En 2014, una nota del diario La Nación daba cuenta del estado de abandono de la casa donde había nacido y vivido María Elena Walsh hasta los 14 años. Comprada por Enrique Walsh en 1923 resistía como podía los embates del tiempo que había ennegrecido las paredes e instalado en el patio y en cada uno de sus ambientes, la ruinosa melancolía de las casas deshabitadas. Allí, sin embargo, en esa casa en la calle 3 de Febrero, en el barrio de Villa Sarmiento de la localidad de Morón, el 1 de febrero de 1930, había nacido una de las máximas figuras de la cultura nacional.

Si es cierto, como dicen, que no se es de ningún país sino del país de la infancia, allí, en esa casona abandonada, se gestaron todos los poemas, canciones y prosas que germinarían mucho más tarde, tanto las que aluden explícitamente a ella, como las que no la mencionan de manera directa, pero tienen su raíz allí.

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El patio estaba cubierto de “una flor y otra flor celeste” del jacarandá y ninguna placa, aunque fuera mínima, informaba que allí había nacido nada menos que María Elena Walsh.

Hace unos días, como se hizo público, la justicia, no la poética, sino la ejercida por el Estado, a veces menos lírica, pero más eficiente, decidió poner la casa en valor y ofrecer la posibilidad de que las varias generaciones que escucharon las canciones y leyeron los textos de la escritora puedan visitarla.

Así, a través de una gestión conjunta entre el Ministerio de Cultura de la Nación, el Ministerio de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica de la Provincia de Buenos Aires y el Municipio de Morón, la casa se convirtió en patrimonio nacional. Curiosamente, aunque tenía dueños, ya que había sido comprada a la familia Walsh, la vivienda estaba deshabitada desde hacía muchos años.

Con fondos que fueron girados por Ministerio de Cultura de la Nación, se firmó la escritura a nombre del Municipio de Morón, previo acuerdo firmado por el ministro de Cultura Tristán Bauer y el intendente Lucas Ghi.

También la Fundación María Elena Walsh se sumó al proyecto

En esa casa hoy recuperada, había gallinero, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera. Quien más tarde sería la gran escritora María Walsh, compartió en ella su infancia con  su padre, Enrique Walsh, de ascendencia inglesa e irlandesa, con su madre, Lucía Monsalvo, de ascendencia criolla y andaluza, cuatro medio hermanos mayores, hijos del primer matrimonio de su padre, y una hermana, cinco años mayor que María Elena.

“Su padre y su hermana encarnaban la perfección, hablaban en inglés, tocaban el piano, le dice Gabriela Massuh a Tiempo Argentino en una entrevista realizada en 2017 cuando publicó su libro de entrevistas a María Elena Walsh, Nací para ser breve.  María Elena hablaba en inglés con mucho acento castellano a propósito, aunque sabía hacerlo perfectamente bien. Hablaba de esa forma con su padre porque ella sentía que había un menosprecio hacia la madre. Su madre no participaba de esas charlas ni de la música. María Elena se limitaba a hacer zapateo americano, a cantar pero igual creo que estaba muy estimulada por ese clima de la casa, donde se escuchaba mucha radio y se iba al Colón.” Quizá el desprecio que percibía por su madre, fue el germen de su rebeldía feminista y de una hermosa canción que se llama Requiem de madre: “Aquí yace esta pobre mujer / que se murió de cansada / en su vida no pudo tener / jamás las manos cruzadas. “

En esa casona dio rienda suelta a su vocación lectora y comenzó su formación literaria. Así lo atestiguó ella misma en una nota publicada en el número 19 de la revista Imaginaria, realizada por Alicia Origgi“Usted siempre menciona en su casa de infancia había una gran disponibilidad de libros. ¿Cuáles recuerda especialmente? ¿Leía historietas?”, pregunta la entrevistadora, a lo que María Elena contesta: “Recuerdo colecciones de cuentos infantiles; había una llamada Araluce de libritos encuadernados donde estaban El barón de Munchhausen y cuentos clásicos contados para chicos. Leía los cuentos españoles de editorial Calleja. Desde muy temprano me fascinaron los cuentos de Las mil y una noches. En mi casa paterna leí a Dickens en castellano y a Julio Verne. He leído historietas de una revista llamada Pif-Paf y en Billiken; también las historietas del suplemento infantil en color del diario Crítica. Además recibía oralmente de mis padres mucho cuento en verso. La cultura familiar, en mi casa, era de mucha lectura pero no de tipo académico. No había universitarios en la familia, pero sí se tenía afición por la buena lectura.”

