La última dictadura cívico-militar que arrasó la Argentina, como no podía ser de otro modo, dejó huellas sociales e individuales. El verbo «recordar», que sería el indicado para hablar de estos estigmas, sin embargo, suele no tener en su uso corriente el sentido pleno de su etimología: recordar es «volver a pasar por el corazón». Rememoramos hechos e incluso sentimientos, pero la intensidad de estos últimos, quizá como una forma de defensa, parece haber perdido intensidad dejando solo una aureola desvaída como marca de su existencia. En su última novela, Esto nunca existió (Edhasa), Mempo Giardinelli logra traer al presente el sentimiento del miedo atroz de la perpetua amenaza de la desaparición, la tortura y la muerte.

Su personaje, el joven periodista, escritor y delegado sindical Francisco Amaro Villafuerte, «Pancho», se sabe marcado por el dedo acusador y omnipotente de la dictadura y durante doce días del mes de junio de 1976 vive el angustioso calvario de esperar una salida que, paradójicamente, solo le puede dar un imprevisible personaje encumbrado en el poder. No puede confiar plenamente en él, pero no tiene otra escapatoria si quiere abordar un avión y salir del infierno dictatorial. Su angustia, que adquiere por  momentos un espesor insoportable, es la marca de una época cuya efervescencia cultural fue brutalmente neutralizada por la dictadura.

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Los elementos autobiográficos reconocibles en la novela no hacen que deje ser  una ficción. ¿Existe acaso alguna ficción que no sea autobiográfica, de modo implícito o explícito? El autor de esta novela da testimonio de una época y logra recuperar en toda su intensidad la etimología del verbo recordar. En Esto nunca existió el miedo vuelve a pasar por el corazón.

Usted escribió Esto nunca existió en el encierro de la pandemia. En una frase de esa novela puede leerse que estar marcado por la  dictadura es como ser “una peste trashumante”. Nadie se le acerca por miedo. ¿Establece alguna relación entre una cosa y la otra?

-Esa es una buena pregunta. La verdad es que yo solo puedo contar lo que me pasó. Ésta es una novela que tenía esbozada desde hacía mucho tiempo. La historia estaba en mi corazón y en mi mente desde hacía años, le diría que desde el exilio. Me acompañó desde entonces y nunca supe si iba a escribirla. No era algo que me urgiera, pero siempre estaba en mi imaginario. Como usted bien lo percibe, comenzó a resurgir con la pandemia. En 2020 me tuve que recluir como todo el mundo, perdí algunos amigos, lo que fue muy doloroso. Empecé a pensar que me tenía que recuperar como escritor. Los últimos años me dediqué mucho a la docencia, a la Fundación que presido aquí, en Chaco. Tenía un poquitito marginada la literatura. No había disminuido la lectura, pero evidentemente había algo desde la producción, desde la creación, que estaba un poquito congelado.

-Hacía unos siete u ocho años que no publicaba.

-Sí, la última novela había sido La última felicidad de Bruno Fólner en 2015. Con la pandemia empecé a revolver papeles, a buscar archivos y ahí se empezó a perfilar Esto nunca existió. Creo que son los textos los que determinan cuándo quieren ser escritos. En eso no es uno el que decide. Empiezan a pedir cancha, a pedir presencia. Y así empecé a escribirla. La fui trabajando de forma muy lenta porque, al mismo tiempo, venía y continúo con otras dos novelas que también seguí escribiendo en tiempos de pandemia. De modo que fue un poco seguir la corriente. No tengo control sobre todo, dejo que los textos surjan. Si ellos quieren salir, van a salir.

No creo que el personaje de su novela, Francisco Amaro Villafuerte, sea su alter ego. Pero sí es cierto que en la novela hay hechos y personajes reconocibles. Usted jugó un poco ambiguamente con eso. ¿De qué modo pensó este juego?

-Así como usted lo dice, ambiguamente. No me parecía que tuviera que hacer una novela autobiográfica. De hacerlo, no hubiera sido exactamente la que escribí. Tampoco quería escribir una novela en la que solo mandara la imaginación. Me fui dejando llevar por un texto que tenía que determinar sus propias características, como suele suceder. A veces uno se propone un texto, una historia, un modo, sin embargo después la escritura va marcando sus propias reglas. Podría decirle entonces que me dejé llevar a partir sí de algunos acontecimientos que viví y que tienen que ver con mi vida y con mi generación. Fue una escritura muy libre porque no era un texto sometido a un plan, muchas cosas las fui resolviendo sobre la marcha, otras tardé mucho tiempo en resolverlas y otras no sé si las resolví bien. Soy un escritor de tiempo completo, por eso a veces estoy trabajando una novela y se me ocurre un cuento o me pongo a leer dos o tres libros de corrido y después estoy cinco días sin leer. No tengo una práctica rigurosa, organizada, no soy tan obsesivo como para eso. Quizá sería bueno serlo, pero no es mi caso.

