Para quienes hayan sido niños en los ’60 y los ’70, revistas como El Tony, D’artagnan, Intervalo, Nippur y varias más fueron las responsables de aportar todo un mundo de aventuras y fantasías. Eran las que ocupaban más lugar en los puestos de diarios, aquellas cuyas tapas se repetían en los trenes, subtes y colectivos de toda la Argentina, las que parecían leer todos en todas partes. Publicadas por la editorial Columba, esas revistas se volvieron un marco de referencia muy importante de la cultura popular y se puede calificar a sus historietas como la literatura de los pobres, aunque sus lectores excedieran el límite social de las clases. En esas revistas comenzó a publicar, a mediados de la década del sesenta, un jovencito que había llegado a Buenos Aires desde el Paraguay para estudiar Bellas Artes. Hijo de una familia de origen australiano, Robin Wood quería ser dibujante y escritor, pero el destino, siempre imprevisible, lo convirtió en guionista de historietas, tal vez el más leído de la historia del género en la Argentina (aunque eso, claro, es muy difícil de medir y comprobar).

Creador de clásicos como Or-Grund, Gilgamesh el inmortal, Dennis Martin, Mi novia y yo, Dago, Savarese y, sobre todo, Nippur de Lagash, los personajes de Wood revolucionaron las publicaciones de Columba, multiplicando sus ventas de manera notable. Lector apasionado, amante de los viajes y la aventura, Wood dejó las fábricas y los obrajes en los que había trabajado hasta entonces, para dedicarse a escribir sobre mundos imaginarios y fantasías históricas, llevando a la historieta argentina a un pico de popularidad. “Quería ser dibujante y lo intenté, hasta que en Bellas Artes me dijeron que si quería hacer algo por el arte, entonces dejara de dibujar. Años después vi mis dibujos y reconozco que tenían razón: eran un horror.” Así relata Wood el momento previo a que su vida cambiara para siempre, un cambio que por supuesto no tenía forma de anticipar.

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–¿Cómo terminó de guionista?

–Siempre ocurren cosas en la vida y de repente te encontrás con que se abren caminos. Fue el accidente casual de conocer a Luis Olivera en Bellas Artes, que era un dibujante genial, pero que se dedicaba a las historietas. En aquel momento (mediados de los ’60) él estaba muy enculado porque decía que los guiones que le daban para dibujar eran una porquería y que no quería seguir con eso. Él sabía que yo había ganado dos premios literarios. Uno a los 16 o 18 años, y otro a los 24, en Paraguay.

–¿Eran cuentos o novelas?

–El primero eran cuentos. El otro, un análisis de la historia y cultura de Francia. Después de esos concursos me vine a Buenos Aires. Trabajaba en fábricas y estudiaba en Bellas Artes. Y ahí Luis me pide que le escriba algunos guiones y me enseñó cómo hacerlos. Yo los hice y después me olvidé del asunto, hasta que me llamaron de la editorial para decirme que querían comprar todo lo que escribiera. Ese día comí.

–Por lo que cuenta, empezó escribiendo literatura pero, ¿era fanático de la historieta o ese mundo le llega recién a través de Olivera?

–Desde muy chico siempre leí todo. Tenía una compulsión que en la escuela hacía que mis maestros me detestaran, porque de algunos temas, como historia o geografía, yo sabía más que ellos. Pero en el mundo de la historieta entré por necesidad y descubrí que era bueno en eso. Podría haber pasado el resto de mi vida en la fábrica y ahí era un tipo raro, porque me leía dos o tres libros por semana.

–Usted comenzó como guionista en una época en la cual la historieta era un género muy fuerte y popular en la Argentina.

–Muchísimo. Imaginate que cuando recibí la propuesta de la editorial, fui a la fábrica y les dije que me iba. Había pasado diez años trabajando en fábricas, sólo con los domingos libres. Y ahora quería ir a ver esos países sobre los cuales había leído tanto. Con la editorial llegamos a un acuerdo, en el que yo mandaba los guiones por correo y ellos me giraban el dinero a dónde yo estuviera en ese momento. Así me pasé muchos años.

