¿Cómo se define un gestor cultural?, ¿cuál es su campo de acción?  ¿qué relación existe entre política y cultura? Los editores Nicolás Sticotti y Leandro Vovchuk, fundadores de RGC Ediciones, responden a estas y otras preguntas y cuentan cómo, poco a poco, fue creciendo un proyecto editorial enfocado exclusivamente hacia la gestión cultural, una práctica que en la Argentina, según afirman, tiene características y desafíos particulares.

-¿Cómo comenzó RGC Ediciones?   

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-Nicolás Sticotti: Empezó en 2003 con una revista en la carrera de Gestión Cultural de la Universidad de Tres de Febrero. Un grupo de estudiantes comenzó a hacer investigaciones que publicaban en esa revista e invitaban a los docentes a reflexionar sobre esa carrera que se había creado pocos años antes, en el 98. Esa revista generó varios números y luego se discontinuó. En 2009, algunos de quienes habían iniciado la revista junto conmigo, nos pusimos en marcha para rearmarla con el mismo criterio: conseguir contenidos que no circulaban en la carrera. Luego nos pareció que existía la posibilidad de desarrollar un proyecto editorial porque hay una carencia de contenidos para la carrera, tanto para los que estudiaban en ese momento como para quienes estudian ahora. En 2019 se cumplieron diez años del primer libro que editamos. Cuando se sumó Leandro al proyecto, le pusimos mucha energía y el año pasado sacamos 8 títulos.

Leandro Vovchuk: Yo me sumé en 2015. En ese momento el catálogo era de 6 libros y ahora tenemos un catálogo de 23. No quiero decir que es porque me sumé yo, sino porque, durante los últimos 4 años, los gestores culturales del sector público no tuvimos un ajetreo laboral tan intenso como antes y eso nos permitió dedicarnos a la edición. A otros la disminución del ajetreo les dio la oportunidad de reflexionar y volcarlas reflexiones en papel, cosa que es difícil cuando el día a día los apura.

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-¿Qué funciones tiene un gestor cultural y en qué ámbitos actúa?

LV: -Una definición no académica de un amigo es que el gestor cultural termina siendo un intermediario entre la realidad y los deseos del artista. En este sentido, el gestor cultural está en la raíz de arsmanagement, pero en Argentina la situación sociopolítica hace que el campo del gestor cultural sea mucho más amplio. Quizá su función debería terminar siendo el diseño de políticas culturales que nos permitan tener un mejor desempeño en ese campo.

-¿Pensás entonces que el espacio trabajo de un gestor cultural es siempre el campo público?

LV: – No necesariamente. Como editorial, por ejemplo, nosotros implementamos una política cultural aunque no somos una editorial pública: determinamos qué editamos, qué línea bajamos. En el ámbito privado también hay una línea de pensamiento, un norte.

NS: -Es difícil dar una sola definición de gestión cultural y acotarla a un solo campo de trabajo. Desde lo privado, en el caso del teatro, por ejemplo, el productor puede ser pensado como un gestor cultural. Al mismo tiempo, un trabajador de un espacio comunitario que desarrolla una murga también es un gestor cultural. Creo que podría definirlo como alguien que trabaja desde la cultura y hace que la mayor cantidad de gente pueda participar de ella. Resumiendo, podría decir que es alguien que trabaja en la democratización cultural en la medida en que lo que hace es promover el desarrollo de la cultura. En ese plano trabaja tanto con los creadores como con el público.

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-¿Los autores de la editorial son todos argentinos?

NS: -No, también hemos hecho traducciones de autores brasileños. Por ejemplo, tenemos un libro del exministro de Cultura de Lula, Juca Ferreira; de la filósofa brasileña MarilenaChauí; de Alexandre Santini, que fue director de Cultura Comunitaria en Brasil. Esa es una línea de trabajo que la editorial promueve porque creemos que hay políticas culturales que se han desarrollado durante el gobierno de Lula que tienen mucha potencia y creemos que nos beneficia generar un diálogo geopolítico con ese país. También tenemos un especialista español en gestión de artes escénicas desde lo público como Guillermo Heras, autores de México como Marisa de León y Silvia Peláez. Si bien la gestión cultural se ha desarrollado mucho en los últimos años, hasta hace un tiempo tenía muchos más hacedores que intelectuales y nos costaba encontrar gente que sistematizara las experiencias. Pero en los últimos años se han desarrollado muchas instancias académicas y de educación formal: terciarios, licenciaturas, diplomaturas, maestrías, posgrados, tanto en Argentina como en el resto de América Latina. Ese trabajo se están comenzando a desarrollar insumos de investigación académica. Este año, por ejemplo, publicamos dos tesis de Administración Cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Creo que cada vez va a haber más material que hacer circular.

-¿Qué diferencia existe entre un gestor cultural de un país emergente y uno de un país central?

LV: -La diferencia está en el contexto social que hace que deba ocuparse, sobre todo, de políticas socioculturales. En Latinoamérica el trabajo del gestor cultural tiene una dimensión social que no tiene en Europa o que, en todo caso, no se expresa en su bibliografía de la manera en que es necesario expresarla aquí.

