“La racionalidad es indomable, no hay ley explicativa”, dice Gustavo Ferreyra desde su hogar y ayuda a comprender uno de los proyectos literarios más portentosos, sólidos y sostenidos de la narrativa argentina actual. ¿En qué se basa esta afirmación? Novelas como El amparo, El desamparo, Dóberman (Premio Emecé 2010), El director, Piquito de oro o La familia (Premio Nacional de Literatura 2014) muestran la construcción de una voz única que va adquiriendo distintas formas, pero siempre es un torrente imparable de energía lingüística donde la corrección política no tiene lugar. Alguna vez, el poeta cordobés Vicente Luy escribió lo siguiente: “¿Tus palabras no atraviesan las paredes? / Modifica tus palabras.” Y este parece ser el dictum de un escritor como Ferreyra: atravesar las paredes de la mente de sus lectores con cada historia que entrega montado en un flujo narrativo que se presenta como excesivo, serpenteante y perturbador. ¿Dónde empezó todo esto? Con una epifanía adolescente: “El deseo profundo de escribir lo tenía desde la adolescencia, como una especie de iluminación, a los 14, 15 años. Era algo realmente poderoso a esa edad,  que fue acompañado por la práctica, por la escritura misma. Tengo una gran cantidad de cuentos armados como libro y quedaron inéditos. Me costaba mucho pensarme como escritor o decirle a alguien que escribía. No pude hacerlo hasta los 40. Siempre me parecía que era el otro, o el mundo, quien podía darme esa denominación. Todavía me pasa, me cuesta decirlo.”

De un tiempo a esta parte se vienen reeditando sus textos. Primero fue El amparo (Club Cinco) y ahora es el turno de los cuentos de El perdón (Dualidad), y tiene firmado para reeditar El desamparo y Gineceo. También acaba de salir su nueva novela, El sol (Dualidad), después de dos textos donde sigue la estela de su personaje Piquito: Piquito a secas y Los peregrinos del fin del mundo, ambos editados por Alfaguara.

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En El sol aborda la internación de un espía en un lugar indeterminado donde el hospital funciona como territorio para la lucha contra el cuerpo defectuoso, pero también hay cerca una capilla que aporta un elemento de posible eternidad en medio de una mente que oscila entre la derrota, la necesidad de no entregarse pero también de comprender el caos en el que se volvió su existencia toda. Esta vez, Ferreyra utiliza un tono melancólico que vuelve a El sol su novela, quizás, más reflexiva y reposada dentro de lo que es un corpus exuberante del campo literario argentino. Sin embargo, el autor no detiene su motor. Cuenta: “Los primeros tiempos de la pandemia tuve un rapto de escritura feroz durante unos cuantos meses. Casi todos los días de corrido. Nunca escribí una novela tan rápido. Para noviembre ya estaba nocaut. Después de un periodo así la cabeza se pone a golpear contra el adoquín. En diciembre ya estuve en las Sierras de Córdoba. Allá me recuperé, me fui poniendo a tono. Fui cayendo un poco en mí mismo. Y de ahí un poco al mundo.”

¿Qué fue lo que posibilitó esta escritura feroz de la que hablás?

-Fueron varias cosas: disponibilidad de tiempo, concentración, menor dispersión, miedo será también. Cuando uno tiene una novela entre manos siempre piensa que puede quedar inconclusa. Esta novela también era más urgente en algún punto, más ágil.

El último tiempo salieron Piquito a secas y Los peregrinos del fin del mundo, más los dos inéditos y Piquito de oro (Seix Barral, 2009). En total cinco libros. ¿Qué fue lo que atrajo tanto como para continuar esta saga?

-Desde el vamos vi que iba a tener una continuidad porque en Piquito de oro hay dos historias paralelas que no se cruzan. Pero no fue inmediato. Yo saco Dóberman y La familia y recién ahí retomo esa novela pendiente. En Piquito a secas se revelan algunas cosas de la novela anterior. Lo que vino después sí fue un torrente, una identificación con esa voz narrativa. Y también la apertura a que nazcan ideas o frases que son totalmente exclusivas de Piquito. Eso me atrajo del personaje: la posibilidad de ser otro narrador, que dice cosas que en ningún otro momento surgen. Ahora empecé otra nueva de Piquito. Lamentablemente para editores y público. Me la van a tirar por la cabeza.

