Rodolfo Hamawi tiene un recorrido como editor de libros de más de 30 años. Es magister en industrias culturales por la Universidad Nacional de Quilmes y decano del Departamento de Humanidades y Artes de la Universidad de Avellaneda. Es también  exdirector nacional de Industrias Culturales. Acaba de publicar Libros y gobiernos. (Tren en movimiento), un libro llamado a convertirse en un clásico de consulta imprescindible para todo aquel que se mueva en el ámbito de los libros.

En él no sólo destruye el mito del origen de la edición en nuestro país reivindicando su origen netamente argentino y no español como suele afirmarse con frecuencia, sino que además, hace un análisis pormenorizado de cuáles son los elementos necesarios para su producción que supera la explicación fácil y mecánica de que la mayor publicación de libros es una suerte de “derrame” que viene del desarrollo de otras industrias y de un florecimiento general de la economía. También aborda definiciones básicas para entender la situación del libro en Argentina como es el propio concepto de industria cultural y el de bibliodiversidad.

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Las características propias de la edición en nuestro país constituyen  un ítem importante de su texto.

A partir de tres fechas clave, los años 53, 74 y 2014, además,  elabora un pormenorizado análisis de las condiciones necesarias para el desarrollo intensivo de la edición. En suma, aborda la edición de libros desde la economía política de la cultura.

– Su libro habla, entre otras cosas de las industrias culturales. ¿Qué es exactamente una industria cultural? ¿Qué diferencia su producto de otro tipo de mercancía?

– A la industria cultural se la define como aquella industria que produce y distribuye bienes simbólicos en distintos formatos. Estos bienes simbólicos, además de tener un valor comercial, un valor de cambio, tienen también un valor de uso diferenciado precisamente por su condición bienes simbólicos, es decir que estos bienes son portadores de valores, de identidades, de modelos de vida, de formas de pensar a una comunidad y al individuo. Por lo tanto, tienen un doble carácter: son transables, pero, al mismo tiempo van configurando sentido. Precisamente a partir de esto hay un interés de políticas públicas por atender al sector de las industrias cultural no solo como un sector productivo y económicamente activo, sino también como un sector portador de valores. Lo que sucede es que a medida que sectores como el de la música, el audiovisual, el libro o los más nuevos como el videojuego o el diseño son  sometidos a un proceso de concentración, esta doble cara del sector, esta bifronte cabeza de Jano que lo caracteriza, la mirada más comercial se vuelve más importante que la mirada como proyecto político, como hecho cultural. Por lo tanto, ahí creo que hay que hacer una revalorización –y esto lo planteo en el libro- de las editoriales independientes, donde esta combinación de proyecto económico y proyecto cultural sigue vigente con más fuerza que en los grandes conglomerados, por lo general, multinacionales.

-Otro concepto clave del libro me parece que es el de bibliodiversidad que no se refiere solo a la abundancia de libros, sino que tiene otras implicancias. ¿Cuáles son?

-Es un concepto que se acuña a principios del siglo XXI,  en un escenario muy concentrado en donde cada vez son menos los actores que producen libros. Haciendo una analogía con lo biológico, sin una biodiversidad lo vivo tiende a ser dominado por una especie y, en muchos casos, se produce la extinción del ecosistema. Eso lo vemos hoy claramente con el proceso de desertización en algunas zonas. Este concepto biológico es tomado por un conjunto de editores que hablan de la bibliodiversidad. Es necesario que existan diversas especies de libros. Esta bibliodiversidad no solo debe expresarse en la cantidad de libros, sino en otros dos conceptos que son la diversidad temática y la accesibilidad. Puede darse el fenómeno de que haya mucha cantidad de libros, pero que sean todos bestsellers y que esos bestsellers se concentren en unas pocas cadenas comerciales, lo que acabaría con el triple requisito de cantidad, diversidad y accesibilidad.

-¿Y cómo se logra esa accesibilidad?

-No solo con una red importante de librerías, sino también con diversidad de bibliotecas, bibliotecas públicas, escolares…de tal modo que haya un acercamiento de esa diversidad de libros a la población.

-Así como uno puede preguntarse acerca de una literatura con identidad argentina, usted se pregunta sobre la identidad argentina en el campo de la edición. Para tratar este tema rompe con la idea muy difundida de que el puntapié inicial de la edición en Argentina lo dieron los editores españoles republicanos que vinieron al país luego del 36. Sin embargo, el origen de la edición en nuestro país es anterior.  ¿Cuáles fueron realmente sus  los inicios?

