“Es increíble”. “Realmente es un libro sorprendente”. “Es buenísimo”. Éstos eran los comentarios que intercambiaban los periodistas que esperaban en un hotel de Palermo para entrevistar al escritor estadounidense David James Poissant que deslumbró en su país con su primer libro de cuentos y deslumbró también en el mundo de habla hispana cuando se realizó su traducción. Se trata de “El cielo de los animales” considerado el mejor libro de 2014 por Amazon, que se editará en quince idiomas y que ahora, publicado por Edhasa, puede leerse en la Argentina.

Desde su aparición ha ganado diversos premios por su maestría narrativa ha sido comparado, entre otros escritores, cor Raymond Carver. Poissant, nacido en 1979, está a la vez alegre y sorprendido del gran recibimiento que ha tenido su texto en este país al que viajó en el marco del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA). Cordial, fresco y sin adoptar ninguna pose de “escritor revelación” reconoce que en su poderosa escritura tuvo mucho que ver su pasado de apasionado lector de cómics. 

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-Creo que un libro con la potencia, la cnoherencia y el mundo propio que despliega El cielo de las animales, aunque sea tu primer libro publicado no puede haber surgido de la nada. ¿Qué hubo antes de él?

-Empecé en la adolescencia a escribir poemas que era bastante malos. Me encanta la poesía y soy un gran lector de ese género, pero las poesías no me salen bien. Comencé a escribir más seriamente a los 24 años. En ese momento me tomé un verano para aprender cómo narrar. A partir de este experimento llegué a escribir una novela que no era buena, pero el aprendizaje que tuve en esos meses fue darme cuenta del trabajo que requiere la escritura de un libro, la paciencia, la constancia, el método de sentarse cuatro horas por día a escribir. Me di cuenta también que pasar de no escribir casi nada a escribir una novela de 500 páginas era un delirio, por lo que opté por escribir cuentos cortos. Escribir cuentos de 15 o 20 páginas o incluso menos pensé que era algo que yo podía lograr. 

-¿Sólo aprendiste a escribir escribiendo o hubo algo más?

-En el secundario tuve talleres de escritura creativa y luego hice un master en eso, por lo cual desde hacía muchos años venía trabajando con autores publicados, con gente que tenía mucha experiencia en la escritura y en la edición que me fue guiando sobre lo que funciona y lo que no funciona. 

– Más allá del método y la disciplina te preguntaste, según decís, cómo narrar. ¿Qué respuesta encontraste a eso? 

-Narrar es para mí captar algo de lo humano, de lo que es ser un humano. Es también explorar en los conflictos que nos produce hacer ciertas cosas mal y luego tratar de enmendar lo que hicimos. 

¿Para mostrar lo humano es que está tan presente en casi todos los cuentos lo animal? ¿Se trata de una forma de contraste? ¿Qué es entonces para vos un animal y qué lo diferencia de lo humano? 

-Vivimos rodeados de animales pero, a la vez, tratamos de apartarlos porque los hombres invadimos todos los ámbitos. Actualmente vivo en el estado de Florida que es un pantano, hay muchos pantanos por lo que está lleno de lagartos que caminan por los campos de golf, que andan por todas partes. Además, viví dos años Kentucky donde hay una reserva de bisontes. Nuestro deseo de apartarlos es una forma de relación que los humanos tenemos con los animales. Como nosotros, son parte del mundo natural y tenemos que tratar con ellos. Sin embargo, no nos hacemos mucho cargo de eso, los sacamos de su medio ambiente, por ejemplo. 

-También hay una humanización de los animales como el cuento «James Dean y yo» en que el perro aparece humanizado desde su nombre y además, es como el tercero de un triángulo amoroso. Ese cuento habla, entre otras cosas, de la dificultad que hay a veces para delimitar las fronteras entre lo humano y lo animal. 

