En la mañana diáfana del sábado Orihuela se ve bonita hasta en Google Maps. Anoche llegué a esta ciudad de la provincia de Alicante desde Madrid, en uno de esos trenes de alta velocidad que vuelan sobre los rieles. El viaje fue corto y acelerado como un recital de La Polla Records. ¿Habrá algo más bello que la velocidad, como decía Marinetti? Sí, que un amigo de toda la vida te espere en la estación de su pueblo adoptivo cuando se derrumba el sol luego de un viaje transoceánico, de la pedante burocracia migratoria antisudacas de Barajas y de casi mil años sin vernos. ¿Habrá algo más bello que el abrazo de un amigo?

Con Roberto nos conocemos de muy pibitos. Una amistad forjada en el patio de los maristas, en el scrum del Rugby Club Los Matreros, en las andanzas y desandanzas por las venas abiertas de América Latina. Roby dejó atrás nuestras pampas hace más de una década. Es médico. Terapista intensivo que pelea día a día, cara a cara, contra la parca. Mi amigo el doctor se gana el mango curando gente en hospitales de la Comunidad Valenciana y de Murcia. Me cuenta que vienen de ganarle a duras penas la guerra a la miserable peste. Lo escucho mientras desayunamos en la mañana pedregosa de cara a la huerta que está cosida a su casa. Las naranjas brillan como si fueran de oro, yo tomo té y pienso en la pandemia. En cómo nos hizo entender a la fuerza lo que es la melancolía. Saudade de lo que no va a volver. Miro una vez más la silueta de Orihuela en la lejanía y pienso en Miguel Hernández, el poeta máximo que parió este pueblo vecino del Mar Mediterráneo. “Elegía” es uno de sus poemas más brillantes. Una luminosa perla negra de 15 tercetos y un cuarteto dedicados a Ramón Sijé, su amigo eterno, sorprendido por la muerte a los 22 pirulos. Canta el poeta: “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada. (…) A las aladas almas de las rosas… / de almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”.

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Las palabras de Hernández llegan a la mañana oriolana como un rayo que no cesa. Liquido el té y le confieso a mi amigo que quizá esta crónica sobre la estela del poeta es solo una coartada. Un pretexto para escribir sobre el presente de un pueblo sacrificado, las heridas de la Guerra Civil española y los fantasmas de la dictadura franquista. Acerca del amor, la vida y la muerte, los grandes temas de la obra hernandiana. Pero también, una excusa para escribir sobre la amistad. ¿Acaso no es eso también la poesía?

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro

Mercado poético

Mi abuela decía que para conocer un pueblo hay que ir a sus mercados. El de Orihuela se despliega abrazado al parque Severo Ochoa, en los suburbios de la capital de la comarca de la Vega Baja del Segura, extremo suroccidental de la “madre patria”. En su casco urbano viven poco más de 30 mil habitantes. El rey aragonés Alfonso El Magnánimo le concedió el título de ciudad en 1437. Un siglo antes, Pedro El Ceremonioso le había otorgado la distinción de población “Muy Noble, Muy Leal y Siempre Fiel”. La dominaron los romanos, los bizantinos y los visigodos. Durante siglos estuvo bajo el ala de los musulmanes: formó parte del Califato de Córdoba. Volvió a manos cristianas en el siglo XIII. Uno de los lemas del pueblo viene de la Baja Edad Media: Semper prevaluit ensis vester (Siempre prevaleció vuestra espada).

El verdulero Rafael corta sandías con la precisión de un cruzado. Es de Cox, una localidad vecina. En su puesto ofrece frutos de su huerta. Piñas, nísperos, tomates. El precio promedio –¡señora no haga la conversión a pesos porque puede darle un síncope!– es de dos euros el kilo. Le pregunto al mercader si conoce a Hernández, quien nació el 30 de octubre de 1910 en la calle San Juan Nº 82, no muy lejos del casco histórico oriolano que es bañado por el río Segura. Cuchillo entre los dientes, Rafael dice que poco y nada sabe de poesía: “Pero mire esto tomates, son casi un poema excelso”. Como todo buen vendedor, el verdulero es un gran versero.

Amparo sí sabe de poesía. También de comercio justo. Vende chocolate, café, té y azúcar morena que producen cooperativas. De la pluma de Hernández destaca su ópera prima, Perito en lunas. “Bien de nuestro pueblo: de pastor, de montaña, de huertas. En Orihuela muchos ni lo conocen, pero es un fuera de serie, quizá en Sudamérica se le da más valor que aquí”, dice la coqueta señora, con aires de nobleza dignos de un cuadro de Velázquez. Amparo resalta que el poeta era un hombre comprometido: “Fue a colegio religioso, pero tenía una ideología de izquierda, por eso lucha en la Guerra Civil, no hay que olvidarlo”. Hernández fue voluntario del Quinto Regimiento de Zapadores Minadores y de la Primera Brigada Móvil de Choque. Peleó contra el fascismo con el fusil y con la pluma. Al final de la guerra fue detenido. Pasó por un rosario de penales. Entre ellos, el campo de concentración franquista que funcionó en el Seminario de San Miguel, la “fábrica de curas” que vigila desde un monte a Orihuela.

