Juan Pablo Bertazza está radicado en Praga desde 2019. Dos becas ganadas lo llevaron a tomar la decisión de quedarse por el momento en la ciudad de Franz Kafka.

En Buenos Aires deja una fructífera carrera periodística, con colaboraciones en conocidos medios (Suplemento Radar por  poner un ejemplo),  como también su lugar de editor en el sello Alfaguara.

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Deja, además, dos novelas: Síndrome Praga, el resultado de su primera beca y Alto en el Cielo,  ambas editadas por el sello Adriana Hidalgo.

Acortando distancias por vía virtual,  Tiempo Argentino dialogó con él sobre  Alto en el Cielo. La novela, de sólida  estructura, tiene una acertada mezcla de policial con historia y también  de bitácora de viaje con arquitectura. El autor ubica como el epicentro de su trama el chalecito Díaz. Un chalet ubicado a metros del Obelisco en la terraza de un edificio –verdadera curiosidad o capricho arquitectónico-  que es ya un sello de identidad del centro porteño.

Tanto Síndrome Praga como Alto en el cielo tienen en común un personaje femenino muy bien logrado Katka, que mantiene su  atractivo de principio a fin de la lectura. Este personaje se mueve como una turista más, caminando por la ciudad, se anota  en todos los tours que visitan edificios  de comienzos del siglo XX.  Pero busca algo más que una simple turista. Tiene dos caras,  y la menos visible es la de  una fría y atractiva agente de los servicios checos que se encuentra en estas latitudes  en una misión secreta.  Tiene información certera de que El Golem está en Argentina, más precisamente  Buenos Aires, donde fue escondido durante  la Segunda Guerra Mundial, para protegerlo de los nazis cuando invaden Praga. Pero tiene muy pocos datos del lugar exacto en el que se esconde. Lo que sí tiene son  órdenes de buscarlo  en los edificios históricos emblemáticos de la ciudad.   

-¿Cómo fue  la cocina de Alto en el Cielo? Los ingredientes no son pocos.

– Me parece que fue la combinación de dos cosas. Por un lado, el hecho de venir a vivir en Praga  en 2019 por dos meses, gracias a una beca llamada Praga Ciudad Literaria, organizada por la Unesco, que consistía en escribir una novela en ese tiempo. Ahí escribí Síndrome Praga. Volviendo a Buenos Aires, descubro que tengo muy pocas ganas de quedarme e  inmediatamente empiezo a decidir irme a vivir a Praga. Pero me estaban sucediendo cosas lindas, como la repercusión de mi primera novela.  Además pasaba por un buen momento como editor en Alfaguara. Luego me gano una segunda beca para hacer un doctorado en literatura y nuevamente en Praga, lo que reafirma mi decisión  de vivir acá.  Tenía un cúmulo de sensaciones. Por un lado, estaba la posibilidad  de estar definitivamente viviendo en Praga, un lugar plagado de referencias literarias y con una novela escrita que se refería a esa ciudad  Es un lugar que desde siempre me impactó. Por otro,, la despedida de Buenos Aires, irme de la ciudad en la que viví todos estos años no me resultaba fácil.  Nunca había vivido en otro lugar. Hay gente que se va de Córdoba a Buenos, en mi caso fue de capital a otro continente sin escalas.  Por eso creo que buscaba una despedida literaria de mi ciudad; poner en palabras una historia del lugar donde vivo actualmente, pero ubicada en Buenos Aires, ciudad que tanta literatura me había dado, con todo lo que ello implica. 

El disparador fue el personaje de Katka, que también es el personaje principal de mi primera novela, Síndrome Praga.

-No supe  hasta hace poco que también había sido el personaje principal de tu primera novela.  Habláme más de ella.

– De alguna manera me alegra que no hayas leído la primera, porque me pregunté muchas veces  si tenía sentido leerlas de manera independiente. Por eso, me encanta que te haya gustado la segunda sin haber leído la anterior. Como te  contaba, a mí me gustó mucho escribir Síndrome Praga. A pesar de tener la presión de escribirla en dos meses, siento que fluyó y el personaje de Katka me gustó mucho. Me despertó toda la curiosidad de saber cómo sería la vida de ella en Buenos Aires, viniendo de tan lejos.

Creo que las dos novelas  constituyen un buen pretexto para mostrar Buenos Aires, con una mirada de viajero que quiere encontrar diferencias y similitudes, en este caso con Praga. Me impresionó mucho cómo el personaje se adentra en la ciudad: recorridos por su arquitectura emblemática, el edificio de Aguas Corrientes, el edificio Barolo, algunos pasajes de Retiro. ¿Vos hiciste lo mismo que el personaje cuando estabas en Praga buscando información para tu primera novela?

– No lo había pensado. Creo que tenés razón, ya que lo que más me gusta de escribir es ese “estudio de campo” que disfruto mucho. Y en esos dos meses que tuve para escribir mi primera novela, me puse a hacer muchos tours y entrevistas. Me gusta meterme en lo cotidiano.  Y cuando volví a Buenos Aires  hice exactamente lo  mismo, tal vez sin saber que iba a hacer Alto en el Cielo, tenía ganas de buscar lo que me había pasado en Praga, pero en Buenos Aires.

Te confieso que me encantan las novelas donde te muestran las ciudades con esa mirada extrañada de tu propio lugar. Me gusta el asombro de descubrir algo que no conoces de tu propia ciudad, a pesar de vivir en ella. Un libro que creo que influyó a la hora de escribir Alto en el Cielo es, sin duda, Historia funambulesca del profesor Landormy  de Arturo Cancela, que tiene una manera de describir Buenos Aires como nadie. Te hace pensar desde lo disparatado.