– En casi todos mis cuentos los personajes tienen problemas para reconocer cuáles son sus conflictos, no pueden asumir aquellos errores que están cometiendo. En “El hombre lagarto”, por ejemplo, el narrador que no puede decirle al hijo que lo quiere y que lo perdone por lo que le ha hecho (lo ha tirado por la ventana al saber que es gay) , decide salvar al lagarto. En “James Dean y yo” la pareja que no funciona no puede asumir que hay algo que está haciendo algo mal que es, precisamente, la causa de que no funcione. Es más fácil decir “es el perro que duerme entre nosotros”, “es el perro que hace tal o cual cosa”. Resulta más fácil humanizarlo y ponerlo en el lugar del chivo expiatorio. 

-¿Y cuál es la relación que vos mismo tenés con los animales? 

-Me encantan y tuve muchos desde chico. Por supuesto que en la familia hubo un perro y un gato pero yo incorporé un chanchito de la india, una tortuga, peces de agua dulce, peces de agua salada, conejos…todo lo que te puedas imaginar. Me gustan los animales en su medioambiente. Me gusta bucear o hacer cualquier tipo de actividad que me permita verlos en su medio. 

-¿Cómo fue el proceso de edición del libro? El último cuento es como la culminación del primero, por lo que están enmarcados de un modo muy preciso. También es precisa la forma en que alternan según su extensión. Ese orden no parece aleatorio, sino algo muy pensado.  

-Cuando fui a ver a la editora para comenzar con el proceso del libro, tenía cuarenta cuentos de todo tipo. La primera selección fue quedarnos con los que tenían animales. Pero luego nos dijimos que no era bueno que el libro fuera tan obvio, por lo que pusimos un par que no tienen animales. El trabajo más duro fue encontrar un orden para los cuentos. Para mí era muy difícil, pero por suerte mi editora pudo encontrar la manera de que los cuentos cortos no quedaran demasiado pegados y que los largos tampoco. Ella encontró la forma de que tuvieran un buen ritmo narrativo incluso en las tramas de los cuentos. Lo que siempre supe es que quería comenzar con “El hombre lagarto” y terminar con “El cielo de los animales” para causarle al lector una sorpresa. Retomar algo del principio es sorpresivo y también es una forma de dejar el libro abierto. 

-La escena en que los dos hombres tratan de meter al lagarto en la camioneta para devolverlo al lago, es de esas escenas que se recuerdan siempre. Tiene una gran imaginación. ¿Cómo la concebiste? ¿De dónde proviene tu conocimiento de cómo hay que enfrentarse a un lagarto, por ejemplo, atarle la boca? Al leerla parece que uno estuviera viendo una película

– Veo muchos documentales y vi muchas veces que cuando tienen que transportar algún lagarto por cuestiones médicas o por lo que sea, lo primero que hacen es cerrarle la boca con cinta. De esta forma, aunque la cola también pueda ser peligrosa, por lo menos se garantiza que no va a poder morder. En el cuento “La geometría de la desaparición” hay un ritual mortuorio de los hipopótamos. Eso lo vi en un documental sobre hipopótamos y en cuanto lo vi, dije “esto tengo que meterlo en algún cuento” porque me pareció una hermosa imagen y, además, poderosa. 

-¿Cuando la viste pensaste que era realmente un ritual mortuorio o que se trataba de una interpretación de los documentalistas?

 -No había interpretación en eso. Era un ritual mortuorio como tienen muchos animales. 

 - Creo que uno de los grandes logros del libro es que logra desdibujar las fronteras entre lo animal y lo humano. 

– Finalmente somos animales, por lo que me parece mejor reconocerlo.

 -¿Qué es lo que tenés en el momento de sentarte a escribir un cuento? ¿Es una idea, un final o es una suerte de lanzamiento al vacío? 

-Lo que necesito es tener el lugar en el que se va a desarrollar la acción, un escenario donde luego pueda poner los personajes. Escribo mucho sobre el lugar que por lo general es un sitio que conozco. Quizá, en el cuento luego no aparezca toda esa descripción, pero a mí me hace falta para escribir. Lo segundo es encontrar la voz, determinar cuál es la voz que va a contar la historia. ¿Es la de un hombre resentido, la de una mujer que está buscando algo…? Cuando tengo estos dos elementos lo que me falta es buscar cuál va a ser el conflicto, el nudo que va a estructurar el cuento. 