–Por entonces la historieta estaba muy fuera del canon cultural, y al mismo tiempo se fue convirtiendo en la lectura de la gente que viajaba en el tren o el colectivo, la lectura del pueblo.

–Sí: era la historieta justicialista, como dijo una vez un gran escritor amigo. Era la historieta peronista. La leían todos, hasta la burguesía. Y después creció todavía más. Se vendían un millón de revistas por mes, imaginate lo que era eso. Y cada ejemplar de una revista de historietas, según estudios, es leído por seis o siete personas. Imaginate seis millones de lectores.

–Acaba de decir que viajó mucho. ¿Qué intereses motivaban esos viajes?

–Muchos. En uno de mis viajes me fui por tierra de Buenos Aires hasta México. No por avión, porque los detesto, sino usando ómnibus o trenes. Y ese viaje lo hice después de leer los Diarios de motocicleta del Che. También crucé el Negev, el desierto de Israel. Pensé: “Si lo hizo Moisés, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”

–Se puede decir entonces que usted caminaba delante de todos esos personajes suyos, que también eran errantes incansables que recorrían caminos épicos.

–Mis personajes me seguían, sí. Pero no todos. Nippur sí, porque él te cruzaba el desierto, llegaba, se tomaba su vino y esperaba que alguien pidiera socorro. Pero Dennis Martin no se iba a mover de su departamento en París y ni de su vodka por nada. Cada uno tenía lo suyo.

–Esta llegada un poco azarosa que usted tiene al mundo de la historieta, ¿siente que interrumpió algún otro camino con el que usted soñaba?

–Es que no tenía ningún camino con el que soñar: tenía que sobrevivir. Muchos intelectuales han detestado mi trabajo, por aquello del arte mayor y el arte menor, y me buscaban. Un día alguien me dijo que había que “enseñarle a pensar a la gente”. Y yo le respondí que esa era una idiotez, porque la gente sabe pensar, que hasta el último idiota de pueblo piensa. Y le dije: “Lo que vos querés no es que la gente piense, sino que piense como vos.” Y eso no es lo mismo. Discusiones como esa he tenido muchas. Muchas. Otro me dijo que yo era un enemigo de la clase obrera. Yo le pregunte: “¿Vos te vestís bien, estás bien alimentadito y vas a la universidad?” Sí, me respondió. “¿Y vivís con mamá y papá?” “¿Qué tiene que ver eso?”, me preguntó. “Que vos no tenés que trabajar, ni preocuparte por ropa, comida, ni por nada más que tus estudios y por ser un aliado de un pueblo del cual no sabés un carajo. Mucho menos de la clase obrera.” Yo trabajé diez años en los obrajes del Alto Paraná y en el desierto del Chaco.

–¿Por qué se desprecia la ficción como entretenimiento cuando está dirigida a las clases populares?

–Honestamente, no lo sé. Yo nunca pierdo tiempo juzgando grupos. Para mí los grupos son un misterio. ¿Por qué estos vociferan aquí contra aquellos, que vociferan allá? ¿Por qué se enloquecen? Yo soy yo, nada más. Mi política empieza con lo que veo, toco y puedo palpar. No tengo política ni religión. Pero no soy ateo para joder a alguien, para enfrentarme a la Iglesia. El Vaticano me ha premiado por uno de mis trabajos [Se trata de “El Nazareno”, uno de los episodios de su personaje Gilgamesh, el inmortal]. Pero no ser religioso no es una decisión que tomo, simplemente no puedo creer. Cuando muera voy a poder decir si tenía razón o no.

–¿Ser ateo en su caso implica no creer en dioses en tanto personajes, o directamente en ninguna posibilidad de existencia de un ente creador?

–No, no creo en ninguna de esas posibilidades.

–Es curioso, siendo el suyo justamente un trabajo de creador.

–Es que mi creación se puede palpar, tocar. Y cada una lleva mi firma. Yo todavía no he visto la firma de nadie en este mudo de mierda que tenemos. Además, si así fuera, ¡por Dios, qué podría haber hecho un trabajo mejor! No debió crear al hombre.

