Gisela Galimi es poeta, periodista y narradora. A partir de ese tríptico de oficios escribió Una palabra tuya bastará para sanarnos (Alfaguara). Se trata de un relato autobiográfico con distintas capas sobre una dolencia “maldita”: en su adolescencia, padeció lepra. Sin embargo, no lo supo hasta los 21 años, cuando ya curada, sus padres se lo contaron. La omisión amorosa,  probablemente sucedió  para evitar un “infierno grande”, en el “pueblo  chico” de Lobos, donde la autora llegó a la vida.

“A los enfermos medievales, además de otras mutilaciones, con el tiempo la enfermedad les trastocaba la voz. Solo podían hablar bajito. Mi voz está intacta”. Anuncia Galimi en las primeras páginas de un libro que además de contar su propia historia, analiza la potencia del silencio, las corporalidades diversas y las diferentes formas de nombrar la enfermedad.

-Tu libro cruza el ensayo, la autobiografía, la investigación,  la poesía ¿esa hibridación se vincula con tu propio proceso con la enfermedad y sus vaivenes?

-Cuando comencé a escribir el libro, su escritura fue un camino sinuoso. No creo que sea  por la enfermedad, creo que generalmente la escritura lo es. Una junta pedacitos, cambia, gira, decide, escribe, borra, vuela. En algunos momentos gana el autor, en otros, la propia dinámica de la escritura, Comienzan a surgir ideas que se concatenan y, en algunos momentos milagrosos, logran textos mejores de los que habíamos pensando. En otros momentos toca seguir trabajándolos.

Al escribir tomé algunas decisiones. Quería que el libro estuviera en primera persona y en presente, para que el relato no se contara desde el pasado sino desde el hoy, y así mostrar la presencia de la lepra actualmente, pero también para mostrar la fuerza de la palabra que nombra. También decidí que no sea sólo una historia de vida. Entrevistar a otras personas se hizo importante para que el relato fuera completo. Al mismo tiempo, operó en la escritura el azar: el que muchas personas no me contestaran sobre sus dolencias hizo que empezara a contar el proceso de escritura dentro del libro mismo.

El resto es el resultado de mi experiencia anterior. Yo soy periodista y poeta. Creo que en cada oración esa puja está presente como matriz formal de esa hibridación que mencionás.

-Entre las páginas aparecen, además de datos y recuerdos, muchas preguntas,  pero ¿qué te llevó a escribir o para qué cristalizar tu historia? ¿cuál fue tu motivación? 

– Un amigo mío decía que las personas se dividen entre las que tienen las preguntas y las que saben las respuestas. Afortunadamente estoy entre las primeras. Y cuanto más te preguntás, más preguntas aparecen. Este libro se trató un poco de eso, de dar vueltas un tema, preguntarse un poco más, seguir tirando del hilito de la duda. Compartir la duda es un modo de mostrar lo no resuelto de este tema. Pero también lo que nunca podrá saberse. El libro habla mucho de los efectos del silencio en las personas. Y el silencio es una gran pregunta muda. Supongo que escribí para romper el silencio. Para ponerle palabra a lo que las personas, en mi caso la lepra, en otros casos otros temas, que la gente no se anima a nombrar. Y también escribí porque soy escritora. El hecho físico y estético de escribir me da felicidad. Y eso, creo, me llevó a pensar un libro que trata temas complicados desde una estética que apuntaba a la claridad y la belleza. Un libro donde pueda caber todo el amor con que mi familia me cuidó.

Foto: Gentileza Ana Iramain

-El entramado que proponés es polifónico. No solo se hace presente tu voz y tu historia, sino la de internos del Sommer, religiosos, terapeutas, tu entorno de afectos, otros enfermos del Caribe, Brasil, la posibilidad de Calcuta ¿cómo seleccionaste los testimonios y el recorte de cada uno en el libro? ¿el trayecto de una dolencia está más ligado a lo individual o a lo colectivo?

-Este libro lo escribí entre dos realidades: mi firme decisión de contar la historia y el silencio en que la lepra está inscripta. Callada como se calla al cuerpo que duele, y especialmente al que contagia. Como hoy toda la sociedad esconde lo que no es perfecto. Por eso los casos no sé si los elegí, francamente son los que fueron apareciendo. Un profesor amigo, algunas personas que viven en el Sommer, un colombiano que llegó por azar y una persona que conocí por internet. En el medio quedó mucha gente que prefirió no hablar. Sin embargo, de alguna forma mágica cada uno de los que dijeron sí vinieron a aportar su verdad y se construyó una verdad compartida, polifónica, más robusta. Y también menos solitaria.

