Mientras prepara sus valijas y ultima los detalles de su discurso, para viajar a Moscú al día siguiente, ayer por la noche Mempo Giardinelli se hizo un ratito para dialogar con Tiempo Argentino sobre el Congreso que reúne a editores, escritores, ilustradores y toda la gente de la cultura relacionada con el libro para los niños, niñas y jóvenes.

“El IBBY  es una organización que tiene ya muchos años –dice- y cuya delegación en Argentina es la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil (ALIJA). Tengo entendido que hay delegaciones de IBBY en 85 países. Tiene dos grandes acontecimientos que son el Premio Hans Christian Andersen, que en Argentina ganó María Teresa Andruetto, y el  Premio IBBY-ASAHI de Promoción de la Lectura que es también muy importante. Nuestra Fundación (se refiere a la Fundación Mempo Giardinelli) recibió el ASAHI en 2012 en el Congreso de Londres. El Congreso Internacional de IBBY se hace cada dos años. El que se hace este año corresponde al año pasado porque su fecha se corrió por la pandemia y se hace a la vez en modalidad virtual  y presencial.”

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Yo no soy miembro del IBBY ni de ALIJA, de modo que esto me tomó absolutamente por sorpresa, no lo esperaba –confiesa-. Luego me enteré de que me propuso la gente de ALIJA y supongo que otras asociaciones del mundo que me conocen y conocen mi obra habrán estado de acuerdo. La verdad es que no sé bien de qué modo se decide. Pero me siento muy honrado. Además, el Congreso se va a realizar en el Museo Pushkin, un autor que he leído de niño. Es como si me dijeran que voy a la casa de Edgar Allan Poe. Estuve en Irlanda hace unos años y recuerdo la emoción que me produjo entrar a la casa de James Joyce. Estoy seguro de que eso me va impactar. Estoy ansioso y también un poco nervioso, terminando las maletas y el discurso.

-Además de ser  un autor para adultos también es un autor infantil.

-Sí, así es.

-Es decir que el hecho de que haya sido designado para abrir el Congreso del Ibby es un doble reconocimiento: a su trabajo de autor y de promotor de la lectura, una tarea que lleva a cabo desde hace muchos años.

-Parecería que sí. Es lo que mucha gente me dice y me honra, pero es un poco embarazoso hablar de mí mismo. ¿Qué puedo decir yo de eso?

-¿Puede adelantar cuál será el eje de su discurso de apertura?

-Estoy terminando de escribirlo. El eje será la naturalización de una literatura que hoy tiene un alcance mundial excepcional en términos de lectores, de revistas. Me atrevería a decir que hoy la literatura infantil y juvenil es la más leída en el mundo porque tiene un tipo de lectores particular: por un lado, los niños y niñas. Por otro, todos los papás y, por otro, los docentes. De modo que es de una vastedad extraordinaria. No creo que ninguna otra literatura tenga ese alcance. Uno no quiere establecer ideas competitivas, pero la literatura infantil tiene una riqueza y una variedad realmente fabulosas. Para los autores, por su parte, y esto lo veo en mis colegas, es  un desafío encantador, fascinante cuando se escribe con la seriedad que todo lector merece, tenga la edad que tenga. Por otro lado, creo que también hablaré de la paz. Creo que la paz es uno de los grandes mensajes que debería dar la literatura. Yo no creo en la literatura con mensaje, pero considero que si alguna propuesta debería dar la literatura para niños es esa, es la paz, la democracia, la solidaridad.

-¿Entonces no cree que la literatura infantil, pese a la gran difusión que tiene, esté un tanto subestimada respecto de la literatura para adultos?

-No, no lo creo. Al contrario. Creo que la literatura infantil tiene una tradición gigantesca. Pensemos en Alicia en el país de las maravillas y pensemos en María Elena Walsh en la Argentina y en otra gran cantidad de autores y autoras. La literatura infantil y juvenil tiene en todo el mundo una persistencia y una continuidad extraordinarias. Hay autores como Margaret Mahi o Roald Dahl, que quizá aquí no se conocen tanto aquí, pero que son importantísimos y que han marcado una línea no teórica, sino de producción de textos. La literatura para el lector infantil nunca envejece. ¿Quién puede decir que envejeció La cenicienta? ¿Quién puede decir que envejeció Caperucita Roja o Rapunzel? Siguen vivas. Luego hay otro tipo de obras que quizá no fueron escritas pensando en los chicos y jóvenes, pero tienen que ver con ellas. Seguramente Melville no escribió Moby Dick pensando en ellos, pero es un libro maravilloso para jóvenes.

