La distopía emblemática de George Orwell 1984 bien podría llamarse 2021. Concebida hace 73 años, parece escrita hoy.

En ella, el Gran Hermano es una figura omnipresente. El Ministerio del Amor tortura a los ciudadanos rebeldes, El Ministerio de la Verdad solo dice lo que le convenga al gobierno. El Ministerio de la Paz perpetúa el estado de guerra y el Ministerio de la Abundancia raciona la comida y hambrea al pueblo. Las múltiples telepantallas penetran en la vida de los ciudadanos violando su intimidad. A través de ellas,  diariamente el gobierno implementa los “dos minutos de odio” haciendo señalamientos y linchamientos públicos convocando de esta manera a descargar todo tipo de basura violenta contra los enemigos del sistema del mismo modo que hoy lo hacen los medios corporativos y las redes sociales.

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Libros del Zorro Rojo acaba de publicar esta obra predictiva en una cuidada edición que tiene dos grandes valores agregados: la traducción de Ariel Dilon y los dibujos de Luis Scafati tan crispados,  oscuros y terribles como el propio infierno orwelliano, como la propia realidad actual.

“Yo no había leído 1984 hasta que me propusieron ilustrarlo –dice Scafati- y sentí que ese libro escrito en 1948 me estaba contando este presente. Siento que vengo dibujando 1984 desde que era estudiante sin haberlo leído. Soy un sobreviviente de los ’70, de la época de la dictadura. A mí me expulsaron de Bellas Artes. Tengo mi historia y esa historia tiene mucho que ver con 1984. Luego de leerlo me di cuenta de que mi dibujo tiene mucho que ver con lo que cuenta Orwell. Me maravilla cómo un libro escrito hace tanto tiempo está contando nuestro presente. Es increíble que él  haya podido ver lo que vivimos en el presente y que, en realidad, empezó mucho antes, pero que hoy tiene el enorme impacto de la tecnología, de las redes sociales, de la prensa.”

Pero Orwell no solo habla desde el pasado del mundo uniformado por la globalización, sino también de algo que parece una dolorosa característica distintiva de nuestro país, las desapariciones forzadas a las que él llama “evaporaciones” y que recuerdan el pavoroso discurso de Jorge Rafael Videla donde define al desaparecido como alguien que “no tiene entidad”. Ese discurso, señala Scafatti, “también parece salido de 1984”. Y agrega: “Ese libro me hizo sacar afuera imágenes que ya estaban dentro de mí para plasmarlas en el relato que tenía que ilustrar.”

Refiriéndose a las técnicas y materiales que utilizó en sus dibujos dice: “A la tinta china la siento como parte de mí. La tinta y la pluma son los elementos a través de los que se expresan la línea, los contrastes rotundos de blanco y negro y que tienen que ver con la crudeza que impone esta historia. El color no existe en ella, sino que está contada en blanco y negro con algunos pequeños toques de collage y de carbonilla.”

Los dibujos del artista no son ilustrativos si se entiende por ese adjetivo una manera  de repetir servilmente palabras en otra lengua, la  de las líneas y las formas. Sus creaciones más bien acompañan al texto, lo complementan en sus armonías más bajas, como si se tratara de una melodía alarmante interpretada a dúo.

Resulta  difícil separar la voces de esa interpretación, del mismo modo que a Scafati le resulta difícil separar al hombre del artista. “Me cuesta -dice- dividir al dibujante de la persona que soy, porque el dibujo es algo que ya circula en mi torrente sanguíneo, pero mirar con una especie de lente de aumento esta realidad es inquietante. Siento asfixia. Los medios hegemónicos interpretan, distorsionan y se meten en la subjetividad de la gente. Eso, que me deja un sabor muy amargo, es 1984. Los dos minutos de odio de los que hablaba Orwell son las horas de odio que estamos viviendo, lo que significó el macrismo y lo que significan políticos que no son políticos, sino pequeños monstruos para los que la mentira es un valor.” Su asfixia, sin embargo, no le impide expresar un deseo: “Espero que esta edición del libro llegue a la gente y pueda servir de algo.”

  No está escrito en ningún lado que el arte y la literatura tengan la capacidad de vencer al odio. Pero sería maravilloso que así fuera.