Según parece, los paraísos tienen fecha de vencimiento. Nacen para perderse de manera inexorable. Dicen que la serpiente tentó a Eva, quien probó el fruto prohibido y que también se lo hizo probar a Adán. Desde entonces fueron desalojados del Paraíso. En materia de paraísos no hay título de propiedad que valga. Siempre se es un inquilino circunstancial y el desalojo es tradición. Por eso, todos hemos perdido alguno. Miguel Rep no es la excepción. Pero tampoco lo son John Milton que le dedicó más de 10.000 versos al tema; ni Don Quijote derrotado por el sentido común, ni Cervantes, ni Borges, ni Cortázar.

A Rep le alcanzó un video animado de unos pocos minutos que guionó, dirigió, dibujo con la asistencia técnica de Berenice Sotelo, para contarnos de estos paraísos imposibles de reencontrar en una oficina de objetos perdidos. Lo hizo por pedido del Instituto Cervantes de Berlín y haciéndolo, descubrió algo de él mismo que no conocía.

-¿Qué es para vos Paraísos Perdidos?

La consumación de todo el laburo que descubrí que tenía en mis manos a partir de la cuarentena. Empezó siendo una experiencia dibujando algo con cámara acelerada sin dibujo previo. Surgió a partir de una experiencia con Jorge Hernández, el agregado cultural de la Embajada de México en Madrid.  Un día me mandó un Cuentínimo, que era un cuento que él narraba en las redes a partir de su aislamiento obligatorio porque, era una persona de riesgo que debía estar encerrada en su casa. Yo lo conocía y le pregunté si no quería que lo acompañara en su cuarentena dibujándole un cuento por día. La cosa empezó así: él me mandaba un cuento y yo se lo devolvía con un dibujo. Terminaron siendo 62 Cuentínimos. Cuando llegamos al número 20 ya no tenía más ganas de dibujar en plano, escanearlo y mandarlo. Y entonces se me ocurrió lo de la animación. A partir de ahí se me abrió un mundo.

-¿Los Cuentínimos duraron hasta que él pudo volver a la Embajada a trabajar?

-Claro. Pero, al mismo tiempo, ya tenía un pedido del Instituto Cultural Francés en la Argentina que, viendo los Cuentínimos, me pidieron acontecimientos culturales franceses en la Argentina y argentinos en Francia. Ellos subían un acontecimiento por domingo y fueron 24 domingos. Terminaron hace dos semanas. Para esos episodios yo decidía quién iba a ser el protagonista e investigaba.  El primero fue René Goscinny, el guionista de Asterix. El segundo fue San Martín en Boulogne Sur Mer.  El tercero, Saint Exupery en Argentina. Yo hacía un pequeño texto como el de Paraísos Perdidos. Así fui enhebrando trabajos que concluían en dos minutos y medio a tres minutos. Comenzaron siendo 12 trabajos y terminaron siendo 24. En el medio de todo esto, me llaman de Dublin, de la Embajada, para decirme que querían que representara a la Argentina en el Festival Isla, que es un festival literario anual promovido por el Instituto Cervantes.

-¿Y qué te pidieron?

– Que hiciera una ponencia sobre Paraísos Perdidos en base al libro de John Milton. Dije “ese es un temón, no me hagas hablar, haceme dibujar”. Y pedí que en vez de darme un mes me dieran dos para hacer el trabajo. Tenía 15 minutos de tope. Llegué a una especie de guion muy pensado, muy laburado, muy decidido y grabé un sketch o dos por semana. Los 7 u 8 episodios que hay fueron dibujados gradualmente a medida que los iba escribiendo, dibujando, acelerando y poniéndoles la música. Los mandé y los subieron el 15 al festival que fue virtual. Así descubrí que, sin salir de mi casa, puedo hacer un cortometraje.

Cada uno tiene su propio paraíso perdido. El tuyo también aparece en ese trabajo.

-Sí. Tenía muchas ganas de dibujar el inquilinato/ conventillo en el que viví durante mi infancia, en Boedo. No tengo ninguna foto, lo tengo en la memoria. Por eso quise reconstruir con mis manos ese patio donde convergían cuatro familias de cuatro piezas y el niño que era yo en ese momento. Fue la reconstrucción de un paraíso porque esa etapa de libertad de la niñez, de engendrar fantasías para el futuro estaba ahí, en ese patio de austeridad absoluta. Por eso me mezclé con esos grandes de la literatura sin que la gente tenga que saber que soy yo. Simplemente todos tenemos nuestro paraíso perdido. Pero, al recordarlos, uno los recobra, nada se pierde para siempre. Lo del paraíso perdido es algo bíblico, pero recordar es recobrar. De no ser por eso, viviríamos en un continuum, tendríamos una mirada como de mascota. Lo importante de un paraíso es creer que uno lo ha perdido.

