Como si fuera un valor agregado, suele decirse de una una novela que está “basada en hechos reales”. Pero, curiosamente, los “hechos reales” adquieren su trascendencia y su sentido más pleno en la elaboración literaria. Si la vida se rige por el azar, en la literatura los hechos se revelan como necesarios, adquieren verosimilitud, coherencia, densidad. Por eso, decir que Vengo a buscar las herramientas (Corregidor), la última novela de Silvia Hopenhayn, está basada en dos historias reales, aunque es cierto, resultaría absolutamente insuficiente. Como los seis personajes de Luigi Pirandello que buscaban un autor, estas dos historias paralelas que, contradiciendo las leyes de la geometría, terminan por juntarse, necesitaban un narrador, una narradora en este caso, para convertirse en verdaderas historias. Por suerte, la encontraron. La novela de Hopenhayn enlaza con maestría y sensibilidad dos lugares y dos tiempos distintos, la Patagonia profunda en 1966 y el barrio de Villa Crespo en 2019. Convertidas en una novela extraordinaria, las historias cobran vida real menos en los hechos acaecidos que en las palabras.

–Sé que detrás de este libro hay una historia real muy conmovedora y que surge de  una frase escuchada. ¿Qué fue lo que le dio origen?

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–El origen de este libro en realidad es la precuela de la novela. Es decir, allí donde termina la novela comienza la realidad que le dio origen.

–La muerte de tu gato.

–Claro, sin contar el final, debo decir que es la primera vez que escribo una novela desde el fin hacia el principio. En general, tengo el oído muy atento. Me interesa la palabra del otro y por eso me dedico a hacer talleres de lectura, porque la lectura es una escucha. No se trata de escuchar una frase y decir “¡guau, qué buena frase!”, sino que tiene que enlazarse con aquello desconocido de uno que, de golpe, acude al encuentro de esa frase. Yo escuché “vengo a buscar las herramientas” seguramente en un momento particular en el que necesitaba herramientas en un sentido muy amplio para seguir con la vida, pero también había una página en blanco que quería escribirse. El relato del hombre que vino a mi casa a enterrar a mi gato comenzó con su infancia y después dijo esa frase, es decir que llegó como resultado de un relato.

–¿Qué te conmovió?

–El relato condensado en esa frase que es el título de la novela.

–Además, esa frase tiene una respuesta que es muy inquietante. ¿No es así?

–Claro, porque es la infancia de ese hombre desconocido. En realidad, yo festejo la amabilidad de los extraños. Este hombre de la Patagonia profunda me ayudó con su pala, mucho más filosa que la mía, a hacer un pozo en mi jardín para enterrar al gato, dado que mi hija quería realizar el rito de esa manera.

¿Y cuál era la respuesta a la frase “vengo a buscar las herramientas”?

–La respuesta es una pregunta que es la que les daba el padre de este señor que me asistió en el entierro del gato, cuando él era muy chiquito, en la escuela rural de frontera donde estaba su familia, a los pobladores prácticamente desarraigados porque era el lugar era un borde, un paraje, ni siquiera en un pueblo. El padre de este otrora niño convocaba a la gente que vivía por ahí y a la que era más bien nómade porque descubrió que las aguas estaban contaminadas porque los pobladores dejaban a los muertos en la montaña con algunas piedras, pero el deshielo prematuro los había arrastrado. Por eso se habían contaminado las aguas. Él les enseñó a enterrar a sus muertos, es decir, a hacer cajones, a generar un camposanto que no pasase por el camino del deshielo. Luego de recibir un cargamento de herramientas para usar en esta tarea y de brindarles esta enseñanza, oía que tocaban a la puerta de su casa y le decían “vengo a buscar las herramientas” y el padre de este niño ya adulto preguntaba: “¿Quién ha muerto?”.

–La novela parece escrita en una lengua extraña, como si la hubieras generado ad hoc. Me hizo pensar en Rulfo. Está muy trabajada. ¿Cómo te planteaste este tema?

–Les doy mucha importancia a las palabras, a los efectos, a las sonoridades. En este caso escuché ese relato y ese relato se afincó en mí con resonancias de la infancia de quien me lo contó. Pero, además, me brindó ese relato mientras cavaba un pozo, es decir, fueron palabras con tierra, con humedad, con muerte pero, al mismo tiempo, con afán de culminar la muerte de buena manera. Pero, además, el lenguaje está bifurcado, porque son dos historias. Una está en el presente, en ella hay una madre soltera con el afán de recorrer en una madrugada la manzana donde vive en busca de un enterrador. Su recorrido dura una hora, un tiempo que determiné puntualmente porque me gustan mucho las novelas de periplos, el día del Ulises, el año de El hombre sin atributos de Musil. Por primera vez esta mujer sale en busca de ayuda porque es una madre soltera que se las da de autónoma. Necesita esa ayuda y necesitar es también generar una palabra, es pedir y encontrar una palabra y para escribir yo tuve que dársela. Quizá donde vos encontrás ciertos aires de Rulfo es en la otra historia, la de la Patagonia, donde las palabras vienen con más viento, con más aridez, con más tulipanes, con violencia  y, al mismo tiempo, con descubrimiento, porque el protagonista de esta historia es un niño.

Quizá el lenguaje esté tan cargado de todo eso porque el paisaje tiene un protagonismo muy fuerte.