-Sí, en el libro discuto con  varios malosentendidos. Uno es precisamente este. Lo que cuento allí es un hecho muy importante que se produjo en 1928 que es la Primera Exposición del Libro Argentino, que se hizo en el Teatro Nacional Cervantes. Participaron de ella no solo un conjunto muy importante de editores nacionales que venían en ascenso, entre ellos Samuel Glusberg, Manuel Gleizer, Antonio Zamora,  y otros, sino también el presidente de la Nación, Alvear y el rector de la Universidad de Buenos Aires. Lo que vemos en las descripciones que se hacen de esa exposición es que había ya un sistema de edición en la Argentina. Había, por ejemplo, sectores para el libro educativo, para las editoriales de literatura, para las imprentas, stands de ilustradores. Obviamente que la llegada de los editores españoles en la década del 30 significó  profesionalizar más el sector. Muchos lograron asociarse con sectores del capital local y desarrollar un proyecto muy poderoso, pero ese inicio del 28 no solo marca que la edición argentina no es un subproducto de España, sino que tiene algunas características que se han ido repitiendo a lo largo de la historia. Babelde Glusberg o Claridad, de Zamora, son editoriales que tienden a la educación del pueblo. Algunas editoriales están ligadas al socialismo o al anarquismo  y ya comienza un proceso de edición cuyo propósito es que sean libros de bajo costo  y, por lo tanto, accesibles, y con un diseño que permita la captación de nuevos lectores.  Esta es una variante que se sostiene a lo largo de la historia de la edición argentina. Basta ver lo que hizo Eudeba o el fenómeno de las editoriales independientes que se desarrolló con mucha fuerza a partir de los `80 y los `90. Al respecto, es muy importante lo que dice Ricardo Rojas, que se han dado los instrumentos editoriales  de arte, de industria y comercio y entonces, lo que hay que hacer, es captar lectores porque “el pueblo –afirma- es el único Mecenas del escritor moderno”. Él se da cuenta de que en esa primera Exposición del Libro hay una estructura armada y lo que falta es que esa producción llegue cada vez a más sectores de la población.

– Uno tiende a pensar a México como la capital latinoamericana del libro. Sin embargo usted da un dato que indica que en un determinado momento, en Argentina  edita casi el triple que México.

-Sí, el dato es del año 2017 según lo consigna el informe del Centro Regional de Fomento del Libro para América Latina y el Caribe, (CERLALC). Esta institución analiza cuántos libros se editan por país cada 10.000 habitantes. Argentina edita 6.2 títulos; Brasil 10.9 y México 2,2. A partir de esto lo que pretendo analizar en el libro es por qué pasa esto, qué es lo característico de la edición argentina. Las causas de su desarrollo se le atribuyen a la Ley de Eeducación, a la alfabetización. Ambas cosas son ciertas, pero no alcanzan para explicar su desarrollo. Sucede que los análisis que se hacen de la edición argentina están más centrados en el estudio cultural, como el análisis de los catálogos, lo giros literarios y su evolución…Pero está faltando algo para entender este fenómeno y son las condiciones económicas y políticas. Por algún motivo hay un ocultamiento de estas causas-base que hacen que haya períodos de mucha edición, otros en que la edición se derrumba, pero, al mismo tiempo, lo que se va produciendo es un sustrato de cantidad de editoriales, de industria, que permite sostener a lo largo del tiempo esta diferencia tan importante.

-Por supuesto que un florecimiento económico favorece a la industria editorial, pero, sin embargo no es suficiente para explicarlo. Respecto de esto, usted marca en el libro tres fechas clave que son el 53, el 74 y 2014 que coinciden con gobiernos peronistas y, a partir de esas fechas, lo que subraya es la importancia de la distribución de la renta.

-Sí. Aquí hay dos cuestiones a considerar. Una es que hay otro sentido común a discutir que es que en esos períodos el éxito de la edición se debió o bien a la exportación en el caso de 1953, o, en el caso del 74 a las compras estatales. Lo que analizo en el libro es que, sin bien esas dos cuestiones tuvieron su influencia, no dan cuenta del gran volumen de libros que se produjeron. En el 53 se produjeron 50 millones de libros y en el período del gobierno de Perón se exportaron 40 millones de ejemplares sobre un total de edición de más de 160 millones. Por lo tanto, la exportación de ninguna manera explica este récord.  Lo mismo pasó en 2014 con las compras estatales. Si bien el Ministerio de Educación compró muchísimo, solo en un año, en 2014, se produjeron 130 millones de ejemplares. Esos datos no se toman en cuentan por una cuestión ideológica o porque para el análisis se analizan otros campos. Lo que yo intento explicar es que hay tres variables que son fundamentales para explicar estos tres años récord.

-¿Cuáles son?