Buscando información histórica es probable que, ahora que la casa es de todos, llegue a saberse en cuál de las hoy desangeladas habitaciones estaba aquella biblioteca que introdujo a la escritora en la literatura y encendió su imaginación desbordante. También, cuál era el lugar donde su padre cantaba canciones tradicionales inglesas con su hermana, una ceremonia de la que parecían un tanto excluidas María Elena y su madre, aunque más tarde los juegos de palabras que proponían se vieran reflejados en su propia literatura. 

En ocasiones, la escritora incluyó su lugar natal de manera explícita en sus canciones, como, Fideos finos: “Voy a contarles lo que había /entonces en Ramos Mejía / Había olor a tía, veredas de ladrillo con pastito/ y, tras la celosía, un viejo organillero con monito. / Y había por los caminos/muchísimos fideos finos/  Había un cielo entero  / por donde navegaban las hamacas / y leche que el lechero / traía, no en botella sino en vaca. / Había lluvia en tinas / y patios con ranitas adivinas / y una gallina clueca /mirándonos con ojos de muñeca / Había lluvia en tinas / y patios con ranitas adivinas / y una gallina clueca /mirándonos con ojos de muñeca / Había a cada rato /un gato navegando en un zapato, y había en la cocina / una mamá jugando con harina.”

Es posible que Ramos Mejía guardara para la escritora muchas otras cosas que no salieron a la luz en sus creaciones. Y, como lo demuestra su novela Novios de antaño, es posible también que la casa y la localidad  no siempre fueran el paraíso perdido que hoy creemos recobrado

Verdad o ficción, dice la autora en su novela Novios de antaño:

“Nací con bronca, fula contra el mundo, porque ese verano se inundó la casa, mi cuna andaba a los tumbos por la corriente zaina topeteando el empapelado mientras madre timoneaba desde la cama y flotaban palanganas y vapores estivales azuzados como humo de caldera y el agua subía arrastrando rastrojo y todo era calamidad por culpa del arroyo Maldonado. Lágrimas, inundaciones, lluvias, arrabal prehistórico enredado en los mosquiteros, disputas conyugales que subían como el torrente mientras la sirvienta encendía velas a una santa apaciguadora. –O nos mudamos o levantamos la casa –habrá dicho mi madre. –Ya van a entubar el arroyo –contestaría mi padre. –El año verde. Vos tan tranquilo y el agua por el colchón. Entonces mi padre Atlante, ayudado por los peones del Ferrocarril con sus palancas de alzar durmientes, “levantó” la casa en bloque y la puso a salvo de naufragios: clausuró sótanos, subió pisos, agregó escalones, cerró la galería, cambió zócalos y el domingo descansó. Después de la obra colosal, cuando el Maldonado se salía de madre inundando la calle ancha como la desgracia, el agua se detenía ante los escaloncitos de la puerta cancel, lamiendo apenas el mármol sin atreverse a entrar. (…) Maldito Maldonado, con su puentecito de fierro negro, aguas quietas y oscuras como bleque, con una arruga por toda corriente, que se perdía al fondo de las casas, bordeado de un cañaveral podrido. Lo llamábamos el zanjón.”

Cuando la casa de Ramos Mejía sea puesta en condiciones y pueda ser visitada, seguramente se percibirán allí ecos de todas estas historias y de muchas otras  desconocidas. Fue la casona donde María Elena pasó su infancia, la que nunca olvidó, aquella donde se gestó el esbozo de la mujer creadora que llegó a ser.