Quizás éste sea uno de esos momentos en los que no hay nada para decir y, sin embargo, hay que decirlo porque, de alguna manera, sólo eso hacemos todo el tiempo: decir cosas. Tres tristes palabras: murió Abelardo Castillo.
No es necesario mencionar su obra: los obituarios estarán llenos con datos de sus cuentos, sus novelas, sus obras de teatro y sus premios. Seguramente no se mencionen sus poemas y eso que, entre muchos, tenía uno que abrumaba: sobre la vejez y los espejos. 

Castillo bromeaba con que si un día, en cualquier diario, publicaba un aviso con su nombre y su apellido, el número de teléfono que aún hoy sigue estando en la guía, y el anuncio de que iba a dar un curso con anécdotas sobre Borges o Bioy o cualquier otro, sin dudas, se llenaría “de viejas paquetas con ganas de escuchar anécdotas” que pagarían por cada oración, por cada letra. Y sin embargo, durante la mayor parte de su vida, al principio y luego, cuando ya era un hombre que hacía rato había entrado en lo que conocemos como La literatura argentina, tenía un taller de pocos alumnos, a los que les cobraba barato. Si alguno no le pagaba, se hacía el distraído, no decía nada. Sus comentarios eran brutales pero precisos, tan certeros como implacables y vehementes. De una lucidez que anonadaba.

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Pese a todo, decía, los talleres literarios no sirven para nada. No daba consignas ni hacía que sus alumnos escribieran durante las tres o cuatro horas del encuentro. “Para mí, el taller tiene sentido únicamente a partir de entenderlo como eran las revistas literarias de la década del 1960. Si enseña algo es a corregir. Podemos discutir un cuento, hablar de las cosas que le cambiaríamos si fuésemos a publicarlo, ¿lo publicaríamos? Es una revista sin revista”, dijo una tarde de mayo de 2011 sentado en el sillón de capitoné bordó, en el comedor de su casa y, después se quedó en silencio, la mirada fija en un punto lejano, como solía hacer cuando hablaba en público o explicaba algo y no quería desconcentrarse.

Aceptaba críticas y discusiones, pero bajo ningún concepto toleraba que, allí, alguien no se tomara a la literatura en serio. La literatura era su vida. Sylvia Iparaguirre era su vida. La literatura: no las presentaciones de libros, los cocktails, el lobby de tantos y tantos mediocres que diciéndose escritores no hacen otra cosa que brindar con carcajada falsa.
“Antes asistía a más lugares: iba a conferencias, daba conferencias. Pero siempre fui muy retraído. Creo que, básicamente, soy un solitario. Un solitario que no puede vivir solo. Porque cuando no está Sylvia estoy como perdido. Un solitario que, como casi todos los solitarios, necesita la relación con la gente, y sin embargo sigue solo aun en el tumulto”, definió aquella tarde.

Por eso, dijo, había empezado a tomar. Aunque se dio cuenta después de muchos años. Tomaba para soportar a otras personas. “Hoy, sobrio como una abadesa, cuando alguien no me gusta ni lo recibo ni le abro ni me importa” y se rió, con esa mirada de costado, maliciosa y simpática.

No le gustaba hablar de su vida. Decía que la vida es para vivirla. Que las cosas esenciales, sus cosas esenciales, ya habían sido escritas. “El alcoholismo, mi relación con las mujeres, mi idea de la muerte, la relación con mi madre, por ejemplo. Todo eso, de alguna manera, está en mis libros”.

Podía transformar una despedida, por mail, en una pieza literaria. “Si queda algo por hablar, lo haremos de palabra, no por escrito. Soy muy antiguo para dilapidar energías verbales en algo que no sean los cuentos o los versos que me adeudo”.