–Me encanta que adviertas la presencia del paisaje como si generara voces porque la naturaleza para mí es un personaje protagonista. En general le otorgo mucha importancia en la escritura a cómo los personajes se relacionan con la naturaleza desde el punto de vista sensorial, como si existiera un lenguaje sin palabras al que busco otorgárselas. El viento conversa con la piel, las flores despiertan miradas. Para mí es fundamental el primer encuentro con la naturaleza, sobre todo teniendo en cuenta el protagonista niño, y suelo tener muchos niños en mis novelas porque busco ese encuentro anterior a la palabra donde de algún modo se genera el impulso vital que después sostiene una lengua. Si bien los humanos somos seres de lenguaje, también la sensorialidad cuenta a la hora de pronunciarnos.

La historia comienza en el ’66 en la Argentina con un gobierno de facto. Luego se dice algo muy breve y el lector se da cuenta de que el protagonista pasó en los ’70 por un centro clandestino de detención. Todo está muy concentrado. Hay un cúmulo de hechos y de climas. Hay, además, un violencia soterrada, una sexualidad reprimida. Nunca se muestra a un padre o una madre malos, pero ambos golpean.

–Eso es algo recurrente en mí. A la hora de escribir se me presenta una suerte de antidogmatismo, no voy a lo cruento ni a lo esperanzado. Más bien me interesan esas ambigüedades que conviven. Dar cuenta de la violencia de los ’70 no requiere de coordenadas de la realidad. Recuerdo que cuando escribí mi primera novela, Elecciones primarias, a partir de la que se hizo luego una ópera de cámara en el Cervantes, me planteé trabajar a partir de niñas de colegio público en plena dictadura militar, niñas de 7 u 8 años, que es la edad de Alicia en el país de las maravillas y una edad que me interesa muchísimo desde el punto de vista de las posiciones de lenguaje, porque las palabras, incluso las injurias, están pronunciándose por primera vez.  Tenía que dar cuenta del director que había sido secuestrado y desaparecido, de los padres de una chica que también habían desaparecido. Sin embargo, en ese contexto, esas niñas de mi novela descubrían su sexualidad. Una decide ser varón como una manera de defenderse de la violencia circundante. Me gusta lo que encontraste de la sexualidad y la violencia porque me parece que son ámbitos que narran el contexto a partir de defensas o de anhelos personales. Impulsos sexuales o, al contrario, repudios.

–También está el arraigo de una rebeldía.

–Me estás dando la pista de lo que me interesa narrar, en qué momento se produce “el arraigo de la rebeldía” en novelas de iniciación porque, finalmente, Vengo a buscar las herramientas es la novela de iniciación de un niño en la naturaleza y en las palabras.

Leyendo tu novela recordé Mientras agonizo de Faulkner, por ejemplo la escena en que la madre enferma escucha cómo afuera están martillando el ataúd que ocupará en breve. Tu novela tiene esa misma densidad en las imágenes. ¿Acordás con esto?-

–Qué impresionante que cites a Faulkner porque, si bien Mientras agonizo tiene esa familiaridad desde el punto de vista temático, estructuralmente hablando yo trabajé Vengo a buscar las herramientas a partir de Las palmeras salvajes, donde Faulkner cuenta paralelamente dos historias. Al final de una de ellas dice esa frase maravillosa: “Entre la nada y la pena, me quedo con la pena”. Cuando encontré esa forma de narrar dos relatos paralelos en dos tiempos diferentes, como me enseñó y como nos enseñó Faulkner, tenía como objetivo reunir las dos historias en la última palabra de la novela. En mi caso, las paralelas se tocan al final. Por eso me llamó la atención que mencionaras a Faulkner, porque fue para mí un referente importante para pensar la estructura de esta historia. Si bien la novela termina con un final cerrado, también es un final abierto al amor.

–¿Es una novela sobre la muerte?

–Creo que en esta novela la muerte es una excusa para ver cómo se resuelve la vida.  «

«Los animales son los sueños de la naturaleza»

En tu novela hay un mundo animal que participa del afecto y de la violencia. ¿Qué lugar ocupan los animales para vos?

–Exactamente, participa del afecto, de la violencia y del aprendizaje de salvarse, de perder y del encuentro. Le di mucha importancia a la relación de dos niños solitarios que se encuentran y que comparten la propuesta que hace la naturaleza a través de los animales. Silvina Ocampo decía una frase preciosa: “Los animales son los sueños de la naturaleza». Mientras escribía la novela la utilicé como epígrafe. Luego, la cambié por una de Olga Orozco para darle lugar al gato, pero mientras escribía me guiaba la frase de Silvina.

–Los poemas de Orozco a la muerte de su gata, Cantos a Berenice, son muy conmovedores.

–La frase que elegí está tomada de ahí. Amo a los animales de la realidad y me atraen mucho los animales que andan sueltos por las páginas de la literatura. El primer libro de Di Benedetto se llama Mundo animal. Ocupan un lugar no solo en las fábulas, sino en Kafka, por ejemplo. El conocimiento de los animales de la Patagonia me vino del hombre que cavó el pozo para enterrar al gato. Pero yo me relaciono con el pasto, con el viento, con los animales. Tengo una propensión a cierto salvajismo doméstico.