo exacto en que transcurre la novela, entre los meses de agosto y julio.

Los seres más cercanos a Toni son una exesposa que lo desvaloriza; un hijo problemático; dos amigos: el Patachula y Águeda; una muñeca, artefacto sexual que le procura un sórdido consuelo; y una perra, Pepa, la que más lo acompaña en su soledad, sobre todo en la soledad nocturna, mientras escribe su diario en el que anota, entre otras cosas, sus preparativos para la muerte. Ese diario, como todos los diarios íntimos, está escrito en primera persona y constituye el texto de Los vencejos. 

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Esta es su primera obra de ficción luego de Patria, la novela que tuvo un resonante éxito internacional refiriéndose a los asesinatos cometidos por la ETA. Con él obtuvo, entre muchos otros, los premios Francisco Umbral al Libro del Año, el Nacional de Narrativa, el Nacional de la Crítica, el Euskadi de Literatura en Castellano, el Strega Europeo, el Internazionale Giuseppe Lampedusa y el Ramón Rubial. El texto se transformó, además, en una exitosa serie de HBO. Vendió en español más de 1.200.000 ejemplares y fue traducido a más de 34 lenguas.

¿Es posible sentarse a escribir nuevamente ficción sin temer no poder igualarse a sí mismo y sin sentir que se puede decepcionar a los lectores? Aramburu le cuenta esto y muchas cosas más a Tiempo Argentino

El éxito tiene un doble filo. ¿Cómo fue volver a la ficción después de Patria?

Patria me procuró algo que no había tenido nunca, que fueron muchos lectores. Fue algo con lo que yo no había soñado jamás. Tuvo una dimensión literaria internacional, pero hay un lugar en este mundo donde no hay influencias externas, no hay sombras tutelares, y es mi escritorio. Allí no entra nada ni nadie. De manera que después de Patria he escrito otros libros pertenecientes a géneros en absoluto comerciales, pero que requieren el mismo esfuerzo y la misma dedicación o más. Así que me he dedicado a otros proyectos con total serenidad, sin pretender en ningún momento repetir el éxito de Patria ni nada que se le parezca. He dicho en más de una ocasión que yo juego la carta de la literatura. Soy un señor que le está cumpliendo el sueño a un adolescente que quería ser escritor y que quería intentar la literatura, es decir, hacer arte por medio de la palabra escrita. En ese empeño estoy con mayor o menor fortuna.

–Escribió dos libros de no ficción antes de Los vencejos.

–Sí, más una recopilación de artículos.

–¿Cómo se le ocurrió la idea de un personaje que pone un plazo para suicidarse?

–En realidad, lo que me llevó a escribir Los vencejos es una pregunta que me he planteado muchas veces y que quizá no sea privativa de mí, y es cómo viviríamos algunos de nosotros si supiéramos con exactitud el día y la hora de nuestra muerte. Imaginemos que al nacer nos dieran un documento que dijera algo así como “usted, recién nacido, vivirá hasta las siete y media de la mañana del 14 de julio de 2038”. Estoy convencido de que nuestra estrategia vital sería completamente diferente. Entonces, juego a eso en Los vencejos. Un ciudadano común y corriente, de Madrid, decide poner fin a su vida sin saber muy bien por qué y decide hacerlo dentro de un año, lo que le permitirá racionalizar toda esta experiencia de suicidio y hacer un análisis introspectivo de su pasado, de su presente, de sus ideas, de su situación vital con vistas a ponerse en claro y saber por qué ha tomado una decisión tan radical que, por otro lado, lo convierte en dueño absoluto de su vida.

–¿Se informó sobre el comportamiento de un potencial suicida? Por supuesto, no para usarlo de una manera clínica, digamos, sino para procesarlo en la ficción.

–Yo no soy un especialista en psicología y no creo que para lo que escribo sea necesaria una verdad científica. Mi recurso es la imaginación, pero no la imaginación gratuita, sino fundamentada en mi conocimiento particular de lo que podríamos llamar el alma humana. No me constaba que hubiera algún caso de una persona que hubiera tomado una decisión como la de mi personaje, pero luego resulta que, hablando con los lectores, he sabido de alguno en el que una persona anunció que se iba a suicidar en un momento no muy cercano a aquel en que tomó la decisión, y lo llevó a cabo. Hay, además, un caso muy conocido en la literatura catalana de un excelente escritor llamado Gabriel Ferrater que en cierta ocasión les dijo a sus amigos que se suicidaría al cumplir 50 años y lo hizo. De modo que no creo haber incurrido en un relato fantástico o que no estuviera, de alguna manera, relacionado con la realidad.

–El suicidio siempre es un enigma que, como todo enigma, produce curiosidad. ¿Usted sintió antes curiosidad por este enigma o es privativa de esta novela?

–Bueno, el suicidio es un asunto que ha ocupado mis pensamientos alguna vez. Creo, como el filósofo Spinoza, que si algo caracteriza al ser humano y, probablemente, también a los animales, es el deseo de perseverar en el ser. Respiramos, nos alimentamos, procuramos que no nos atropelle un automóvil, miramos dónde pisamos, acudimos al médico… Es decir que hay en nosotros, si no una voluntad, sí un automatismo por seguir siendo. Esto es lo que cuestiona el suicida. ¿Por qué hace esto? Según nos enseña la ciencia psicológica, no lo hace de una manera gratuita. Hay multitud de factores que, en el caso de mi personaje, no se dan de una manera clara. Ni está deprimido ni padece una enfermedad incurable o crónica. No está en la pobreza, tiene un puesto de trabajo, una fuente de ingresos y, sin embargo, dice que quiere quitarse la vida. El suicidio es un tema muy delicado, hay quien considera que es un tema tabú y no solo por razones religiosas. Para los allegados al suicida es una cuestión muy ingrata, porque es normal que se pregunten si ellos pueden haber sido la causa del suicidio, si pudieron hacer algo por evitarlo. Las estadísticas actuales de Europa son altamente preocupantes y agravadas por la pandemia, por lo que, si algo no es el suicidio es un acto extraño o infrecuente. Por lo tanto, creo que la literatura debe ocuparse de ello y lo ha hecho desde hace siglos.