-Tus cuentos son muy visuales, diría que cinematográficos. ¿Influye en esto el hecho de que seas fanático de los audiovisuales? 

-Creo que los documentales me proveen escenas o cuestiones de la trama, pero el componente visual de mi escritura pienso que tienen que ver con el cómic. Cuando era chico no leía libros sino cómics y me gustaba también dibujar. La necesidad de tener primero el lugar donde se van a producir los hechos tiene que ver con el modo en que se van a dar las secuencias de la historia y eso, creo, tiene que ver con la historieta.

 -¿Cómo vivís el hecho de haber escrito un primer libro tan exitoso? Por supuesto debe ser un estímulo, pero también un freno porque quizá produzca cierto miedo escribir el segundo

-En realidad me anima que el libro haya sido tan bien recibido. De todos modos, no lo escribí de un tirón. Me llevó ocho años escribir 40 historias de las que se seleccionó las que integran el libro. Me gusta que haya sido bien recibido y haya tenido tan buenas reseñas. Pero, al mismo tiempo, el haber puesto la vara tan alta, me da un poco de temor acerca de cómo pueda ser recibida la novela, pero hay que seguir adelante. No creo que los cuentos sean una especie de preparación, de entrenamiento para la novela. Entiendo que son dos cosas diferentes. No la veo como una consecuencia de este primer libro de cuentos, sino como otra cosa, como mi primera novela. 

-¿Podés adelantar algo de tu primera novela?

– Sí. Los personajes de los cuentos quedaron allí, pero en algún momento se me presentaron los del cuento “Geometría de la desesperación”, me tocaron a la puerta y decidí retomarlos. Ahora la pareja que había perdido a su bebé tiene un nuevo hijo que se llama Pat y tiene 13 años, es gay y tiene un novio. Tomo esos personajes y los pongo en una casa junto a un lago. La novela es un recorte de tres días de estos personajes en esa situación. 

-En tus cuentos la muerte está muy presente y de la forma más dolorosa como en ese cuento donde el que muere es un bebé. Sos muy joven para tener ese sentimiento sobre la muerte. Todos sabemos que vamos a morir, pero la certeza se instala mucho más tarde. ¿Esa presencia de la muerte tiene que ver con algo que experimentaste de chico?

– En términos de anécdota personal, mis padres viven, pero cuando tenía diez años murió mi abuela y eso me marcó mucho. De todos modos,  pienso que el tema de la muerte se evita, pero siempre está presente, aunque sea de fondo en nuestro cerebro reptil. Socialmente, en cambio, es casi un tabú. No sé si al escribir sobre la muerte pongo en escena ese miedo que le tenemos todo o si es una forma de conjurarla. Creo que la muerte seguirá siendo un tema omnipresente en mi escritura. De hecho, en el primer capítulo de mi novela hay un personaje que se muere.

-¿Cuáles son los escritores que te interesan? 

– El primer libro que me impactó es El gran Gatsby. Fue el primer texto que leí cuando dejé de leer cómics y aunque es un libro breve para mí significó un gran salto. Una cosa que me impresionó y que me abrió la cabeza es que en ese texto todos los personajes cometen errores, hacen las cosas mal, se equivocan en sus decisiones. Eso para mí fue un descubrimiento porque estaba acostumbrado a leer cómics en los que había un héroe y un villano y de pronto me encontré con estos personajes que no tenían un solo signo, sino que eran bastante más complejos. 

-Te comparan con Carver. ¿Cómo tomás esa comparación? 

-Me gusta (se ríe). Aprendí mucho de Carver, considero que es un maestro de la narración y me enseñó mucho acerca de la estructura de un cuento. Generalmente se lo conoce por sus historias más breves, pero también hay un Carver de cuentos de largo aliento. A mí me interesan los dos tipos de narración, en los dos hay una gran estructura.