La solemnidad produce bostezos. Nada aleja más a un chico de un héroe o de un gran escritor que el invisible pedestal dl bronce que suele construir la historia y que, en la mayoría de los casos, nada tiene que ver con el espíritu del “solemnizado”. Los chicos comienzan a interesarse por los héroes cuando entienden que también a ellos les picbaa la nariz, iban al baño, se aburríann, se enojabn…En fin,eran como la imayoría de las personas y, además, realizaron acciones heroicas.

Eso es lo que hace Rob Dickinson con William Shakespeare: quitarle el aura de genio impoluto y convertirlo en el amigo ideal de chicos y adolescentes. Este músico, compositor y actor descendiente de ingleses siempre sintió pasión por la música y tenía tantos prejuicios –positivos, pero prejuicios al fin- sobre Shakespeare que jamás se hubiera largado a leerlo, de no ser por un desafío que le tocó el amor propio. 

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Fue así que armó un show de música y teatro basado en los sonetos más conocidos que se llama, Sonnet Rock, precisamente porque, según Dickinson, el rock se lleva muy bien con Shakespeare. Según parece, no sólo es la opinión del autor. El show, tanto en  que les enseña a los chicos bilingües las diferencias entre el inglés actual y el de la época de Shakespeare, como en el  destinado al público que no habla inglés, es recomendado por el British Council y fue seleccionado para participar en el mes de abril en el X Festival Shakespeare Buenos Aires. Es interactivo y en él se mezclan el rock, la música de inspiración clásica, el baile, la improvisación y el humor.

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“Shakespeare llega a mí de manera accidental dice Dickinson. Mi mayor ambición cuando iba a la escuela era convertirme en una estrella de rock. Era mi sueño y mi pasión. Comencé a tener bandas y empecé a viajar. En un momento tuve un trío con Andrés Calamaro en teclad, con el que viajamos a Los Ángeles. Fue una aventura muy linda. Yo seguí viajando y un día, buscando el hit que me llevara a las estrellas, se ve que molesté bastante a alguien con la guitarra que no paraba de tocar en todo el día. Entonces, esa persona, cansada de mi guitarra, abre un libro con los sonetos de Shakespeare, lo pone frente a mí y me dice: ¿por qué no le ponés música a esto? La verdad es que no no conocía nada de Shakespeare y en la escuela me escapaba de su obra porque me producía pavor. Durante la escuela primaria me hicieron actuar como Nick Bottom de Sueños de  una noche de verano. Me metieron dentro de la cabeza de un asno atado con alambres y yo transpiraba. Tendría unos ocho años en ese momento y eso había sido todo lo que había aprendido de Shakespeare. Pero me tomé la propuesta de musicalizar los sonetos como un desafío. Miré el soneto que tenia frente a mí y empecé a cantar y a tocar. Di vuelta la página e hice lo mismo con el soneto siguiente Lo registré todo en uno de esos viejos grabadores con cassette. Fue así que le puse música a tres sonetos y medio o cuatro, no lo recuerdo bien, cerré el libro y se lo entregué a la persona que me había desafiado. La cosa quedó ahí hasta que meses más tarde me encuentro con el cassette. Lo escuché y me di cuenta de que algunos acordes no era los que correspondían, pero que las melodías estaban puras y perfectas, que habían bajado como un rayo y no eran características de lo que yo estaba haciendo antes. Algunas eran casi clásicas y tenían un desarrollo armónico interesante. Pensé que con eso no iba a llegar a ser una estrella de rock, sino que, por el contrario, me iba a estrellar. Pero tenían un desarrollo armónico que era diferente de lo que yo hacía. Uno de ellos aún me sigue sorpendiendo por la complejidad. Se notaba que había absorbido muchas cosas sin darme cuenta.»

Como buen músico, Dickinson tiene un oído los idiomas. Por eso, un día, aunque pensaba que no iba a llegar a ningún lado con eso, se metió en un estudio de grabación y grabó los sonetos, aunque no creyó que eso lo llevara a ningún lado. Una vez grabados, los archivó  y se dedicó a producir con alma y vida un tema que pudiera interesarle a un productor. Al poco tiempo, un amigo lo llama para decirle que se encontraba en Buenos Aires un productor de EMI Records, nada menos que la grabadora donde estaban The Beatles y le preguntó si quería que armara una reunión para que le hiciera escuchar su música. “Se me pararon los pelos de punta”, dice Disckinson, y se preparó para deslumbrar al productor con su tema superproducido en un estudio. 

