Una mirada pícara de ojos claros que parecían brillar, con una gestualidad entre adusta y ridícula según le convenga, que daba en cada palabra leída un propósito a cada oración. Dueño de una calva y una barba no distinta a millones, pero que le daban ese aire de seriedad que necesitaba para maridar con el tono de sus intervenciones absurdas en la infinidad de veces que desató una marea de carcajadas. Marcos Munstock tenía su estilo para jugar con la ambigüedad del idioma y su rol en Les Luthiers era clave para destacar a los demás, era necesario para ser una especie de armador y conductor de los espectáculos del grupo.

Era también, en la intimidad, el que propiciaba cosas que no se veían, pero los unía para lograr una carrera de más de 50 años juntos: en los intervalos o en los descansos de las jornadas de doble función armaba todo para que se jueguen efervescentes manos de truco, y en los contratos peleaba por la cláusula que debía garantizar las barajas entre sus requerimientos básicos.

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Era actor, guionista, locutor, músico. Pero su dominio era la palabra: fue un hábil explorador del lenguaje. Con el humor como fin dedicó su vida a encontrar sin tapujos las debilidades y fortalezas del idioma español.  Era ingenioso. Un incansable labrador de palabras, un purista. Erudito, pero con la espontaneidad del que conoce los terrenos de la comedia, para aplicar la formalidad o la ridiculez cuando sea necesario.

Su última aparición pública fue el año pasado, en el Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en nuestro país, en Córdoba para ser exactos (como a él le gustaría). Fue en un video, proyectado frente a un teatro repleto, como tantos a los que había enfrentado y vencido con si tono fluido y juguetón, desarmando en risas a todo aquel que estuviese dispuesto a no emitir gesto alguno ante sus intervenciones.  En aquel discurso filmado hizo una serie de peticiones a la Real Academia Española. Es una muestra de lo que era capaz de hacer solo leyendo de su carpeta roja, que lo acompañó siempre. Con su monólogo, ironizaba Mundstock sobre la manera en que la Real Academia Española termina incorporando la transformación de la lengua.

Hizo cine: participó de la película Mi primera boda (2011) con el papel del Padre Patricio. También locutó la voz del ermitaño en Metegol y actuó en El cuento de las comadrejas, un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico dirigida por Juan José Campanella. También algunas apariciones en televisión, pero solo para no aburrirse. Con sus compañeros de andanzas era donde desplegaba todo su potencial.

En sus comienzos Mundstock trabajó en publicidad, en radio y televisión, hasta que los alcanzó el éxito y los Les Luthiers fue si hábitat principal. Junto a Gerardo Masana es el creador de Johann Sebastian Mastropiero, imaginario compositor cuya obra sostuvo muchas de las piezas musicales de Les Luthiers. Aquellos imperecederos relatos acerca de las peripecias del maestro Mastropiero, mostraban aristas hilarantes del universo de la música clásica. Alguna vez contó “Era un numero que yo tenía escrito antes que existiese el grupo. Cuando nos llamaron por primera vez en el año 1966 armamos un homenaje a ese compositor, para tener algo y combinarlo con algo que tenía el flaco Masana. Era Fredy Mastropiero al principio, pero luego devino en Johann Sebastian por sugerencia de mis compañeros. Así comenzamos, armando de la nada sin proponernos nada. Con trabajo aceitamos la maquina” decía el santafesino que provenía de una familia de inmigrantes judíos que había llegado de una ciudad de la actual Ucrania, Rava-Ruska, una ciudad de la región de Galitzia, que alguna vez fue Polonia.

Nació un 25 de mayo, el de 1942. Su padre era relojero, le gustaba la música, y contar chistes con sus tíos. Ahí empezó a cultivar esa manera de ser: a los cuatro años, en un comentario inocente, despertó sus primeras risas. Vio pasar un camión de cueros y le dijo su madre “Mirá mamá llevan cueros para hacer vacas”.  Al ver la reacción se dio cuenta que era importante que se decía y como. “Aprendí de joven a ser medido con las palabras, a ser eficaz en lo que quería decir, y en Les Luthiers me encontré con tipos que le gustaba también esa manera.”

Le hubiese gustado estudiar música, pero le faltó constancia. Lo intentó con su primer sueldo en la radio, porque le adeudaban seis meses y se lo pagaron todo junto. Pero a los 22 años lo gastó en otras cosas, y la verdad que a pesar de no haber seguido esa carrera la musicalidad la aprendió en la ruta. “Mis compañeros son tan talentosos que me desalentaba la idea de intentarlo, pero pude desarrollar la capacidad de hablar bien de ellos y seguir pareciendo modestos” contó alguna vez. Estudió algo de canto y aprendió trompeta en la colimba. Eso era todo. Pero su destino estaba marcado entre el humor y la música.

Se conocieron en un coro de la facultad de ingeniería y desarrollaron las parodias de música clásica como principal herramienta. “Se nos fueron dando solas las cosas. Cada vez fuimos haciendo teatros más grandes, y yendo a más lugares. Nuestro secreto fue tratar de mejorar lo que hacemos en cada función”

Gerardo Masana murió en 1973, a los 36 años, y Daniel Rabinovich en 2015, a los 71. Por lo que Mundstock es el tercer integrante de la formación original de Les Luthiers que muere.  Pero como los anteriores, su legado de las risas y el ingenio sobrevivirán.