–¿Usted es un humanista desencantado?

–No, desencantado no: me gusta la humanidad.

–Pero aun así tiene dudas.

–Ni siquiera son dudas, simplemente no creo y no me interesa el tema.

–¿Y su trabajo o su forma de pensar le han ganado enemigos?

–Tengo enemigos. He leído artículos sobre mí en los que se me acusa de cipayista o nazi, me tildaron de sionista, de anarquista. Cada vez que me tildan de alguna cosa, voy a leer y estudio para ver de qué se trata, y siempre quedo confuso. Además, no soy persona de andar litigando y discutiendo o desafiando. Yo soy yo, tengo mi vida.

–¿Y qué siente por haber formado parte de la infancia y la vida de tanta gente a la que ha llegado con sus fantasías?

–A veces a las ferias y presentaciones vienen padres con sus hijos, a quienes les han enseñado a leer con las historietas. Y eso me gusta, sin que se me suba nada a la cabeza. Me gusta escribir y me gusta ser leído: escribir es mi oficio y ser leído, mi meta. Me gusta la idea de haber ayudado a hecerle la vida un poco más feliz a alguien.

Recordando a Oesterheld, el más grande de todos

–¿Hay algún colega a quien admire mucho?

–Por supuesto. Sobre todo a Oesterheld y Zappietro.

–¿Qué le gusta de sus trabajos?

–De Oesterheld que fue un verdadero innovador. Su historieta era muy humana, totalmente diferente de la que se hacía en su época. Creó para la historieta al hombre de todos los días, personajes humanos y no superhéroes. Fue el más grande de todos. Cuando empezó a escribir lo suyo, la historieta acá era como en los Estados Unidos: petrificada. Y Oesterheld imaginó una nueva historieta, que se parecía a la vida de cualquiera. Fue grandioso. Y Zappietro supo captar la vida del lumpen, del bajo fondo, de la delincuencia, con un héroe como Zero Galván, atormentado por problemas humanos. Esa innovación cambió todo.

–¿Es inevitable que la obra propia sea capaz de decir más allá de lo evidente, e incluso más allá de uno, como en caso de Oesterheld y El Eternauta?

–Un creador muchas veces hace cosas magníficas, pero de repente aparecen grupos que siempre buscan detrás. Cuando Emile Zola escribió el J’acuse (Yo acuso) por el caso Dreyfuss, se lo querían comer vivo, todo por defender a un judío. El público lo quería linchar por haber escrito que se sabía que Dreyfuss era inocente. Esa es la horda: los que marchan con antorchas detrás de Hitler…

–Martín Caparrós ha encontrado referencias a lo que pasaba aquí durante la dictadura, en algunos episodios de Nippur de esa época.

–Uno no es consciente de eso, pero es inevitable. Hay cosas que te impactan, que te afectan, ante las cuales te rebelás. Podés decir que no tenés nada que ver, pero tiene que afectarte. Tiene que dolerte. Si no, sos un espantapájaros plantado en una huerta humana. Y el hombre, esa criatura estúpida, ignorante y cruel, sigue siendo tu hermano. No vas a justificar todo, pero al menos te tiene que afectar.

–Usted estuvo en la Argentina durante la dictadura. ¿Cómo era trabajar en aquel momento?

–Jodido. Tenía un amigo que era oficial retirado. Una vez lo fueron a ver sus colegas para preguntarle si yo era judío. Él les dijo que era católico, que no lo soy, pero fue lo único que se le ocurrió. Le pidieron que me dijera que me calmara, porque había escrito una historieta sobre David y Goliat, vista desde el lado de Goliat, y otra sobre el rey Salomón. Yo admiro, estoy orgulloso y escribí mucho sobre la cultura judía, y eso puso mi vida en peligro. A Oesterheld y a sus cuatro hijas los mataron. Todos desaparecidos. ¿Qué hizo Oesterheld? ¿Si no escribió en contra de nada, si sus personajes eran el lumpen, un indio? Pero era humano, y en aquel momento ser humano estaba prohibido.

(Entrevista publicada originalmente en la edición del Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino del 19 de agosto de 2012)