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(Foto: Jeff-Cottenden/Editorial Anagrama)

Desde su casa en Londres, con el tono sobrio, sin estridencias, con que leyó su discurso de aceptación ante la Academia Sueca y con el dejo melancólico que recorre su novela, Kazuo Ishiguro conestó preguntas vía a zoom a un centenar de periodistas de América Latina y España.

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Klara y el Sol (Anagrama) fue traducida por Mauricio Bach y llegará a las librerías argentinas en el mes de abril.

La protagonista de la novela, Klara, es una amiga artificial, es decir, una AA, diseñada para el cuidado de niños. Pero, a diferencia de otros ejemplares de su tipo, tiene una excepcional capacidad de observación que le permite mirar la conducta humana con la mirada “extranjera” de su condición de AA, pero, a la vez, con una sensibilidad y comprensión –si es que esto es posible en una máquina creada por el hombre- que no es usual en los seres dotados de inteligencia artificial.

Luego de una estadía en el escaparate de la tienda que la vende y después de recorrer  diversos lugares de la misma según iban llegando las novedades, la niña que un día se fascinó con y ella le prometió que volvería a comprarla,  lo hace. Esa niña es Josie y padece una enfermedad.

La historia entre Klara y ella abarca desde la compra hasta el momento en que Josie se va a la universidad. Es entonces cuando va parar al lugar de las cosas viejas. Tan intensa ha sido su relación con la niña que su madre prefiere que se vaya “apagando de a poco” antes que permitir que tenga el final y común para los seres de su tipo.

Desde su extranjería  Klara tiene una distancia óptima para la observación de los humanos y, desde su capacidad de empatía, es capaz también de una forma de comprensión.

Es así que a través de un ser artificial que es consecuencia del desarrollo tecnológico, Ishiguro plantea preguntas de difícil  respuesta cómo en qué consiste ser un ser humano, qué es el amor, para qué nos ha sido dada la vida, cuál es nuestra función en el mundo. La memoria, los recuerdos y la soledad que son características distintivas de lo humano, también están en el fondo de esta historia.

Apenas comienza la novela, se tiene la sensación de estar leyendo una historia que bien podría estar destinada a los niños. La sensación no es equivocada. El propio autor lo confirma al  principio de la conferencia de prensa. “Se podría pensar –dijo el autor-, que Klara vino de la ciencia ficción, de las historias de robots. Pero en realidad vino de las s para niños pequeños. A mí siempre me han fascinado los libros infantiles para niños de 4 o 5 años de edad. Me gustan los libros ilustrados en los que hay  una relación clara entre las imágenes y el texto. Hace unos años tuve una idea de una historia para niños pequeños. Me fascinan las historias que se dibujan en esos libros. Los adultos solemos proteger mucho a los niños, los protegemos de las dificultades de la realidad y siempre queremos presentarles una versión amable del mundo. Pero en algún lugar de las ilustraciones de los libros infantiles, siempre se puede ver una pizca de la oscuridad, de la tristeza del mundo que les espera. Es como si les dijéramos `no queremos mentiras pero por el momento les decimos que el mundo es fantástico´. En el bosque, en los ojos de los animales siempre puedes ver un punto de oscuridad. Klara es una criatura que está en el centro de esta historia infantil. Puede ser como un oso de peluche, por ejemplo. Ese era el origen de Klara para mí. Después la coloqué en el mundo de la ciencia ficción.”

Ante una pregunta sobre la memoria, Ishiguro se pregunta cuándo es mejor recordar  y cuando resulta mejor olvidar. La respuesta se relaciona tanto con países, como con personas individuales. “Klara es  una máquina –dice el autor- y al principio no tiene ningún tipo de recuerdo, es completamente nueva y, a medida que avanza la historia comienza a tener recuerdos cercanos, pero si intenta esconderse de algo es del futuro, no del pasado. A mí eso me parece interesante y, al mismo tiempo, me resulta liberador un personaje que no tiene recuerdos y que los va adquiriendo poco a poco, como lo haría un niño, como lo haría un bebé. Pero este libro, de todos modos, versa menos sobre el tema de la memoria que otros libros anteriores.”

El escritor aseguró que no es bueno quedarse anclado en el pasado y al respecto nombró como ejemplo la novela de Eduardo Sacheri, La pregunta de sus ojos, que Juan José Campanella llevó al cine con el nombre El secreto de sus ojos. “Campanella –dijo- trabaja la idea de que es preciso pasar la página, porque si uno se queda obsesionado con el pasado, no es posible seguir adelante.”