-¿Cómo se le transmite a  un chico o chica el amor por la lectura? Daniel Pennac dice que el verbo leer, del mismo modo que el verbo amar, no admite el imperativo. ¿Acuerda con eso?

-Diría que es verdad lo que dice Pennac y también diría que a quienes trabajamos en literatura infantil no se nos ocurriría algo imperativo o autoritario. No sé qué piensan los colegas, pero yo pienso en algo que pueda divertir, atraer, fascinar  y conmover al niño que yo fui y que hoy veo en otros niños que pueden ser mis hijos o mis nietos. Escribo con la misma naturalidad y la misma soltura con que trato de escribir una novela para adultos. No tengo mucha producción porque escribir textos para niños no es nada fácil, por el contrario, es algo muy difícil. Para escribir un libro para chicos de unas 20 o 30 páginas uno puede tardar lo mismo que para una gran novela ambiciosa, porque las reglas son otras, la temperatura del texto es otra, los orígenes de cada texto son diversos y uno está pensando en cierto destinatario. Son los destinatarios los que deciden. Es algo muy complejo. Para mí es casi imposible explicar todo esto y créame que tampoco me interesa tener una explicación. Me resulta grato cuando sucede, me frustro cuando no sucede y eso es todo. No tengo idea de cómo nace un libro para chicos porque no tengo fórmula. A veces puedo estar manejando en una ruta y se me ocurre una idea, paro y la anoto. Luego veo si ese texto vale la pena o es un texto de morondanga. Pero eso me pasa también cuando escribo textos para adultos.

-Con mucha frecuencia se dice que hoy los chicos no leen. ¿Cree que eso es cierto?

-No, eso es un disparate. Se dice que antes se leía más y no es así. La buena literatura siempre se lee y la literatura que interesa siempre va a tener lectores. A la luz de las ventas internacionales y de las ventas en Argentina de libros para niños y para jóvenes, no están tan mal las cosas. De hecho, de  la Feria del Libro de Buenos Aires se separó la Feria Infantil y Juvenil y lo mismo pasa en otras ferias. Eso sucede porque hay mercado, porque hay interés y porque también ha habido en la Argentina –y esto hay que decirlo- buenas políticas de lectura, políticas orientadoras, estimulantes. Esto comenzó fundamentalmente con el gobierno de Néstor Kirchner, en 2003 y 2004  y ha continuado, salvo en el período espantoso del innombrable, que arruinó todo y no solo la lectura. Yo tengo contacto con muchas ferias, con planes de lectura de otros países y las experiencias son parecidas. Hoy hay una mayor capacitación de los mediadores de lectura y los mediadores, los docentes, los maestros, son muy importantes. Hoy tienen otra conciencia distinta que los docentes que yo tuve en la escuela primaria y secundaria. Ellos están muchos pasos adelante, por lo que creo que podemos ser muy optimistas. La literatura para niños y jóvenes está en el lugar que puede ocupar en un mundo complejo. Por supuesto que en países con mayor  alfabetización hay mayor interés y en otros hay menos.

-¿Cómo fue su infancia como lector?

-Muy afortunada. Me crié en una casa muy humilde, pero muy lectora. Mi hermana me llevaba doce años, de modo que junto con mi padre y mi madre eran un ejemplo para mí. Me leían cuentos desde que estaba en la cuna. Quizá fue un privilegio que tuve. Cuando me preguntan qué hago para que mi nene lea, yo les digo “léale usted, porque si usted le lee, va a salir lector”. Es tan fácil que hasta me da pudor decirlo.

Es decir que el  amor por la lectura solo se inculca con la acción, no desde el discurso.

-Hace muchos años escribí un libro que se llama Volver a leer. Allí lo que digo es que los chicos hacen lo  que hacen los padres. Si el padre le pega a la madre, muy probablemente el chico va ser golpeador. Si es sereno y lector, el chico será lector. Es una verdad de Perogrullo, pero la vida es eso, aprender lo que van haciendo los mayores. Luego cada uno toma un rumbo o cierta peculiaridad, pero la base está en la infancia.

-Juan Villoro dice que la literatura no se enseña, se contagia. Usted dedica su vida a “contagiar” literatura.

-Supongo que sí y también me han contagiado a mí en el buen sentido. Siempre digo que lo que hacemos desde nuestra fundación es sembrar la semilla del deseo de leer. Esa semilla no se siembra fácilmente, es compleja y requiere trabajo. No es una semilla de soja transgénica.