-¿Cómo llegás a los textos de El perdón?

– Con la novela El amparo alcancé una prosa propia, una especie de estilo, y lo conservé en El perdón. Tenía un mundo de escritura. Los cuentos los armé como a mí me daba la forma cuento en ese momento: una narración que no remitiera a las estructuras y formas clásicas. Traté de que las situaciones fueran fuertes, significativas, aunque no tuvieran un final sorpresivo ni conclusivo. Era mi idea de cuento y quizás luego fue vista por mí mismo como una forma novelística del cuento. Después me pregunté si no fracasé como cuentista porque estos son los cuentos de un novelista. Tal vez mi vocación siempre fue la novela.  Algo de eso hay, porque no volví a escribir cuentos. Tal vez no di con la vara del género. Por ahí tiene que ver con que soy muy lector de novela porque te llena. El cuento en cambio, es esa cosa que te olvidaste al otro día, se te pierde un poco. Los que más me hincaron el diente como lector siempre fueron las novelas y en reflejo de eso es lo que más me sale como escritor. 

El sol es una novela que tiene una respiración distinta a las que veníamos leyendo en la saga de Piquito.

El sol surge de una especie de punto muerto, de vacío. Quizás la novela tiene al vacío como protagonista. Yo venía de escribir al hilo cuatro novelas del universo de Piquito, que es un mundo profético, mesiánico. Y de la nada surge El sol. Yo había visto The Americans. Y me quedó la idea de una pareja de espías. Eso se cruzó con Dino Buzzati y El desierto de los tártaros y con Esperando a los bárbaros de J. M. Coetzee. Y las dos novelas remiten a una idea de no determinación geográfica, algo que parece transitorio y resulta definitivo. Venía de muchos libros situados y fechados, incluso con menciones de la actualidad. Me quise remontar a un mundo otro, indefinido, donde la fantasía descansa. Y descansé en el protagonista, Víctor. En esa idea del último ratio: de ir al final de todo, huir del mundo. ¿Dónde hay un lugar donde no hay mundo? Es una pregunta que siempre me hago.

-Tiene un tono melancólico el texto.

-Sí, nunca me pareció que se había dado en otras de mis novelas y, sin embargo, he disfrutado como lector de esa nostalgia cuando aparece en ciertas reminiscencias de la infancia, por ejemplo.

Pero, por otra parte, es un tono donde aparece la tensión: la novela transcurre en un hospital donde la muerte es lo más presente.

-Sí, por supuesto, el protagonista es un hombre vencido por las circunstancias. La nostalgia en sí tiene el objetivo de rever esas decisiones que, en realidad, no decidió: cómo fue llevado, la vida pone una deriva donde mira para atrás y no ve los puntos donde fue él, no encuentra su identidad. Por eso es conflictivo, porque no está entregado todavía.

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En ese sentido está el cuerpo como problema a resolver. Algo que recorre muchos de tus textos.

-Creo que, si se quiere, es la continuidad por otro camino, por otra deriva y de lo que sucede en el final de La Familia: el cuerpo que pertenece a la vida y en última instancia al mundo. Pero vos no sos el mundo. Schopenhauer diría que pertenece al mundo de los fenómenos. La esencia sería esa voluntad que se encuentra con el cuerpo. Así que el cuerpo es un problema, y más el cuerpo enfermo. El cuerpo aparece, muchas veces, como rival de la persona. Creo que ahí empieza el sufrimiento con el mundo. El cuerpo es la primera frontera con el mundo. Y en ese sentido, para el protagonista en esa ciudad que cae en desgracia (que ya no tiene dentistas) parece que el hospital es el trámite necesario para que todo caiga.   