Como no podía ser de otro modo, en las preguntas surgió el tema de la pandemia y de las consecuencias que pueda tener en el futuro la gran aceleración de la revolución digital que produjo. “Es muy difícil –afirmó Ishiguro-. Hemos hablado mucho de esto y creo que hay cosas que van a cambiar. De hecho, está cambiando nuestra vida laboral. Pero debo aclarar que yo ya había terminado este libro antes de la pandemia y que no tenía idea de que iba surgir algo así. Si en el mundo de Klara hay algunos ecos de esto, es pura coincidencia y quiero que esto quede muy claro. Es interesante preguntarse de qué modo la pandemia nos va a afectar en nuestra vida laboral y social, pero me parece que hay algo inapropiado en el hecho de debatir en este preciso momento. Ahora mismo hay miles de personas en el mundo que están en estado de shock y de duelo porque han perdido a alguien muy querido. En el Reino Unido, donde yo vivo, hemos duplicado el número de muertos respecto de la cantidad de civiles muertos en la Segunda Guerra Mundial y en los Estados Mundiales han muerto más personas que en las dos guerras mundiales y en la uerra de Vietnam. Por lo tanto, creo que para el tema que tenemos que estar preparados es qué tipo de impacto tendrá todo esto la sociedad. Si al finalizar la pandemia solo tuvièramos  cómo ha cambiado nuestra vida laboral, sería fantástico, pero me temo que habrá repercusiones ingentes que tendrán que ver con el estrés, con la rabia, con el dolor. No sé cómo se mostrará eso hoy, pero cuando el pasado hemos tenido este nivel de muertes repentinas en nuestras sociedades,  a menudo ha habido un gran impacto y creo que eso es lo que deberíamos estar debatiendo. Lo demás, las compras, la vida laboral son cosas que deberemos manejar. No estoy diciendo que no sea interesante preguntarse acerca de estas cosas, pero cuando vemos lo que sucedió luego de guerras importantes, lo que vemos es un impacto emocional, psicológico  tremebundo que, a la vez,  termina teniendo un impacto en las cosas cotidianas de muchas maneras distintas.”

El Pemio Nobel aseguró que con la edad se ha vuelto más optimista, más confiado en la naturaleza humana y que, por esta razón, sin ser consciente en el momento de la escritura,  fue a un territorio parecido al de otra de sus novelas, Nunca me abandones, pero expresando  esperanza. Por eso Klara tiene siempre algo infantil que más que una esperanza es una creencia en que en el mundo hay una cierta bondad que ella cree que viene del Sol, que es su fuente de alimentación.

El Nobel es el máximo galardón al que puede aspirar un escritor. Pero, al mismo tiempo que es un reconocimiento definitivo, es probable que pueda ser también una presión que genere el temor de que las obras posteriores a él no estén a la altura de las anteriores. En este sentido, Ishiguro aseguró que al ser premiado por la Academia Sueca, ya tenía una tercera parte de la novela escrita, el proyecto de la novela estaba consolidado, por lo que no sintió ese tipo de presión.

Durante la hora y 45 minutos, el autor contestó preguntas de diferente tipo explayándose bastante en cada una. “Al regresar de Estocolmo –contó- pensé que todos mis problemas de escritura se habrían resuelto y que el escritorio que dejé desordenado estaría en perfecto orden. Pero no fue así. Todo estaba como lo dejé y me enfrenté a los mismos problemas, por lo que seguí escribiendo la novela sobre Klara como si no hubiera recibido el premio o como si el Nobel me hubiera sido otorgado en otro planeta y, al volver a casa, podía continuar siendo yo en lo que respecta a la escritura. No sé qué pasará cuando intente un nuevo libro.”

Nacido en Nagasaki, Japón, en 1954,  Ishiguro viajó en 1960 a Inglaterra por un tema de trabajo de su padre. Según contó al recibir el Nobel, su familia nunca se instaló del todo allí, sino que vivió siempre pensado que en un año regresaría a Japón. Pero la estadía se fue prolongado y, mientras puertas afuera él se mimetizaba con las costumbres inglesas, puertas adentro de su casa vivía  en la cultura japonesa. Influido por el material de lectura que le enviaba la familia que había dejado en su país natal, año tras año fue construyendo un Japón propio que posiblemente nada tuviera que ver con el real. Ese país imaginario estaba hecho de recuerdos y del contacto con su familia.  Pensó que sería un escritor japonés, pero en un determinado momento cayó en la cuenta de que vivía en Inglaterra, de que su vida cotidiana transcurría allí y abandonó  la idea de seguir siendo un escritor japonés fuera de su país de origen.

Es autor de las novelas: Pálida luz en las colinas (Premio Winifred Holtby), Un artista del mundo flotante (Premio Whitbread), Los restos del día (Premio Booker), Los inconsolables (Premio Cheltenham), Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (Premio Novela Europea Casino de Santiago), El gigante enterrado y Klara y el Sol– y un libro de relatos, Nocturnos. Todas estas obras han sido publicadas en español por la editorial Anagrama.  Todas ellas plantean, de diferente forma, preguntas fundamentales sobre la condición humana.