–Pese a la decisión trágica de su personaje, usted pone en la novela un cierto sentido del humor y una cierta ternura hacia él. ¿Es así?

–Sí, es así. De hecho, hay quien ha interpretado que esta novela es un canto a la vida y a mí esa interpretación me gusta mucho. Ahora bien, este canto a la vida no empieza en la primera línea de la novela, no hay una exaltación de la belleza, de la armonía, de los aspectos positivos de la vida, sino que ese canto aparece en zonas oscuras. El personaje va pasando por una evolución en la que va encontrando, a veces a regañadientes, los aspectos de la vida que son gratos. Entre esos aspectos está la responsabilidad. Él vive solo, tiene una perra y afirma que no se suicidaría si no tiene con quién dejarla. Tiene una relación particular con su hijo, que termina dándole una lección de vida. Una de las escenas más entrañables para mí es cuando el hijo, que no tiene muchas luces, pero que, en cierto modo, consigue en la vida un equilibrio que al padre le falta, descubre la muñeca de compañía del padre y en lugar de que eso produzca una escena chocante o cómica, ocurre todo lo contrario. Y allí el padre recibe una buena lección, en el sentido de que también él es objeto de compasión ajena, en este caso, de su hijo. Y en esta pulseada que el personaje tiene con la vida, a la que denigra e insulta, es vencido por la vida. Las sombras iniciales poco a poco se van diluyendo.

Se dice desde la filosofía que la muerte es la que le da sentido a la vida. ¿Toni, profesor de filosofía, cumple de manera personal esa afirmación?

–Sí, pero le ocurre una paradoja. Cuando decide suicidarse cree que la vida no tiene sentido para él, que no tiene nada que ofrecerle, pero en forma paulatina comienza a hacer un descubrimiento y que al saber cuándo se va a producir su final, todo comienza a cobrar sentido porque todo lo que sucede ocurre respecto de un final seguro, no de un final intuido. Todos sabemos que moriremos algún día, pero, de alguna manera, vivimos a espaldas de este pensamiento. Acudimos al teatro, nos reímos, escuchamos música, disfrutamos de los hijos…, jugamos a ser eternos. Toni, en cambio, tiene una sensación constante de despedida y es entonces cuando comienza a sentir gusto por algunas cosas, algunas conversaciones, algunas aventuras, algunas comidas.

Aunque el libro aborda un tema íntimo, hay pantallazos de la realidad política de España. ¿Cuál es para usted la relación entre lo íntimo y lo político?

–Esa relación está enmarcada dentro de mi idea de la novela. Creo que cada uno de nosotros es defectuosamente definible, si se mira en el espejo y se atiene a la imagen que el espejo le devuelve. Dicho de otra manera, cada uno de nosotros es más de lo que recuerda, de lo que lleva por dentro, de su conformación psicológica. Aunque seamos hijos de la educación recibida, de la alimentación, de nuestros gustos y diferencias, también estamos hechos por los demás. Y, en este sentido, somos también resultado del contexto social. La descripción de los personajes al margen de la sociedad sería insuficiente. No es lo mismo que el protagonista de Los vencejos viva en Madrid y trabaje en un instituto educativo a que viva en un pueblo de campo y de vacas, aunque su rostro sea  el mismo y tenga los mismos padres.   «

Una muerte en dosis

Toni se pone un plazo, prepara su muerte, se va deshaciendo de su biblioteca, le lleva la perra a su amiga Águeda,  poco tiempo antes de la fecha fijada limpia a fondo su departamento para que su familia y sus amigos, cuando lo encuentren muerto, no lo consideren un sucio. Incluso se prodiga el sufrimiento de clavarse agujas en las manos como para experimentar el dolor que podría ser el de un enfermo terminal. ¿No es esta una manera de morir en cuotas y, de esta forma, de exorcizar el miedo a la muerte, de vacunarse contra ella?

–Esa interpretación me resulta interesante. No la había escuchado hasta ahora, pero me parece que tiene mucho fundamento. Creo que es verdad y que el protagonista comparte esta sensación de muerte “en cuotas” con los lectores. Estos saben desde la primera página que ese hombre ha decidido suicidarse y es inevitable no tener ese dato en la cabeza con cada página que se lee. De hecho, la novela obliga a esta actitud incómoda según la cual el lector está empujando al personaje principal hacia el suicidio por el hecho de leer. Y, al igual que el lector, él también se lo plantea. Se lo plantea delante de la fotografía de su padre. Con frecuencia se sitúa en el vestíbulo de su casa frente a la fotografía y le asegura a su padre que no fallará, que será valiente. Juega, efectivamente, a pequeñas dosis de muerte, se clava agujas para demostrarse a sí mismo que es capaz de superar el dolor, incluso visita el cementerio y se acuesta sobre la lápida de su padre para tener una sensación física de lo que es estar ahí para siempre. Me complace esta lectura que creo que va en paralelo con la de los posibles lectores.