Aunque el célebre personaje ya ha cumplido 92 años, aún no ha logrado la independencia. En efecto, los herederos de su padre, el dibujante belga Georges Remi, más conocido como Hergé (1907-1983), no ven con buenos ojos que el artista francés Xavier Marabout lo haya llevado de copas y que, como consecuencia, Tintin le haya tomado el gustito a la noche y haya recalado, junto a una mujer, en una pintura de Edward Hopper.

Poco les importa a los herederos que Tintin, el famoso periodista del que no se conoce ninguna nota, tenga una amplia experiencia alcanzada por haber protagonizado 23 álbumes, ser traducido a 80 idiomas, vender 230 millones de ejemplares, ser adaptado al cine por Spielberg y, entre muchas cosas, ser objeto de un documental de Anders Ostergaard.  El día 12 de marzo han presentado una demanda judicial contra Marabout acusándolo de reproducir el mundo de Tintín sin tener el permiso necesario para hacerlo.  Por otra parte, destacan que Hergé eligió no caricaturizar a las mujeres, “porque consideró que rara vez son elementos cómicos”.

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Por su parte, Marabout quien utiliza  la técnica de mash up, una aplicación que permite tomar distintos elementos para integrarlos en una pieza nueva, defiende su derecho a poner Tintin en los cuadros de Hopper o en cualquier otra parte. De hecho, tiene toda una serie de trabajos en los que ha llevado a Tintin de paseo por las obras del famoso pintor  estadounidense. En uno de sus trabajos, también aparece Milú acompañando a su dueño que, en el porche de una casa, dialoga con una chica de formas generosas. Según The Guardian el artista francés reivindica su derecho a imaginarle una vida amorosa y sexual a Tintin porque, “francamente, el universo de Hergé es terriblemente viril y las mujeres están completamente ausentes.” Para decirlo en términos argentinos, la inclusión de Tintin en la obras de un pintor acompañado por mujeres sería algo así como una suerte de “reparación histórica” por el ascetismo al que lo condenó su creador.

La demanda de los herederos es por 12.000 euros y ellos mismos destacan que la suma es irrisoria, si se tiene en cuenta que Loto Azul, la tapa del quinto álbum de Tintin, fue subastada en 3,2 millones de euros. ¿Cuál es el sentido de pedir una suma tan baja en comparación con los valores de las piezas originales de las aventuras de Titin? Posiblemente el bajo valor de la demanda sea un mensaje que podría sentetizarse así: “no nos mueve el dinero, sino el deseo de preservar la obra de Hergé y la pureza moral de su personaje.”

Por su parte, el artista francés dice adherir a la idea de Christian Jacob quien dice que “no hay transmisión cultural sin reapropiación”. Defiende, además, su derecho a hacer una parodia porque esta esta” forma parte de la libertad de expresión”, lo que “es un derecho fundamental en nuestra democracia”.

La disputa vuelve a poner sobre el tapete, sin proponérselo, un tema viejo como es el derecho de autor y el derecho a “intervenir” una obra ajena, que en el caso Marabot es doble porque no solo intervieno la figura de Tintin, sino también los cuadros de Hopper. 

Michel Foucault cuestiona la noción misma de autor porque entiende que se sustenta en una sobrevaloración del sujeto burgués. Pero entre la teoría y la práctica suele haber enormes distancias y, de hecho, en nuestra sociedad se maneja la noción de plagio basada en la idea de que no se puede copiar lo que ha creado otro, es decir, el autor. El autor, sin embargo, se va desdibujando como tal a medida que pasan los años o los siglos. La Gioconda, por ejemplo, se ha convertido en un ícono de la cultura occidental a la vez que ha pasado a ser una propiedad común de la que cada quien puede hacer el uso que desee, desde ponerle bigotes a transformarla en la etiqueta de una caja de dulce de membrillo. A Dalí su ego lo impulsó autorretratarse con ella. Botero le agregó varios kilos para que fuera coherente con las imágenes típicas de sus cuadros. Andy Wharhol la serigrafió y la multiplicó de la misma manera que lo hizo con la imagen de Marilyn Monroe. Banksy, el rey de los grafiteros, la retrató sobre las paredes de maneras muy distintas, incluso con la falda levantada y mostrando el trasero. Y se podrían dar cientos de ejemplos más.

 En nuestro país, María Pinto reproduce cuadros clásicos haciendo una nueva pintura en que los personajes, colocados en idéntica posición que los del original, son muñequitos de Playmobil.  Pierre-Adrien Sollier hace algo similar en Francia. Y aunque Daniel Santoro los incluye en sus propios cuadros, ninguna celebridad se quejó por aparecer en ellos. Es cierto que algunas ya no están en este mundo, pero las que sí lo están se sienten halagadas de formar parte de una obra pictórica de ese artista plástico. En un proceso inverso, Santoro más bien interviene personas.

Quino, por su parte, en una viñeta maravillosa, hizo que una mujer obsesiva ordenara prolijamente en el lienzo nada menos que el Guernica de Plablo Picasso.  Marta Minujin construyó un Partenón con libros y el gobierno argentino no recibió ninguna queja de Grecia.

Pero el tema del derecho a intervenir  obras va mucho más allá del terreno de lo plástico. Moria Casán se ha declarado dueña de la expresión “si querés llorar, llorá” y la patentó.

Hasta que fue absuelto de culpa y cargo, el escritor argentino Pablo Katchadjian debió afrontar un juicio que le hizo María Kodama por su libro El Aleph engordado, en el que le agregó palabras al cuento de Borges. Por tratarse de un cuento conocido mundialmente, era difícil acusarlo de “plagio”. Lo que sí resulta evidente es que a Kodama no le gustó la intervención del texto.

En el mes de mayo comenzará el juicio al artista que se atrevió a meterse con Tintin. Posiblemente, si la intervenida fuera Mafalda, la primera reacción de los argentinos sería repudiar el hecho porque la chica antisopa es un ícono de la cultura argentina con el que todos nos sentimos identificados. Sin embargo, es casi un lugar común decir que una obra ya sea plástica, literaria o musical, admite muchas lecturas, que hay tantas obras como lectores. ¿Y qué es una “intervención” sino una lectura hecha en público? Sin embargo, cuando se concreta una intervención, surgen sentimientos contradictorios. Si consideramos que intervenir una obra forma parte de la libertad de expresión, el artista que colocó  a Tintin en cuadros de Hopper no debería ser condenado. Pero eso sí, que ni se le ocurra meterse con Mafalda.