-En el video Joyce, por ejemplo, no puede ser más Joyce. Se lo reconoce de inmediato, del mismo modo que a los otros personajes aunque no es un dibujo realista.

-Claro, yo no hago un dibujo realista. Lo que hago es condensar ciertos en un dibujo sintético y grotesco que no tiene ínfulas de retrato. Cuando hago a Joyce, hago mi Joyce. Por ejemplo, cuando hice el libro de Evita, estudié mucho su cara, miré muchas fotos. A Joyce lo estudié antes de dibujarlo, a Cortázar lo tengo en mi mano. El que más me costó fue Joyce porque no lo había trabajado tanto. Lo había dibujado en un libro que se llamaba Platinum Plus y cuando lo fui a ver, me di cuenta de que era un mal Joyce, de que no lo había entendido. Se ve que era un pedido de Radar tipo “haceme un Joyce para mañana” y no lo había estudiado bien. Yo vengo del grotesco y voy cada vez más voy hacia el grotesco expresionista. No tengo ganas de dibujar nada que sea posible y nada de lo que está en esos dibujos es posible. Dublin es imposible porque en él esta condensada todo un año de la niñez de Joyce, la ciudad de Buenos Aires patas arriba porque Cortázar está en Francia no es posible y tampoco es posible el embarazo de la mamá de Borges. Mi trámite es hacer textos creíbles con dibujos imposibles. El precedente de todo esto son los Cuentínimos. Todo fue muy rápido. Se dio en siete meses.

-Te sorprendió a vos mismo.

– Sí. Yo sabía que podía dibujar en vivo como tantas veces lo hago con Saborido, con Zaffaroni o con Feinmann, pero no sabía que podía hacer esto sin red, con una argumentación previa y acelerando la mano para no aburrir. Es una posibilidad que me llena de excitación y alborozo que es comparable a cuando descubrí que podía hacer murales. Uno se forma para hacer un dibujo en un tablero, entregarlo y que salga en una publicación. El mural fue un descubrimiento que no voy a abandonar y este tipo de trabajo reciente es la tercera vía que descubrí. En mi casa, eligiendo una música, acelerando la cámara, con un trípode, pude hacer esto y si tuviera tiempo, podría hacer cosas mucho más largas.

-¿Con qué cámara lo grabaste?

-Con la cámara del celular con el que te estoy hablando. Es increíble. Después se procesa. Berenice Sotelo lo procesó en un programa especial. Si no fuera por Berenice no lo hubiera podido hacer porque no sé ni apretar el botoncito indicado. Sé cómo dirigir, cómo poner la luz, como hacer el guion, pero no soy un buen técnico.

-Algo muy lindo referido a los personajes es que los tuteás, no están hechos desde el bronce, sino desde una confianza de lector agradecido y afectuoso.

-Sí, como que son mis amigos. Yo dibujé las dos partes del Quijote y mientras lo hacía, sentía que Cervantes era mi amigo. En esas noches de trabajo porque tenía que entregar un fascículo, a veces pensaba “¿y si lo llamo por teléfono y le pregunto qué quiso decir acá?” (Risas).

Yo siento que esos escritores son mis amigos y ese sentimiento de amistad en el dibujo se hace carne, los vuelve chabones que, como decís, no están en el bronce, están caminando con nosotros. A los tres días de morirse Quino, que fue un gran amigo y un maestro total, me pidieron en Página que hiciera un homenaje para el domingo, que contara mi relación con él. Pero yo pedí que me dejaran hacer una historieta. En ella Quino llega al cielo y le hacen preguntas para ver si se queda en el paraíso, el infierno o el purgatorio. Dibujé como si Quino estuviera viendo esa página y como si el lunes me fuera a decir “mirá, Miguelito, cómo me dibujaste”, ese comentario de amigo. Yo necesito que los personajes se muevan, que estén ahí.

-¿Y la técnica de la cámara acelerada te facilita las cosas en este sentido?

-Claro, porque esta técnica tiene un plus de conmoción, te da inmediatez, rapidez. Es algo muy grato. Y yo cuido mucho el contenido porque para mí es muy importante lo que se cuenta. Creo que hoy vivimos una crisis de las historias. Hay mucha apoyatura en lo técnico vemos cada vez imágenes más bellas, dibujantas y dibujantes cada vez mejores, pero creo que hay un gran abandono en el tema de los contenidos. Me gusta dejar alguna semillita de didactismo, porque si a alguien le interesa Joyce a partir del trabajo que hago con él, por ahí sigue investigando.