¿Escribe para saber qué quiere escribir? 

-Absolutamente. En Santo oficio de la memoria el personaje, Pedro, dice que uno escribe para saber por qué escribe. Es parte del camino y está bien que sea así. Respeto a los colegas que son más organizados, pero cada uno va haciendo las cosas como puede. En Esto nunca existió para mí era muy importante la resolución de cómo se vive el miedo desde el miedo mismo. Eso es algo que, obviamente, yo sentí. Cuando me fui del país lo hice muerto de miedo y el exilio, en este sentido, fue una liberación. No me interesaba hablar de esa etapa posterior en esta novela, pero a lo mejor algún día me pongo a escribir sobre la continuidad del personaje, Pancho, en otro país. Pero me pareció que en esta época mía y del país, mal no venía una novela que recuperara parte de nuestra tragedia.

-Su novela, aparecida en este momento del país, también puede ser leída casi como una advertencia.

-Es curioso. Me gusta eso que dice. No lo había pensado, pero creo que tiene razón. Me impresiona escucharlo, aunque no haya sido mi intención.

-Quizá sea un efecto de la lectura o quizá su intención no haya sido consciente.

-Exactamente.

La novela transcurre en solo 12 días en los que Pancho busca una salida y, quizá, ese tiempo acotado que comparte día a día con el lector sea lo que permita compartir también su desesperación. ¿Esto lo previó así?

-No, se fue dando. Lo que tenía hacía tiempo era el inicio, el primer capítulo, donde el personaje se presenta y lo hace en función de una situación para él dramática en la que está frente a frente con un personaje inesperado para el momento en que se encuentra. A partir de ahí fui construyendo la historia. Me ayudó mucho pensarla en términos cronológicos, no solo en los días, sino también en los horarios. Durante esos doce días fui descubriendo la psicología de Pancho y de los otros personajes. No era un plan, pero así surgió.

La novela tiene el afán de documentar no solo lo que tiene que ver con la dictadura, sino también con la literatura.

-Sí, claro. De hecho me di cuenta durante la escritura de que quería dejar testimonio de la quema de libros, que no es algo que yo inventé, sino que realmente sucedió. De hecho, en el ’76, cuando se produce el golpe, estaba por salir mi primera novela y fue quemada junto a otros muchos libros. Fueron a la editorial Losada  y quemaron todo lo que había en sus bodegas, entre muchas otras obras, una novela de Piglia.

Usted publicó la novela quemada ¿Por qué prohibieron el circo? mucho después.

-Sí. Fue una novela muy traumática para mí, que tenía que ver con lo que pasaba en la Argentina. La publiqué en México. Me llevé las galeradas. No era solo salir del país para salvar la vida, sino también para salvar la novela.

Pancho se salva por un libro, la Biblia, cuando un retén policial en el camino a Ezeiza para tomar el avión detiene el auto en que viaja.

-Sí (se ríe). Eso tiene que ver con la influencia que la Biblia ejerció  en mí. No soy una persona religiosa, pero me crie en un ambiente muy religioso. Mi mamá y mi hermana mayor vivían una vida muy ligada a la religión. La Biblia era parte de mi paisaje de la niñez. Siempre había una arriba de la mesa o de la heladera.

En su novela hay ciertos homenajes. Uno es más explícito porque lo menciona con nombre y apellido, Osvaldo Soriano. El otro, creo, es el editor Jorge Lafforgue, también periodista.

-Sí, la literatura argentina les debe mucho a los dos y quise hacerles un modestísimo homenaje. Los conocí a ambos.  Lafforgue fue el gran editor de Buenos Aires. A partir de los años sesenta hasta su muerte, que es bastante reciente, su presencia fue un faro poderosísimo en la literatura argentina. Fue, además, el editor de mi primera novela, la que fue quemada. También Soriano fue una figura que cambió la literatura argentina y creo que algún día se lo reconocerá, porque hoy no se lo reconoce. Fue el gran innovador, hacía una gran literatura con un matiz popular. Osvaldo fue mi primer compañero de trabajo en Buenos Aires, cuando él llegaba del sur y yo, del norte, y nos hicimos muy amigos.

Usted incluye en su escritura algunas frases como “triste, solitario y final” al terminar un capítulo, un verso de Olga Orozco que también aparece en el acápite, la letra de algunos tangos, como diciendo que quizá esas voces son también la suya y la de todos los argentinos.

