Afortunadamente, los géneros literarios han perdido rigidez difuminando  sus fronteras. Ya casi no existe la exigencia de responder a qué género pertenece lo que estamos leyendo. Con frecuencia suele hablarse de “no ficción”, una clasificación muy amplia, para aludir a un texto basado en hechos reales. Pero la categoría de “real” es poco aplicable a la literatura dado que, una vez que algo se narra, ya pertenece al campo de la ficción. No por casualidad García Márquez decía que nuestra vida no es lo que vivimos día a día, sino el relato que hacemos de ella.

Del libro del escritor estadounidense Peter Orner ¿Hay alguien ahí?, publicado por la editorial cordobesa Chai, podría decirse de manera inespecífica que es una obra de no ficción en la medida en que el autor narra su vida al mismo tiempo que comenta sus lecturas, pero también podría decirse que se trata de una forma visceral de la crítica literaria, un diario personal en el que las experiencias cotidianas están dominadas por la lectura o un ensayo sobre el carácter perfomativo de la literatura que hace que un texto sea un hecho de la misma magnitud –o incluso de magnitud superior- a los hechos que vivimos diariamente, incluidos aquellos que son un punto de inflexión en nuestras vidas. También podría leerse como un duelo por la muerte de su padre, con quien mantenía una relación difícil. Si para elaborar esa pérdida recurre a la lectura y el comentario de libros  es porque junto con su padre se ha ido también su disposición para escribir ficción.

Por suerte, la literatura no nos exige certidumbres, sino que, por el contrario, nos coloca de lleno en ellas. Es el propio Orner en ¿Hay alguien ahí? quien dice: “La ficción no es ingeniería. Es alquimia. Cualquiera que se jacte de tener absoluta certeza acerca de los mecanismos con que opera la ficción es un charlatán de feria. (…) La ficción no funciona. No hay algoritmo. Ningún robot ni súper computadora podrá jamás escribir un cuento que te ponga la piel de gallina, prueba y verás, Silicon Valley. Puede que algún día conduzcan nuestros autos, pero nunca nos harán llorar, porque es tan imposible explicar exactamente qué es lo que hace que un cuento funcione o no funcione como explicar qué es el amor y el desamor.”

Advertencia: No hay en la relación del autor con la literatura ningún tipo de sentimentalismo ingenuo. Sabe muy bien de lo que habla. Lleva publicados dos novelas y tres libros de cuentos que gran parte de la crítica coloca en el podio que ocupan cultores del género como Alice Munro y Raymond Carver, es profesor de inglés y escritura creativa en Dartmouth College y un autor multipremiado. Ha publicado ficción y no ficción en diversos medios, entre los que se cuentan The New York Times, Atlantic Monthy, Granta, The Paris Review, The New Yorker, y Southern Review. Sus trabajos han sido traducidos al francés, italiano, alemán, portugués, español, árabe, turco y japonés.

Un dato curioso: fue o es, no se especifica con precisión en los textos leídos sobre él, bombero voluntario en Bolinas, California. Quizá este oficio un tanto inusual en un escritor sea la contracara del fuego que despierta en él la literatura, que lo hace vivir a través de los libros pero lo vuelve también capaz de arrojar desde el auto una novela de Julian Barnes, por sentirse enojado con lo que escribe en El sentido de un final. Se trata de una actitud impropia de un acumulador compulsivo de libros, como se autodefine. El pasaje que lo indigna tiene que ver con la escritura de un e-mail. “Y yo que escribo para huir de los e-mails”, dice Orner a modo de culposa justificación.

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Literatura sin almidón

Orner no responde al estereotipo del escritor. Si en el momento en que comenzó a escribir “¿Hay alguien ahí?” la prensa hubiera querido retratarlo con la consabida biblioteca de fondo, se habría llevado una sorpresa. Él lee en un garaje donde abundan los ratones y que está debajo de su departamento. Allí los libros desbordan los estantes y se apilan de manera tan caótica como la vida. O quizá el caos sea el orden mismo de la existencia. Lo cierto es que Orner ocupa ese garaje que fue un modesto set de cine porno de sus vecinos anteriores. Pero puede leer en cualquier sitio, la casa de Praga donde vivió con su esposa, su casa de infancia o en la concurridísima casa de comidas Pancho Villa, lugar que elige para comenzar el libro que acaba de comprar: La lengua absuelta, memorias de Elias Canetti.

Es así que Orner pasa revista a autores consagrados, secretos y hasta desconocidos porque para él el valor de la literatura es absolutamente independiente del lugar que  el mercado le asigne a un escritor.  Por sus páginas desfilan Antón Chejov, Franz Kafka, Virginia Woolf, Robert Walser, Herman Melville, Eudora Welty, Gina Berriault y muchos otros.

Orner padece el mal de Montano, ese mal libresco creado por Enrique Vila-Matas que consiste en estar intoxicado de literatura.

Y no se trata de un mal (o de un bien) de erudito, sino de entender la lectura no como una actividad poco vital, sino, por el contrario, como una de las formas de la vida.   «