“Se hizo una reunión en una casa -recuerda- le hice escuchar varios temas y luego saqué el tema superproducido con la idea de quem conmovido, él iba a sacar un contrato y me lo iba a hacer firmar. Me hizo algunas indicaciones, me dijo que estaba muy bien el camino que estaba siguiendo pero que ellos estaban buscando otro perfil. Me dije ´estoy sonado´ porque no parecía muy interesado. Yo tenia los sonetos de Shakespeare musicalizados en el bolsillo. Ya para entonces los había pasado a un CD. El hombre  ya estaba mirando el reloj y se levantó para irse. Le dije que escuchara eso  y me contestó que ya había escuchado bastante. Pero  yo no le di mucho tiempo para hablar, puse los sonetos musicalizados y le cambió la cara completamente, se sentó otra vez  y me dijo que la voz era original y los temas eran originales hasta para Inglaterra. ‘ Quiero que te vengas a Londres.´ Creo que  ese momento marcó mi vida para siempre. Yo estaba en una situación complicada  y no pude viajar, pero seguí componiendo música en esa veta y seguí en contacto con ese hombre. Hice la música para El cuervo de Edgar Allan Poe y para otro poema de él no tan conocido que se llama A Elena, se los mandé a Londres y le gustaron muchísimo.”

Cuando pudo viajar a Londres, el productor ya no estaba allí, sino en Italia, pero el trabajo sobre El Cuervo le interesó mucho a un productor de cine que quería hacer una película de animación y a David Lord, uno de los productores de Peter Gabriel. Pero la producción era muy costosa y el proyecto no se concretó. Mientras tanto, Dickinson siguió tocando e hizo todo el circuito under en Londres.

Las cosas quedaron así hasta el momento en el que en Buenos Aires le piden que ayude en una obra de teatro. Hizo la música y, dice que por accidente, terminó dirigiendo la obra. “La vida me estaba llevando a entender que yo tenía que hacer algo con teatro”. De este modo comenzó a estudiar a Shakespeare y el inglés de su época.  “Sus sonetos, aclara Dickinson, son como pequeñas obras de teatro, pequeñas joyas que tienen todo un desarrollo. Poco a poco me fui metiendo en el maravilloso mundo de Shakespeare del que huía de chico y pensé que era una oportunidad para hacerlo más accesible. He trabajado con chicos que saben inglés y también con chicos que no saben el idioma. En las escuelas pude comprobar cómo se les abría la cabeza, cómo disfrutaban de algo que para mí de chico era un plomo. Les cuento cómo llegué a Shakespeare, cómo era el idioma que él hablaba y cómo utilizaba palabras que ahora tienen un significado distinto. Además, las obras de Shakespeare no eran para leer, sino para actuar, y a los chicos lo que les están dando es un guión. Todo eso hace que su obra sea inaccesible. Entonces yo armé un guión basado en los sonetos, pero también incluyo soliloquios de Macbeth y de Hamlet e interactúo con los chicos, los hago actuar y toco las canciones que fueron el disparador de todo esto.”

Aunque en este momento sólo está trabajando en colegios, su espectáculo destinado a todo público se verá en el Festival Shakespeare de Buenos Aires, si es que este se realiza en este difícil año signado por el Coronavirus. La idea original era hacerlo en abril, pero por el momento no hay precisiones sobre el tema.

“Shakespeare –concluye Dickinson- se lleva de maravillas con el rock, con el rock sinfónico, con la música clásica. Yo absorbí todo eso  y lo volqué en la musicalización de los sonetos. Shakespeare es un Adrián Suar recargado. Escribía para el pueblo, no para la nobleza. Todos iban al teatro  y todos entendían perfectamente lo que él estaba diciendo. La mayoría de la gente de su época en Inglaterra no sabía ni leer ni escribir, pero endendían lo que pasaba en el escenario. El rock es una expresión de música popular y por eso se entiendo con él perfectamente. En el teatro donde se representaban sus obras se vendían gallinas y se hacían negocios. Los actores se divertían tanto como el público. Una vez hicieron un efecto especial con un cañón, el teatro se prendió fuego y tuvieron que salir rajando 3.000 personas. No era una obra en el Teatro Colón. Allí corría sangre. Todo eso también es rock. Charly García y Shakespeare se hubieran llevado fenómeno.»