-Una es el crecimiento del PBI, crecimiento que también se da en otros períodos que no son los máximos períodos de producción y venta de libros. Por lo tanto, hay otro elemento que juega allí y es la participación de los trabajadores en la renta. En los tres períodos la record la participación de los trabajadores en la renta se acerca y, alguno lo supera, al 50 por ciento. El tercer elemento son las políticas públicas, cuáles son las políticas que en esos tres períodos que benefician la edición. Por ejemplo, la regulación del mercado interno, beneficios impositivos, créditos para la producción, fortalecimientos de las bibliotecas, reintegros para la exportación. Es decir, políticas públicas activas que apoyan el desarrollo industrial y comercial de la industria editorial. Cuando se modifica alguna de estas variables, la edición tiende a decaer. A pocos años de los récords, instalados gobiernos liberales o neoliberales, hay un descenso tremendo de la producción de libros. Si en el 53 se editan 50 millones, en el 58 se editan 14 millones. En 1974 se vuelven a editar 50 millones. Cinco años después, en el 1979, en plena dictadura, se editan 17 millones. En 2014 se editan 130 millones y en 2018, en pleno macrismo, la cifra se reduce a 43 millones. La magia liberal hace “desaparecer” ejemplares con toda la carga simbólica de ese término.

-Es decir que no es cierto lo de alpargatas sí, libros no (risas).

-No, queda claro que son libros y alpargatas. Hay capacidad para vestir a los chicos, comprar zapatillas y, además, para tener libros en casa. Es curioso cómo se escamotean algunos datos. Si no historizamos ciertas situaciones, es  muy difícil entenderlas. Tenemos que entender que el libro fue de consumo masivo durante los gobiernos peronistas y que al poco tiempo, con gobiernos de signo opuesto, su producción cae abruptamente. Esto se aplica en otros ámbitos. Hay un ejemplo paradigmático de consumo cultural durante el peronismo: nunca se pudo superar  el récord de venta de discos como El rancho `e la Cambicha , publicado en 1950, que vendió 5 millones de placas. Tengamos en cuenta que luego el disco más vendido en la Argentina fue El Amor después del amor, de Fito Páez que, publicado en 1992,  vendió 1millón y medio de placas. Esto significa que en los 50 era posible que el trabajador destinara parte de su ingreso a comprar discos, libros, revistas para él y para sus hijos. En 2019 la cantidad de ejemplares producidos era cuatro veces menor que en 2014. Claramente, con Néstor y Cristina hemos vivido el aumento del consumo cultural.

– El kirchnerismo, sobre todo en el mandato de Cristina, fue el gobierno que más metros cuadrados destinó a la cultura, más incluso que en la época de Perón.

-Sí, basta con recorrer el país y ver los centros culturales que hay en Chaco, en Santiago del Estero, en San Juan, las Casas del Bicentenario en todo el país… Esto tiene que ver con un concepto de lo humano en que la persona no es pensada como mera materia laboral o como recurso humano, como la piensa el neoliberalismo..

-Volvamos a las características distintivas de la edición argentina.

-Una de ellas es la cantidad de editoriales independientes que no hay en ningún otro país latinoamericano. Hoy tenemos cerca de 450 editoriales independientes que tienen una característica muy clara que es que pueden sostener esta doble mirada de proyecto comercial y cultural y que surgen más como proyectos culturales que como proyectos económicos.  Tienen políticas de comercialización, pero no están atadas a la lógica del mercado. Por su estructura, además, pueden hacer apuestas más osadas que las grandes editoriales. Pueden editar autores nobles que vendan 300 o 400 ejemplares, en cambio, las grandes editoriales multinacionales no pueden editar por debajo de un piso de 3.000. Hoy la novedad, la creatividad, están en manos de las editoriales independientes porque pueden hacer apuestas de riesgo. Claro que pueden llegar hasta un cierto punto porque tiene espaldas muy pequeñas, pero el fenómeno de la bibliodiversidad está asentado en ellas. En la Argentina tenemos casos como el de Jorge Álvarez, Arturo Peña Lillo y luego de EUDEBA como garantes de la diversidad. Estos sellos fueron pregnando la edición nacional.

Boris Spivacow vuelve a los orígenes de la edición argentina cuando promueve un libro al precio de un kilo de pan.

-Exacto. Boris tenía la teoría de las tres B. Decía que había que hacer libros buenos, bonitos y baratos (risas). Es la lógica de Gusberg, la de Zamora, que promueven el libro como un factor de educación popular y que está presente en la gran mayoría de las editoriales independientes. Por eso es muy bueno hacer este recorrido que combine la edición con la historia política y económica de la Argentina, sobre todo en el período que va de 1928 a 2014 para ver cuáles son los efectos y consecuencias de determinadas políticas, porque la industria editorial es muy sensible a esos cambios. Se necesita una metodología de análisis para la edición de libros que en Argentina se utiliza poco y que es la economía política de la cultura.