Mi hijo Marcos dice que cuando tomás el camino correcto todo el universo confabula para que lo que tenés que hacer se cumpla. Este libro fue un poco así. En su momento cada persona vino a acompañar el proceso y se me hizo importante incorporarlo, como una crónica de la propia escritura.

Y, claro, creo que eso hizo al texto más poderoso, porque los textos polifónicos tienen esa posibilidad de ver los matices del alma humana.

-«El cuerpo, ajeno o propio, se siente antes de pensarse», afirmás en un fragmento en este sentido ¿cuánto hay de emocionalidad y de racionalidad en tu literatura? 

-No sé si puedo separar racionalidad y emocionalidad. Muchas veces, especialmente a la hora de escribir. Siento lo que pienso y pienso lo que siento. Son una misma cosa. Muchos años de terapia también te hacen reflexionar sobre los sentimientos como una forma de conocerlos. Podría decirte entonces que escribo con el cuerpo. ¿Viste ese momento en que el cuerpo cambia frente al teclado? Bueno ahí pensar y sentir son la misma cosa, se produce sin filtro, sólo sucede y es verdadero.

Antes de eso la investigué mucho y después corregí mucho, ambos productos de la razón y de la intuición.

-En esa misma línea, en la era del home office y las redes sociales, también decís «ignoramos el cuerpo porque es materia digna de morirse» ¿entonces, qué rol tiene la corporalidad o por qué es importante poner el cuerpo en el arte?

-Durante la pandemia me obsesioné con pensar qué pasaba con el cuerpo virtualizado. Leí a autores como Bifo (Franco Berardi)  y (Alessandro) Baricco, Tomé un curso de teatro virtual y miré por mi ventana cómo el árbol que está frente a mi balcón sabía la manera de seguir cambiando, mientras nosotros nos quedábamos quietos.

Entre las lecturas y la realidad descubrí cuánto nos deshumaniza hoy en día la virtualización. Vamos perdiendo empatía, ese don de mirar los gestos del otro y saber cómo se sienten y comenzamos a creer que todos son felices, vía su relato en las redes. Si fuéramos un árbol seríamos siempre un árbol que se muestra florido.

El cuerpo como espacio de decadencia se convierte en una imagen íntima y ocultable. Y las personas nos volvemos cada vez menos resistentes al fracaso porque creemos que solo a nosotros nos pasa. 

Entonces creo que recuperar el cuerpo en el arte es imprescindible porque esa es una de las grandes problemáticas que estamos atravesando. Recordar la humanidad es volver a pensar en nuestra debilidad y eso nos hace más fuertes.

-Hay varias constantes en la obra que se relacionan con el silencio, el ocultamiento por vergüenza o para evitar el estigma, también los modos de nombrar a la lepra y a otras enfermedades, cierta función de la palabra. Dado que atravesamos una época de redefiniciones de muchos términos, e incluso de las corporalidades ¿cómo elegís nombrarte hoy?

-Mi nieta, que tiene dos años, dice que ella es una Tatú (su sobrenombre). No se llama a sí misma nena o nene, o grande o pequeña. Yo soy una Tatú dice. Me encantaría que ésa fuera la definición. Somos cada uno nosotros mismos. Ni más ni menos. Con nuestras pequeñas realidades. Vistos de cerca y para nuestros afectos, muy importantes. Vistos a escala del universo,  totalmente intrascendentes. Entonces si me preguntás cómo elijo nombrarme es como Gisela. Soy una Gisela que ha pasado por muchas cosas y esas cosas han conformado un ser único. Pequeño, pero único. Y eso es parte del misterio.

-¿Y cómo te relacionás con el silencio?

-Me llevo mal, en general es demasiado polisémico para mi gusto. Detrás se ocultan muchas interpretaciones. Pero como te digo esto,  te digo que con los años sólo hablo cuando siento que vale la pena decir algo a alguien con quien se pueda establecer un diálogo verdadero. Hablar necesita un marco de confianza mutua que a veces es difícil de compartir.

Las personas con lepra en la antigüedad eran aisladas, como sucedió con la reciente crisis sanitaria con quienes tenían Covid ¿la pandemia modificó en algo la salida o el contenido de este libro?

¡Claro! En principio iba a salir antes de la pandemia, pero se atrasó su salida por todos los problemas del Covid. Pero aproveché para ponerle un corolario y relacionar el encierro de la lepra con el Covid. Está justito al final del libro y los que lo lean los podrán ver.