NS: -Creo que la cultura tiene la posibilidad de generar insumos para construir identidades. El plan de Puntos de Cultura, que se aplicó desde el Ministerio de Cultura Gilberto Gil en Brasil logró una gran conquista que fue darle visibilidad por parte del Estado, darle un financiamiento, pero, por sobre todo, mostrar que había un valor en esas culturas comunitarias que era preciso potenciar. A mí me gusta mucho uno de los títulos que sacamos que es Valorizar lo propio precisamente por eso, porque da cuenta de la posibilidad de potenciar la cultura de cada sector. Hay gente que denosta algunas expresiones de los barrios como la cumbia, porque argumenta que no tiene un gran valor cultural. Sin embargo, es a partir de esa música que la gente se puede narrar a sí misma, se puede contar. Por eso ahí hay una herramienta de la cultura que permite construir identidad. Parte de nuestro objetivo como editores es poder proveer herramientas para entender la dinámica de la cultura como un paso para el desarrollo.

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-¿Qué tipo de desarrollo?

-No un desarrollo meramente económico, sino un desarrollo social que vaya en contra de la lógica del neoliberalismo, que aporte a la diversidad cultural.

-¿Cómo caracterizarían a un gestor cultural del macrismo?

LV:- Yo trabajo en el Ministerio de Cultura, de modo que lo viví desde adentro. Creo que se podría caracterizar como un vaciador. Lo que se ha visto desde el interior fue un vaciamiento. Pero también es cierto que en la Argentina, ya sea durante el macrismo o durante el kirchnerismo, las principales políticas culturales no pasan por las dependencias culturales.

-¿Y por dónde pasan?

LV: -En el kirchnerismo la Ley de Medios fue una política cultural que no pasó por lo que en ese momento era la Secretaría de Cultura. Lo mismo pasa con la importación de libros y otras políticas culturales que no pasan por el Ministerio de Cultura de la Nación. Si el macrismo no fue peor dentro de ese ministerio fue por la acción de los trabajadores públicos a los que tanto denostan. Por ejemplo, si el Mercado de Industrias Culturales (MICA), pese a no ser lo mismo se sostuvo durante el macrismofue porque dentro del Ministerio había gente experimentada que sabía lo que tenía que hacer, por lo que había ciertas cosas que ya funcionaban solas. Salvo en INAMU que sostuvo ciertas cosas o el Fondo Nacional de las Artes, en líneas generales fue todo para atrás en lo que se refiere a la cultura pública.

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-¿La legitimación de qué es un valor cultural es siempre política?

NS:-Sí, efectivamente, establecer qué es la cultura ha sido una disputa política a lo largo de los años. A partir de debates que se dieron en el seno de la UNESCO y que luego han tomado cuerpo a nivel nacional en nuestro país y en otros, se ha logrado entender que la cultura va mucho más allá de las bellas artes, que aporta a los modos de ver el mundo, de pensarlo, de expresarlo, a la construcción de identidades y de las sociedades y comunidades donde habitan las culturas. Sin embargo, aun hoy hay cierta percepción de que hay que “acercar” la cultura elitista a los sectores vulnerables. Por el contrario, creo que en lo que hay que trabajar es en la lectura, en que conozcan otras alternativas y que las puedan racionalizar dese su propia perspectiva, en que puedan desarrollar su propia identidad. Es imposible generar una imposición cultural. No se puede colonizar, no se puede llevar ballet a los barrios pobres y pedirle a la gente que se ponga un tutú para bailar, por ejemplo. Lo que sí se puede es mezclar eso y transformar el ballet con el baile de cumbia, con el folklore en una mistura que permita que esos barrios puedan desarrollar sus identidades y entender por qué el ballet tiene un lugar importante en la cultura universal. Hay que democratizar no sólo el acceso a la cultura, sino también la capacidad de crearla. En este sentido la cultura es, sin duda, una herramienta política. Y la gestión cultural es una herramienta de la política.

-Ustedes tienen una colección que se llama Tramas Urbanas. ¿A qué apunta?

NS:-A mapear cualitativamente qué está pasando en el seno de los sectores de la cultura en distintas ciudades en términos de cómo estos disputan con las autoridades municipales y provinciales en términos de reconocimiento, de financiamiento, de lógicas de producción. En los últimos 15 o 20 años ha habido un desarrollo gigantesco del sector de la cultura porque el desarrollo de herramientas tecnológicas, las formas de debate y otros factores hicieron que surjan muchos más creadores. En este plano, el Estado no siempre ha estado a la altura, es decir que no siempre a estas tramas urbanas les dio un espacio de desarrollo. En Córdoba, por ejemplo, en base a los productores del sector audiovisual se constituyó una legislación propia que potencia el espacio audiovisual de la ciudad y la provincia de Córdoba. Creo que esa colección tiene mucho valor porque lo que hace es contar qué es lo que está pasando entre la cultura y el Estado.