El autor Horacio Cavallo y el ilustrador Matias Acosta, ambos de Uruguay, participaron como invitados del Festival Internacional de Literatura Infantil (Filbita) que culiminó la semana pasada.  Dictaron un taller para escribir e ilustrar poesía para adultos, otro para niños y Acosta hizo una jam de dibujos.

El marinero del Canal de Suez (Editorial Pípala) es uno de los emprendimientos para chicos que llevaron a cabo juntos. Se trata de un texto en verso y un dibujo minimalista que se aparta de la ilustración tradicional que caracteriza a las publicaciones destinadas a los lectores infantiles. Sutil y poético, el libro permite vislumbrar que lo emprendieron con espíritu de aventura y que disfrutaron mucho haciéndolo, un requisito indispensable para que también lo disfrute el destinatario.

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Pero no es esta la única aventura que emprendieron juntos. Poemas para leer en un año (Editorial Calibroscopio) también es un libro infantil despojado que invita a internarse en el mundo de los días de la semana y las estaciones del año.

En diálogo con Tiempo Argentino, Cavallo y Acosta, hablan de la cocina de su creación.

-¿Qué fue primero en El marinero del Canal de Suez, el dibujo o el texto?

-Horacio Cavallo: -Fue primero el texto, pero ya habíamos trabajado juntos con Matías y ya conocía su estética. En realidad, nos conocíamos el uno al otro. El proyecto nació  hace unos años, porque desde la idea inicial hasta el libro publicado pasó un tiempo. Le mandé los textos de tres libros inéditos para que eligiera y me dijo que se iba poner a trabajar en El marinero del Canal de Suez. Nos pusimos a trabajar por nuestra cuenta y pensamos que cuando el libro estuviera terminado lo íbamos a presentar a alguna editorial. Una vez que Matías eligió el texto, yo lo dejé hacer sin interferir de ninguna manera porque me parece que justamente eso es lo rico.

Matías Acosta: -Por suerte había mucho tiempo y trabajar con tiempo para mí es lo mejor. Yo necesito por lo menos un mes para comenzar a pensar el libro y luego recién me siento a trabajar para ver qué sucede.  Yo venía de hacer otro tipo de cosa y con este libro me puse a hacer algo más minimalista, algo que sé que muchas veces a las editoriales no les gusta. Por el contrario, piensan que hay que llenar la página. Con El marinero del Canal de Suez, en cambio, hicimos lo que quisimos. Cuando se trabaja por encargo, muchas veces el editor tiene una mirada más comercial, cosa que entiendo perfectamente y en muchas oportunidades hago lo que me dicen. Luego hicimos otro libro para la editorial Libroscopio, Cuentos para leer en un año. También con él hicimos lo que quisimos. Por supuesto, después el editor ajusta ciertas cosas, pero el 95 por ciento del libro ya estaba.

H.G.: -Y las recomendaciones de ambas editoras sumaron, pero lo bueno es que las hicieron sobre un trabajo ya realizado. Son editoriales que los dos admiramos desde siempre. Trabajar en ellas fue como jugar en el Real Madrid y en el Barcelona al mismo tiempo (risas).

El texto de El marinero...tiene algo de canción folklórica de esas que van sumando elementos y también algo de nonsense.

H.C: -Sí es cierto.

Cualquier ilustrador se hubiera visto tentado de hacer algo más tradicional. En cambio, vos, Matías,  elegiste hacer algo tan minimalista que exige más atención del lector infantil para completar el sentido del dibujo. ¿Por qué optar por lo más difícil?

M.A.: Siempre trato de que el lector infantil se pueda nutrir de algo más. Como decía Kveta Pacovská, una gran ilustradora polaca, creo los libros ilustrados para chicos son la primera galería de arte a la que va el niño. A mí me gusta salirme de lo clásico y tengo algo especial con el minimalismo. Me gustan las películas del cine iraní que son lentas y tienen planos largos con pocos objetos. Me nutro de esas cosas y luego las plasmo en un libro.

– Un libro más barroco puede ser muy bello, pero también es cierto que cuando hay muchos elementos lo visual ya está un tanto predigerido porque da mucha más información.