-Hacia el final de tu trabajo citás una frase que dice “Todo paraíso perdido toma prestadas las llamas de un infierno encontrado”. ¿Es tuya la frase? Es muy hermosa.

-Sí, como yo quería hacer un incendio final, me pareció que esa frase cuadraba. Además, en la propia idea de paraíso está implícita la de infierno. Sin paraíso no hay infierno y sin infierno no hay paraíso. En la vida hay un yin-yang permanente. Esa es una frase no de un escritor, sino de un dibujante. La tuve que crear después del dibujo que se incendia. Está más dictada por el ojo que por el lenguaje.

-Sin embargo, suena muy literaria. Es una de esas frases que uno subrayaría en un texto literario.

-Quizá porque son textos muy concisos, muy trabajados. Si pedí dos meses de tiempo a Dublin fue porque se iban a traducir todas las ponencias. Yo quise ser muy breve y conciso para que no hubiera equívocos con la traducción. Hice economía de palabras y me salió una prosa muy seca. No quise hacer hojarasca metafórica, no quise ser cursi. Quise mantenerme más cerca de la prosa de Walsh que de la de García Márquez. Las cosas pueden ser dichas con pocas palabras si hay imágenes detrás.

-Podría decirse que lo que encontraste fue la poesía que está más allá de las palabras, las líneas y las formas.

-Hay algo que quizá debe latir en tu ojo y es que los textos previos y el dibujo tienen la misma caligrafía. Hay una orfebrería, una continuidad, una artesanía que quizá te llega como poesía. Quise que hubiera una caligrafía del dibujante, que no hubiera una interrupción entre la palabra y el dibujo. Como escribí tantas palabras, ya tengo un alfabeto. Fijate que muchos poetas han hecho poesía visual, como García Lorca. Tenía un dibujo austero, limitado, pero que calzaba bien con la poesía. Los dibujantes también tienen una voluntad poética en la línea, porque la línea y la palabra son como mentiras. No tratan de ser, como la pintura hiperrealista, una imitación o un complemento de la realidad. No hay nada que esté hecho de líneas ni hay lenguaje poético todo el tiempo. Cuando se juntan las dos cosas, suena a poesía. Pero yo no soy lector de poesía. Soy buen lector de prosa y de ensayos

-Pero eso no significa que no puedas hacer cosas poéticas.

-No, pero ni siquiera le he prestado atención en las letras de rock que es mi música favorita. Pero me parece bien lo que decís porque el trabajito que hice tiene un continuum. Fue dificultoso, muy pensado y muy gozado.

-Además, dejaste que el espectador espié en la cocina de tu dibujo.

-Sí, pero no fue esa mi intención fue “tengo que lograr este clima, estoy desesperado tengo poquito tiempo, a ver cómo logro esta bruma”.  Si hay un accidente, tengo que seguir el accidente.

-Pero las obras suelen ir más allá de la intención de sus autores. Yo sentí que podía espiarte por encima del hombro.

-Sí, lo entiendo. Pero mi intención fue más bien decirle a la gente: “mirá lo que sufro para lograr esto” (risas). Ahora voy a hacer tres momentos Cervantinos que me pidieron de la Embajada de España y voy a trabajar también en las actividades de la Ex Esma por los Derechos Humanos. El 31 va a hablar la embajadora de Francia sobre el tema y yo voy a ir ilustrando lo que se va diciendo. Vengo trabajando desde Humor Registrado con el tema de los Derechos Humanos y siento que puedo defender el dibujo que haga. Rita Segato me invitó a participar de un Zoom cerrado con 20 especialistas donde se habla de la temática de género y la política latinoamericana y yo estoy ahí para ver qué pesco y sintetizarlo en un dibujo.

-Trabajar de esa forma me suena a algo parecido a desnudarse en público.

-Bueno, me ayuda que me dedico al humor y los humoristas somos medio cobardes.

-¿Por qué?

-Porque en vez de dar una piña, sos hiriente de una manera agradable. Yo creo que soy humorista por cobarde, por haber sido un niño cobarde que tenía que caer simpático de alguna manera haciendo dibujitos. Pero en el fondo soy un fóbico, un tímido, un cobarde. Lo que superé es el miedo hacer el ridículo. Un día me dije “ma sí, si hago el ridículo, hago el ridículo”. En la Argentina, la gente que no pone el cuerpo en lo que hace, tiene mucho pudor. Es piola hacer el ridículo porque no terminás de tomarte totalmente en serio.

-Pero dicen que del ridículo no se vuelve.

-Sí, del ridículo se vuelve. De lo que no se vuelve es de la solemnidad.