Como era previsible, según lo informan el grupo Ilhsa (Yenny y El Ateneo) y la cadena de librerías Cúspide, el último libro de Dan Brown, Origen, encabeza el top ten de los más leídos. Con El Código Da Vinci, Brown se da a conocer como un escritor de bestsellers. El término es siempre motivo de controversia. Quienes defienden a ultranza los fenómenos culturales masivos afirman que despreciar el bestseller constituye una actitud elitista que desprecia a los lectores. Por el contrario, quienes los consideran con una actitud crítica ponen en foco su falta de calidad literaria y su condición de texto que responde a una fórmula exitosa y que suele tener por detrás un gran aparato editorial que lo publicita. 

Los defensores de este tipo de libro equívocamente llamado popular suelen citar en su defensa a Charles Dickens, escritor y periodista, que en su época constituyó un gran éxito de ventas y  obtuvo una gran popularidad. Sin embargo, la gran cantidad de lectores no es el único elemento que caracteriza a un bestseller. El Quijote, por citar sólo un ejemplo, debe ser uno de los libros más leídos a través de la historia, pero su circulación tiene que ver con la calidad de su escritura y no con un aparato publicitario. Cómo dice Ítalo Calvino, los clásicos son aquellos autores que tienen siempre algo  nuevo que decirnos a través del tiempo. 

El bestseller, en cambio, es un fenómeno más bien efímero, que marca un momento del mismo modo que una melodía pegadiza. Es una suerte de banda sonora de una época del mismo modo que la canción Despacito de Luis Fonsi y Daddy Yankee se convierte en un hit que se escucha en todo el mundo y cuyos ecos se apagarán en breve y sólo perdurará como una referencia vinculada a una circunstancia personal, como el inicio de una relación de pareja, un primer beso o incluso una crisis depresiva que se recordará vinculada a la música machacona que sonaba en ese momento. 

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Tan clara es la fórmula del bestseller que Sergio Vila-Sanjuán en Código best seller, disecciona el fenómeno y establece un canon con los 70 libros con mayor éxito de ventas. En ellos incluye desde Carlos Ruiz Zafón a J.K. Rowling y no deja afuera al ya citado Dickens, aunque la maquinaria de la venta de libros era muy diferente en su época que en la nuestra. 

En Origen Brown desarrolla la fórmula de manera canónica, sin saltearse ningún elemento del texto destinado al éxito. En él narra la historia del profesor en simbología e iconografía religiosa de Harvard Robert Langdon, que va al Museo Guggenheim Bilbao con el objeto de enterarse del gran anuncio que se hará en ese lugar, un anuncio que “cambiará la faz de la ciencia para siempre”. Quien hará ese anuncio es un exalumno de él, Edmond Kirsch. 

Pero las cosas se complican y el fabuloso hallazgo corre peligro de perderse para siempre, por lo que la novela pone en escena a Langdon y a la directora del Museo, Ambra Vidal, en una carrera desenfrenada contra el tiempo para acceder a la clave que preserva el valioso secreto. El escenario de su carrera esta vez será España, más precisamente las ciudades de Barcelona, Bilbao, Madrid y Sevilla.

 A simple vista salta una de las primeras características del bestseller que, sin embargo, no está explicitada de manera clara en el libro de Sergio Vila-San Juan, a saber: que el lenguaje se vuelve transparente para privilegiar la trama, la peripecia. A diferencia de lo que sucede en otro tipo de escritura, fundamentalmente en la poesía pero también en la buena prosa, no hay un trabajo sobre el lenguaje, no es éste el que, a partir de su opacidad, construye un texto singular, sino que  sólo se basa en la claridad y en la corrección sintáctica para narrar un acontecimiento. Es decir que el lenguaje no tiene valor por sí mismo sino como vehículo de una información que podría calificarse de periodística para usar un término que dé a entender que la noticia es más importante que la forma en que se la narra. 

Por lo demás, Origen cumple con todos los elementos del bestseller enunciados por Sergio Vila-San Juan: está en juego un tema importante (el secreto que cambiará el curso de la humanidad), los personajes positivos se diferencian claramente de los negativos y son capaces de adaptarse a los desafíos que les plantea la trama, la narración se alimenta de elementos dramáticos, la historia se desarrolla en escenarios atractivos y la intriga es la encargada de llevar al lector de las narices hasta el final de la historia. 

“El objetivo de escribir no es vender –dijo recientemente en una entrevista Dan Brown-. Nunca me ha interesado el dinero. Escribí porque quería contar una historia. Tres años después del éxito de El código Da Vinci yo tenía el mismo Volvo familiar de doce años. A mí no me motiva el dinero”. Su aclaración quizá esté motivada en el hecho de que con frecuencia se acusa a los autores exitosos de ser comerciantes más que escritores, pero no es ilegítimo el deseo de ganar dinero con aquello que se sabe hacer siempre que no se convierta en el objetivo principal. Todo escritor desearía poder vivir de sus libros y la aspiración es justa. Podría decirse que Dan Brown hoy es “el” bestseller, afirmación que debería mantenerse a distancia equidistante de la demonización y de la aprobación acrítica. 

Un bestseller no tiene nada de malo siempre que no se mezclen los tantos y no se esgrima la cantidad de ventas como un índice de calidad literaria. Al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios. No sólo el libro puede convertirse en un éxito de ventas. El Spinner, ese juguete que tuvo su momento de gloria recientemente es un ejemplo elocuente. Pensado y publicitado para vender, no dejará huella en la historia de los objetos de su género. 

No tiene nada de malo entretenerse leyendo a Dan Brown a condición de que no se crea que en Origen o cualquiera de sus textos hay una búsqueda literaria. Es cierto que el libro es una mercancía, pero eso no significa que todos sus contenidos puedan juzgarse según las concepciones de la economía de mercado.