-En esta novela, y me arriesgo a decir en gran parte de tu obra, hay o una suerte de obsesión y tiene que ver con que la búsqueda de la aventura para trascender el cotidiano siempre lleva la fracaso.

-Es así. El tema del escaparse de uno mismo en función de la búsqueda de un aprendizaje siempre tiene esa connotación de lo que no satisface, de lo que no termina de cerrar y siempre concluye en la derrota. No sé si eso tiene que ver con la vida misma: no se aprende demasiado en la vida. Vamos en busca de algo y tenemos experiencias, pero básicamente lo principal lo tenemos en la infancia. Eso no se supera nunca: la sabiduría del infante. Es un poco lo que siento como escritor también, toda novela tiene un más allá, pero caigo en el mismo punto. Siempre está esa vocación de superarse. O eso me pasaba hasta La familia o Piquito de oro. Últimamente estoy resignado, te diría. A veces pienso que con la escritura de la última novela estoy medio indisciplinado porque ya no puedo dar más de lo que di. Entonces me digo vamos a ver qué sale, relajémonos en la búsqueda de la aventura, que en mi caso fue escribir, ahí me he jugado el pellejo, en el sentido de que puse ahí cosas que no parecen estar en mí. Me he exhibido en los libros, fui bastante osado en algún punto. Eso te lleva a herirte. Cuando salís a buscar la trascendencia volvés herido. De ahí, creo, el derrotero de mis personajes. No alcanza, no alcanzan las fuerzas humanas.

De adolescente quisiste ser escritor. ¿Te convertiste en ese escritor que imaginabas de chico?

-Como dice Simone de Beauvoir al final de La fuerza de las cosas: “no puedo sino pensar en el fracaso”. No cumplí los sueños. Siempre estás a las puertas, como Kafka, esperando que te llamen del cielo y te digan “es su turno, señor.”

Escribir y publicar

Hubo un tiempo en que tenías cierto plan de escritura.

-Trato siempre de escapar a los sistemas rutinarios. Ahora empecé otra novela y estoy asistemático, que no se vuelva un proceso burocrático. No quiero tener medidas de escritura diarias. Yo me ponía por lo menos una hoja de cuaderno por día, aunque siempre la pasaba, y tenía un plan de media página y me lanzaba. Después fui extendiendo el plan y quería trabajar sobre algo más sólido, menos improvisado. Eso hizo que me fuera tomando más tiempo entre una novela y otra para planificar mejor y con maduración. Ahora escribo lo que sale y pienso que la próxima me va a salir mejor. Pero muchas veces me pasa que voy configurando el plan, lo voy armando, agregándole cosas y de pronto ya me largué a escribir antes de lo pensado. Se me adelantan los comienzos de novela, me desboco, me voy, es una rueda que te lleva y volver al plan es imposible. 

 -¿Por qué el pasaje de Alfaguara a una editorial nueva como Dualidad?

-El asunto surgió a partir de la reedición de El perdón. Dualidad me pide reeditar algo. Yo ofrezco El perdón para poder ampliarlo con tres cuentos que habían quedado afuera. Lo que le iba a dar una peculiaridad: no ser igual que la primera edición. Eso los tienta y sale el libro. Al mismo tiempo en Alfaguara se empieza a ralentizar el tema de la publicación por la pandemia y demás. Eso hace que tus libros se vayan desplazando para atrás. Y yo tengo mucho inédito: en este momento tengo cuatro novelas sin salir, y están firmadas con Alfaguara. Hay dos de la saga de Piquito (Que lo que sea continúe y Sin espalda) que saldrían en un solo ejemplar. Y desde la editorial les pareció bien que fuera sacando por otros carriles. Porque lo normal, me dijeron, es sacar una novela por año y que todo esté en una sola casa editorial. Pero la Argentina no es normal, no hay tanto público lector. Lo hago con el visto bueno de la editorial porque está previsto que en el futuro saquen libros míos. Así es como sale El sol ahora por Dualidad. Como decía Onetti: hay que socializar las pérdidas.