M.A. Sí, yo ilustré, por ejemplo, las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández y en ninguna parte aparecen ni la madre ni el niño. Como lector yo no quiero que me den el personaje ya definido.

H.C.: Eso es lo que a veces mata del cine. Matilda, por ejemplo, es una gran novela, pero cuando pasa a la película esa imagen de Matilda se incorpora y ya no es posible verla de otra manera. Esa presencia quita otras infinitas presencias-

M.A.: Además, me gusta dejar respirar el texto, ya sea la prosa o a poesía. Creo que es mejor acompañar una historia y no decir tanto. Al menos es lo que intento. No sé si lo logro o no.

-¿Qué materiales usaste para la ilustración?

M.A. – En El Marinero del Canal de Suez usé témpera y luego compuse en la computadora. Fue como una especie de rompecabezas.  Básicamente es témpera con algún retoque digital. Me gusta trabajar lo digital, pero con ciertos límites. No me interesa hacer un círculo perfecto, por ejemplo. Siempre parto de dibujos a mano, de pruebas.

-¿Hubo bocetos previos?

-En El marinero del Canal de Suez hubo algunos bocetitos pero mínimos. No me gusta trabajar como lo hacen algunas editoriales que te piden un boceto previo de todo el libro y luego lo que uno hace es redibujarlo y pintarlo. A mí eso me parece aburridísimo. Lo he hecho alguna vez, pero ya casi no lo hago porque no me gusta trabajar así. En El Marinero … trabajamos con total libertad y luego tuvimos la suerte de que Pípala quisiera publicarlo.

-Como sucede con las novelas, es mejor ir descubriéndolas que saber todo de antemano.

H.C.-Claro, como les pasó a Cortázar con Los Premios. Había un personaje que al principio creyó que iba a ser muy marginal y que terminó creciendo de manera inesperada. Creo que las cosas que uno no pensó en un principio pero que van surgiendo en el trabajo son las que tienen más gracia.

-Horacio, vos también escribís para adultos.

H.C. -Sí, tengo un libro de relatos, tres novelas y libros de poesía. Uno de ellos se llama El revés asombrado de la ocarina y lo publicó aquí una editorial chiquita que se llama Lisboa. También tengo los poemarios Descendencia y Última hora. Las novelas las trae a Argentina Whaldhuter y se llaman Oso de trapo, Invención tardía y Casa en ninguna parte que es la última que publiqué. El libro de relatos es El silencio de los pájaros y lo va a reeditar Felipe Herrero, el dueño de Editorial Lisboa. Esta reedición va a salir acá a principios del año que viene.

-¿Escribir para chicos tiene algún tipo de especificidad?

H.C. Cuando escribo para niños muestro la parte más luminosa de mí. Lo que escribo para adultos tiene una tradición más onettiana, cierta pesadumbre. Cuando escribo para chicos intento hacerlo desde otro lugar más cercano a lo emotivo. Soy intenso siempre, tanto cuando escribo para adultos como cuando lo hago para niños, pero en este último caso intento que haya más luz. Me hace bien porque me retrotrae al momento en que era niño y vivía con tanta intensidad lo emocional. Luego, como dice el tango uno se va volviendo “una máquina fiel igual que un robot… ¡sin piel!”

¿Cómo es en el caso del dibujo? Supongo que se dibuja bastante menos para adultos que para chicos.

M.A.-Sí, pero con Horacio tenemos un libro que hicimos para adultos gracias a los Fondos Concursales. Es Los dorados diminutos, que es un libro que dialoga con El gran surubí, de Pedro Mairal que tiene ilustraciones de Jorge González. También hice varias tapas para libros de Mario Levrero.

H.C.- En Los dorados diminutos decidimos continuar el libro de Mairal y GonzálezEs una novela en verso, compuesta por sesenta sonetos míos y sesenta ilustraciones de Matías  en técnica mixta.

M.A.- Creo que cambia el registro pero que la voz sigue siendo la misma. Tanto cuando dibujo para adultos como cuando lo hago para chicos no pienso en qué forma debería dibujar en cada caso, sino con qué libro me gustaría encontrarme en una librería. Hago lo que me gustaría ver a mí sin pensar tanto en el destinatario final.