-Bueno, me gusta escucharlo, creo que algo de eso hay, pero eso lo puede decir usted, no lo puedo decir yo. A Orozco la leí mucho de joven, cuando ella estaba en su plenitud. Trabajaba en la revista Claudia, que era de la misma editorial en que trabajaba yo. Era una figura con la que uno se encontraba en el bar de la esquina o en el ascensor, lo mismo que a Soriano. Orozco era una mujer muy aguda, una poeta muy sensible, un personaje. Era extraordinaria. Lo mismo pasaba con otras personas. Por ejemplo, yo no fui amigo de Miguel Ángel Bustos, pero también era un poeta muy interesante. Trabajaba en otro piso y yo lo veía en las asambleas. La manera en que lo secuestraron y lo mataron fue un horror. A plena luz del día entró una patota y lo levantó del escritorio, algo espantoso. Esas cosas marcan. No quería hacer nada muy explícito, pero en una novela de este tipo ésas son mariposas que andan dando vueltas.

Mientras lo leía pensé en Zama, porque, aunque no tienen nada que ver entre sí, igual que la suya, también es una novela de la espera.

-Es perfectamente coherente. Di Benedetto es un autor muy importante para mí, aunque creo que en mi juventud no lo entendía. Tiene una prosa deslumbrante, obsesiva, profunda. Bueno, no sé quién no ha sido importante para mí. Soy un hombre agradecido a todo lo que leí. Soy un bebedor de la literatura de mi tiempo. Tuve una formación más bien clásica propia de las clases medias argentinas. En mi casa se leían los franceses, los italianos, los ingleses y se leía bastante menos la literatura argentina. A Stevenson, a Poe, los leí  entre los 14 y los 20 años porque estaban en mi casa. Para la generación de mi madre o de mi hermana la literatura argentina era más bien revisteril. Recuerdo, por ejemplo, Leoplan. Me crié en un ambiente en el que la literatura argentina llegaba a través del periodismo. La literatura con mayúscula era extranjera.

-En la novela menciona, además, a Germán Rozenmacher. -También lo conocí. Trabajaba dos escritorios más allá del mío. Recuerdo mucho el día de su muerte, que fue una gran  tragedia. Lo quería mucho, igual que a su compañera, Chana. Menciono esos nombres porque hablo de una época que está representada por ellos. Cuando llegaba a Buenos Aires iba al teatro a ver sus obras, que eran extraordinarias, y las de otros autores argentinos. Todo eso está en esta novela, es mi historia. 

«Los intelectuales siempre son gente sospechosa»

-En Esto nunca existió  habla de una época del periodismo que ya pasó, la del periodismo hecho por grandes escritores como los que menciona en la novela y como usted mismo.

-Era una generación en la que el periodismo era investigar, leer y escribir. Hoy el periodismo investiga poco y mal, no lee y no escribe, los que escriben son muy pocos. Todo el sistema comunicacional argentino ha cambiado. En este momento es más importante lo que diga por televisión un pavote que lo que haya escrito un investigador o una investigadora en un texto periodístico serio, bien hecho.

-Por supuesto que hay excepciones, pero se nota, en general, una gran corriente anti-intelectual.

-Claro, pero eso es histórico y hasta le diría que es universal. Los intelectuales siempre  son gente sospechosa, gente a veces inclasificable, gente que incomoda. El conocimiento es una bandera que molesta a los ignorantes.

En la novela se refiere también a Macedonio Fernández. Su personaje dice que ya se había canonizado No toda es vigilia la de los ojos abiertos en la época en que él comenzaba a sentir desdén por los cánones. ¿Es una declaración de principios que tiene que ver con usted?

-Sí, yo no soy un escritor de canon, no estudié Letras, leí mucho pero no estudié de manera sistemática. Soy docente y enseño, pero no literatura, sino pedagogía de la lectura, que es otra cosa. La colección Leer por leer, que se publicó a partir de 2003 o 2004 y que fue inmensa, la dirigí yo. La colección Leer la Argentina, que salió después, también. Cuando digo que “dirigí”, quiero decir que todo eso lo leí. Mis lecturas son tan libres como desordenadas, como corresponde a quien no es canónico. Aquí, en Chaco, estamos reeditando el Mapa crítico de la literatura argentina que es un librazo que hicieron dos académicas santafesinas, Mirtha Coutaz de Mascotti y Marta Zóbboli. Ese trabajo lo propuse yo hace años, lo publicamos en la Fundación y ahora estamos sacando una edición nueva corregida y aumentada.