Rafael Nadal juega con el pie izquierdo dormido. Veinte minutos antes de los partidos tiene que anestesiarlo. Algo doloroso y desagradable, dice Nadal. Con la inyección le bloquean los nervios sensitivos pero ese bloqueo también puede extenderse a otras zonas del pie. Pasa de estar rengo a estar sin dolor, sin sentir el pie izquierdo. Así se quedó con su decimocuarto Roland Garros.

“En la final -contó- no sentía los dedos y era bastante incómodo”. Antes de ganarle al noruego Casper Ruud un periodista le preguntó si daría la final por un pie nuevo. “Sí, prefiero perder la final”, le respondió Nadal. Pero luego volvió a infiltrarse, a dormir el pie, y a gobernar el Philippe Chatrier. Nadie ganó en París más que él y pocos deben haber sufrido como él.

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A sus 36 años, los que cumplió el 3 de junio, Nadal viajó desde París a Barcelona para una operación que pueda terminar con su dolor. Nadal sufre el síndrome de Müller-Weiss, una deformación del escafoides tarsiano, el hueso del arco del pie, que arrastró desde la infancia y se agudizó con la adultez y la alta competencia. Se lo diagnosticaron en 2005, después de ganar su primer Roland Garros con 19 años. Lo cuenta en la autobiografía que publicó junto a John Carlin, Rafa, mi historia. Utilizó desde entonces unas plantillas que acolchonan al hueso. No hay -por decirlo de modo simple- una cura completa a esa lesión. Nadal busca reducir el daño. No se trata sólo de seguir en competencia, se trata de lo que sigue después del tenis: de caminar.

La épica de Nadal -la de sus veintidós Grand Slam, el último en París, el anterior en Australia- radica en su dolor. La cuenta @FueBuena, que hizo una encuesta en Twitter sobre esta cuestión. Preguntó a sus seguidores si sentían admiración o pena ante lo que había contado Nadal sobre su pie izquierdo. El 80% respondió que admiración, pero hubo un 20% restante que dijo sentir pena. ¿Hay que poner todo para ganar? ¿Incluso comprometer el confort de tu vida cotidiana?

“Tenés que amar lo que hacés y estar dispuesto a soportar cierto dolor, es algo que aprendés a medida que te hacés más grande”, dijo el escocés Andy Murray, que dejó el circuito en 2019 por sus dolores en la cadera. Se sometió a varias operaciones y volvió la competencia de alto nivel, pero con otro problema, jugar con una cadera de metal.

Nuestros héroes deportivos también sufren, aunque ya sabemos que dolor y sufrimiento no son lo mismo. Está el dolor agudo y el sordo, el que es intermitente y el que es constante. Está el crónico. Y está también el dolor mental y emocional, que en ocasiones lleva a los problemas físicos. No suele hablarse del dolor en el deporte, se lo naturaliza y a veces se lo oculta, no hay posibilidad para la muestra de debilidad.

Para la mujer deportista está el dolor menstrual, del que casi nunca se habla. La tenista china Zheng Qinwen tuvo cólicos menstruales durante su partido con la polaca Iga Swiatek en el último Roland Garros. “Me dolía tanto la barriga -contó- que ni siquiera podía gritar ‘vamos’. Me gustaría ser un hombre en la cancha y no tener que pasar por eso”.

“Para comprender las sensaciones en las cuales está en juego el cuerpo no hay que buscar en el cuerpo, sino en el individuo, con toda la complejidad de su historia personal”, escribe el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton en la introducción a su Antropología del dolor. “Lejos de huirle como los hombres corrientes, los deportistas se relacionan con el dolor como con una materia prima de la obra que realizan con el cuerpo”, agrega en el capítulo sobre el dolor deportivo.

“El deportista de alto rendimiento tiene un umbral al dolor mayor que el de cualquier persona”, dice Juan Herbella, ex futbolista, periodista, médico sanitarista deportólogo, autor del libro No me corten el pie. “El deporte te acostumbra a los golpes, a los dolores post esfuerzo, a manejarse en otros umbrales. El umbral del dolor es el nivel en el cual una sensación dolorosa te genera una claudicación. Hay deportistas que han jugado desgarrados o fracturados, y eso en parte se consigue por tantos años de tu vida de someterte a eso y, además, por conocer tu cuerpo”. 

La tarea del atleta, según Le Breton, consiste en domesticar la tentación al abandono cuando hay dolor. Siempre aparece ahí un asunto: que el deporte profesional de alto rendimiento no es deporte para la salud. “Son dos cosas distintas”, dice Herbella. Cuando Nadal imagina un pie nuevo, el que lo haría más feliz, se imagina en ese otro deporte.

“En el futuro -dice el español- me gustaría poder jugar con mis amigos deporte amateur”. Y sentir el pie, sin dolor, sin inyecciones que lo duerman.