-Paralelamente a la descripción de Buenos Aires, hay  una novela de intriga y conspiración, con un personaje mitológico como es El Golem. ¿Cómo se te ocurrió pensar que el Golem pudo haber estado en Buenos Aires?

– El mito del Golem siempre me apasionó, éste nace en Varsovia (Polonia) y lo más cercano es Praga. De hecho acá se encuentra la sinagoga del rabino que se supone lo creó. Lo que más me apasiona de este mito son las paradojas que tiene este personaje. Vos pensá que es un mito para proteger el ghetto y lo termina destrozando, les juega en contra. Está hecho por la kabalah, o sea con la palabra divina y la criatura no puede hablar. Y como queriendo continuar como te decía con los  cruces, quería meterlo de alguna manera en Buenos Aires. Le sumo además ese mito urbano de  Buenos Ares que siempre se menciona, que los nazis estuvieron por allá. Finalmente le sumo además, una obsesión personal que me aparece por una nota, que hice para un diario de allá, sobre el Chalecito Díaz. El resultado de todo esto me llevó a pensar como el lugar ideal para albergar al Golem.

– ¿Cuáles fueron los libros que tuviste presentes a la hora de escribir Alto en el cielo?

– Como te decía, El Golem de Gustav Meyrink. Concuerdo con Borges, cuando dice que es la obra maestra de Meyrink, aunque el resto es menor. Sin embargo,  debo confesar que me gustó mucho otra  novela de él que se llama El ángel de la ventana de Occidente y que trata sobre los alquimistas de Praga.  Me pareció muy interesante, lo mismo que una película de  David Lynch, donde los personajes van cambiando de identidad. La otra referencia que tuve presente, me parece que es un escritor del carajo, que ya tiene un lugar importante y que con el tiempo será mejor aún. Me refiero a Pierre Lemaitre. Además es contemporáneo, algo que para mí tiene mucho valor.

No exagero si digo que Lemaitre  me formó en lo que a novela se refiere. Yo vengo de la poesía y, en vez de ir a un taller, me metí de lleno en su obra. Si en mis dos novelas se encuentra algo bueno, se lo debo a él. Es al que más rescato, es que es un escritor que le da mucha bola a la trama de sus novelas, cosa que hoy no pasa mucho. Hoy se piensa más en el estilo o en la cosa disruptiva, con lo cual no estoy para nada de acuerdo. Siempre prefiero una trama sólida. Otra autor que me interesa muchísimo a la hora de laburar una trama es Adolfo Bioy Casares. De hecho, tanto la gente cercana que me leyó como en las notas que salieron de Síndrome Praga, daban como referencia a Bioy, cosa que es muy cierta, pero creo que lo empecé a leer con mayor dedicación, después de eso que se dijo (risas). Volviendo  a Pierre Lemaitre, me encanta cómo él mismo se va preguntando, genera  curiosidad con cuestiones relacionadas con la trama y va creando otras historias con personajes de sus libros anteriores, se pregunta qué fue de la vida de tal personaje o de tal otro. Eso  me pasa siempre y ha sido de una gran influencia para mí.

Aparte de estar haciendo tu posgrado, en que proyecto de escritura te encontrás en este momento?

– Vengo de una traducción del checo que casi me saca el alma, es ni más ni menos que una novela del escritor Bohumil Hrabal. ( escritor checo, contemporáneo, de la época de la ocupación  rusa. Trenes Rigurosamente Vigilados, es una de sus más aclamadas novelas), se titula Krasosmutneni ( Una hermosa tristeza) que originalmente se publicó en 1979 y que habla de su infancia en la cervecería en la que laburaba su padre.

Tremenda responsabilidad, ya que  se traduce por  primera vez al español y creo que no se ha  traducido a ningún otro idioma. Investigando por ahí, sé que  hay algunos capítulos al italiano.

También ya tengo fecha de publicación en Buenos Aires de mi último libro de poesía titulado Japón que edita  la editorial Caleta Olivia, en el mes de junio y que estará en todas las librerías de por allá.

El juego de las diferencias

– En estos años que llevás viviendo en Praga y con una novela escrita allí  y otra aquí, qué similitudes y diferencias encontrás entre e tu ciudad de origen y tu ciudad de adopción.

 – Nos parecemos poco, ese es el chiste del personaje de Delfina, la fotógrafa, empeñada en buscar similitudes con Praga. Pero lo que me interesa de verdad son los cruces que se dan y esos cruces son bastantes.

-¿Cuáles, por ejemplo?

-He encontrado libros, diarios, calles, de hecho la portada Alto en el cielo  muestra un letrero de la calle Argentinska (Argentina en checo), que está muy cerca de donde vivo. Allí, en ese lugar, existió un gran matadero  a principio del siglo XX. Además  encontré un libro de una pareja checa que se llama Allá Detrás del Rio está Argentina. Ellos son Jirí Hanzelka y Miroslav Zikmund. Eran dos exploradores que allá por la década del 30, cuentan su llegada a la Argentina. El libro está  lleno de fotografías emblemáticas de la ciudad como el estadio La Bombonera, cuya construcción se inició en 1938, el Obelisco y el Chalecito Díaz, esa hermosa casa que está construida en la terraza de un edificio, en plena Avenida 9 de Julio, del lado sur del Obelisco.