Yoana es la compañera de mi amigo Roberto. Enfermera de corazón grande como una catedral, oriolana de pura cepa, cabellos oro en polvo. La toponimia no se equivoca, Orihuela viene del latino-visigodo aurariola, “jarrón de oro”. Caminamos por la feria con sus hijos Santiago y Martita, “ricitos de oro”. La rubia compra cebollas a buen precio en un puesto. Mientras espera el vuelto en metálico, confiesa que si tiene que elegir un solo poema del autor de Cancionero y romancero de ausencias, ni lo duda: “Nanas de la cebolla”. Escrito en la cárcel, es una de las canciones de cuna más bellas de la literatura española. Los versos hablan de la mujer y el hijo del poeta, que vivían a míseros pan y cebolla franquistas. Lejos del abatimiento, en sus versos Hernández parece olvidar las penurias y se serena en la prisión recordando la risa de su pibe: “Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca. / Boca que vuela, / corazón que en tus labios / relampaguea”.

De camino a la casa de mi amigo, pasamos a buscar a Tomás, su hijo mayor, por el colegio público Miguel Hernández, donde practica rugby. Nos recibe el entrenador, ataviado con una remera que lleva tatuada la cara del poeta. Segismundo Pérez Llorente es profesor de Educación Física. Apasionado de la poesía, juega con una pelota ovalada y reflexiona: “La figura de Hernández trasciende las letras. Su compromiso, su pasión, sus valores universales. Todos principios que sirven para la vida”. Al despedirse, el rugbier sensible recita de memoria otro verso de las “Nanas…”: “Vuela niño en la doble / luna del pecho. / Él, triste de cebolla. / Tú, satisfecho. / No te derrumbes”.

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro

Las alpargatas y la higuera

La casita donde creció el poeta está erecta en la calle Arriba Nº 37, en la falda de un monte. A unos pasitos del Colegio Santo Domingo, sede de la primera universidad valenciana. Fue creada por los jesuitas en el siglo XVI. El pastorcito terminó los estudios básicos en sus aulas. Allí también leyó a Virgilio, a San Juan de la Cruz, a Verlaine, al parnaso del Siglo de Oro de las letras castellanas. Frente al colegio está la sede de la Fundación Cultural Miguel Hernández. Aitor Larrabide es su director. El filólogo vasco oriundo de Bilbao sabe mares sobre la obra del oriolano. Cuenta que hace más de 30 años visitó el pueblo y fue amor a primera vista. Dedicó una amorosa tesis doctoral al autor de El hombre acecha. Para el académico, la obra del escritor es sagrada. Su vigencia a 80 años de su muerte en una cárcel de Alicante, irrefutable. Y sanseacabó. En el contexto de la guerra fratricida en Ucrania, recomienda leer “Canción del esposo soldado”. Grita el poeta desde las trincheras: “Sobre los ataúdes feroces en acecho, / sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa / te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho / hasta en el polvo, esposa”.      

El hogar de la familia Hernández es humilde, bello, plebeyo. Del mobiliario original conserva la cama prolijamente tendida y tres dibujos firmados por el poeta. En su cuarto, sobre una maleta duermen la siesta un par de alpargatas. Similares a las que ponía Miguelito las noches del 5 de enero antes de la visita de los Reyes Magos, cuando soñaba que el 6, el mundo se transformara en una juguetería. “Las abarcas desiertas” es un poema bellísimo que narra las carencias de la España rural: “Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras”.

Al fondo del hogar están los cobertizos para los animales y la huerta repleta de ajo, perejil y una centenaria higuera. Bajo su copa leía Miguel. La guía cuenta que la higuera estuvo muy enferma. Sobrevivió gracias a los cuidados de los sabios jardineros de la Universidad Miguel Hernández. Se la ve fuerte, vital, eterna. Se sabe, los árboles pelean o mueren de pie.

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro

Las paredes de San Isidro

En San Isidro anoche hubo jarana. Comparsas, bailes y cervezas para festejar al santo patrono que protege al barrio obrero. La empinada barriada es un libro a cielo abierto. Sus coloridas paredes son hojas que llevan pintados los poemas de Hernández. La señora Ana Lizón es representante de la plataforma vecinal. Cuenta que empezaron a pintarlos en 1976, después de la caída de la “dictadura de mierda”. De que el “Generalísimo” partiera al infierno. “Somos un barrio humilde que quiere salir adelante. En los versos de Miguel vive ese espíritu”. Pedro y Ana residen hace décadas en San Isidro. “Dicen que es peligroso, pero que yo sepa, acá no comemos humanos. Nos dicen marginados, pero somos trabajadores”, resaltan a coro. Luego señalan un mural: “Jornalero: España, loma a loma / es de gañanes pobres y braceros. / No dejes que el rico se la coma, / jornalero”. Antonio es un agricultor ya jubilado. Quiere que lo retrate junto al mural del toro. Miguel Hernández era un apasionado de la tauromaquia. Decía en un soneto: “Como el toro he nacido para el luto / y el dolor”. Antonio posa bajo la frase “Despierta toro de España”. Frente al avance de la ultraderecha fascista, las palabras son una barricada poética.

Dejo Orihuela al alba. Me esperan Andalucía, la historia de mi bisabuelo anarquista, renacer en el Mediterráneo. Pero ese será otro cantar. Roberto me acerca hasta la estación Miguel Hernández. Al despedirnos hay un abrazo inmortal. También un poema. Seguro lo conocen recitado por el catalán Joan Manuel Serrat. Se llama “Para la libertad (El herido)”. Nunca está mal volver a leerlo: “Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos. / Para la libertad, siento más corazones / que arenas en mi pecho dan espuma a mis venas; / y entro en los hospitales, y entro en los algodones, / como en las azucenas. / Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, / ella pondrá dos piedras de futura mirada, / y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan / en la carne talada. / Retoñarán aladas de savia sin otoño, / reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida; / porque soy como el árbol talado que retoño: / aún tengo la vida”.  «