La editora Beatriz de Moura, fundadora en la Barcelona de 1969 junto a su marido de la editorial Tusquets, sello emblemático que dirigió durante 45 años hasta que lo vendiera al grupo Planeta, sostiene que, en lo relativo al mercado editorial, “el problema es que los españoles todavía vienen a América con aires de conquistador”. “Los editores sabemos que el mercado latinoamericano es interesante, pero la cuestión es que los españoles vienen a América, todavía, con aires de conquistador”, dijo a Télam De Moura, autora de “Por el gusto de leer. Editora por vocación”, quien a sus 78 años (y a tres de haber dejado Tusquets) visitó el país para dar una serie de charlas en torno al oficio de editor.

 ”Desde España hay una ignorancia enorme de lo que es América. Con cuatro palabras de inglés los españoles prefieren ir a China en lugar de saber qué pasa en un continente hermano lleno de historia”, dijo quien publicó en Europa a autores como Octavio Paz, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Jorge Luis Borges. 

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Hija de un diplomático -nació en Quito, Ecuador-, se crió en Río de Janeiro, estudió traducción en Ginebra y fue en 1968, después de trabajar en varias editoriales, cuando decidió organizar un nuevo sello junto a su primer marido, el arquitecto, pintor y diseñador Óscar Tusquets. Un año después, Tusquets Editores comenzaba a funcionar sobres dos colecciones: “Cuadernos ínfimos” y “Cuadernos marginales”. 

La primera publicación fue “Residua”, del escritor irlandés Samuel Beckett. Ella misma tradujo del francés “Los pensamientos traicionados”, “La lentitud”, “La identidad” y “La ignorancia”, de Milan Kundera. La llamada “dama de la edición” manejó un catálogo de 2.300 títulos que se mantuvo en la publicación de entre 60 y 90 novedades al año, de autores que iban de Thomas Piynchon, Henry Miller y Dalí a Albert Camus, Italo Calvino, Woody Allen y Haruki Murakami. 

Desde su alejamiento de la editorial es presidenta de honor del sello y dirige la catalogación del material generado durante cuatro décadas. ¿Qué alcances tendrá ese trabajo? 

-Cuando acordé el pase a Planeta, en 2012 , noté que tenía el archivo editorial completo en papel: los manuscritos de autores, la correspondencia mantenida con ellos y la elaboración de cada libro, muchas veces escritos a máquina y corregidos a mano, con sus cambios y avances. Un material revelador del trabajo de un escritor y a la vez enternecedor, porque es como ver parir una obra. Así que comencé a ordenar todo y lo sigo haciendo desde hace más de dos años. Son unas 300 cajas con fotografías y promociones de autores como Duras, Kundera o John Irving. Toda una historia visual y escrita que donaré a la Biblioteca Nacional de Madrid antes de junio, para que cualquier investigador pueda estudiar esos documentos. 

– ¿Qué se gana y qué se pierde cuando se pasa a formar parte de un grupo tan vasto como Planeta? 

– Se gana la continuidad a 45 años de trabajo, manteniendo los criterios de selección y edición porque se conservó el mismo equipo de trabajo. Cuando tienes el catálogo con obra completa de varios autores no puedes mirar para otro lado, eres responsable de que continúe en el mercado sin una ruptura demasiado fuerte, y Planeta nos permitió eso: en plena crisis, con casas en España, México y Colombia, y un poder logístico que nos superaba. Fue el momento de tomar decisiones drásticas, porque mi edad era la que era y la situación económica de España también.

 -Al momento del traspaso usted hablaba de una crisis editorial que superaba lo económico y afectaba la forma de acercarse a la lectura y de vincularse con los libros a partir de las nuevas tecnologías. 

– Internet es un mundo totalmente nuevo surgido en muy pocos años que hace que una, venida de mediados del siglo XX, viva el mundo de otra manera: otra forma de mirar, de instruirse, de pensar… no sé si de razonar porque cada cual razona a su manera, pero sí sé que las tecnologías no han mejorado la fase de adquisición de conocimiento, y que esa progresión desigual, que no ha sabido encontrar su desarrollo conjunto, es donde está el interrogante que no puedo responder. En un contexto hipertecnologizado, de pantallas y lecturas múltiples y simultáneas, por mucho que haya libros electrónicos no sirve, porque se lee a medias. Yo vengo de un tiempo en que la gente a la que le interesaba el mundo cultural razonaba lentamente. Hoy en día eso se hace a salto de mata y ya no se encuentran referencias, eso que era una especie de ayuda para a vivir la vida. Y si se mira rapidito todo, vamos tropezando todo el rato. Una cosa deliciosa que se ha perdido para siempre es la conversación lenta: horas y horas entre amigos, siguiendo su deriva. Hoy lo nuevo aburre demasiado rápido, pero hay que tragarlo y digerirlo con tiempo. Eso no le hace bien a las editoriales ni a nadie. 

¿Una editorial literaria puede mantenerse de forma autónoma en el mercado actual? 

-Claro que sí, pero creo que tiene que ser un poco dócil. Hoy sin los medios económicos correctos montar una editorial es imposible, una idea únicamente romántica o idílica, como tirarse a una piscina sin agua. Y, por otro lado, tiene que saber a qué lector se dirige y por qué, un lector que no es el mismo que hace cinco años. 

¿Qué sentido tiene para usted la lectura? 

– Me temo mucho que los valores que atribuyo al libro y a la lectura hoy en día no tienen ninguna repercusión en el mercado, se trata de la formación intelectual y de la reflexión acerca de cada cosa. La lectura ayudaba mucho en la vinculación entre las personas, porque era materia intercambiable de información, formación y placer. Hoy, con las urgencias que corren, ya creo que no