Hace poco menos de un año, Gabriel Heinze debutaba como entrenador de Argentinos Juniors con una eliminación por penales en los 32avos de final de la Copa Argentina ante Laferrere, de la Primera C, en un encuentro en el que decidió sacar únicamente para la definición desde los 12 pasos al joven arquero Federico Lanzilotta y apostar por el experimentado Emanuel Trípodi, que no contuvo ninguno de los remates. «El Gringo», que nueve meses atrás había tenido un accidentado paso como entrenador de Godoy Cruz -siete derrotas en los once encuentros que dirigió desde un palco por no tener el título de entrenador-, arrancaba su nuevo ciclo con el pie izquierdo: eliminado por un equipo de menor categoría, con el público en contra por su inusual método de trabajo y con un plantel muy deprimido, porque seguían las pálidas después de un reciente descenso. Tuvieron que pasar 345 días para que el barrio de La Paternal volviera a festejar, producto de un equipo que arrasó en la B Nacional gracias a su juego asociado y logró el ascenso cinco fechas antes del final después de su victoria -ayer en La Paternal- por 1 a 0 ante Gimnasia de Jujuy. Y Heinze es uno de los grandes responsables para explicar este rápido regreso a Primera.

¿Por qué? Porque le cambió la mentalidad a un equipo derrumbado que un mes y medio antes de su llegada había sido el único que descendió en un torneo de 30 equipos. Porque apostó por los jóvenes y no lo defraudaron. Y porque, sobre todo, le devolvió la identidad a un equipo de barrio que supo conquistar el mundo y que ahora se deleita con el juego que ofrece fecha a fecha el equipo que comanda el Gringo. No le gustan los personalismos, descree que el éxito alcanzado sea únicamente por su trabajo, pero el público que asiste al Diego Armando Maradona no duda y desde hace más de seis meses grita que la vuelta olímpica llegará de la mano del Gringo Heinze. En las últimas fechas se agregó otro cantito: le piden que no se vaya, por los recientes sondeos que hicieron diferentes equipos de Primera para llevarse al técnico de 39 años que disputó los Mundiales 2006 y 2010.

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En Yatasto, la tradicional pizzería de San Martín y Jonte que está a cinco cuadras del estadio y que en sus paredes cuenta las tardes de gloria del club de La Paternal, el barrio se reúne y los hinchas elogian la campaña. “Desde el título con Borghi en 2010 que no veía un equipo de Argentinos con tanta seguridad. Salen a la cancha y ya sabés que no van a bajar la intensidad en ningún momento y que van a atacar todo el partido”, dice Germán Moreno, joven de 24 años, tercera generación de hinchas del Bicho. “Este club tiene una historia riquísima. Creo que la mejor definición es que Heinze encontró su lugar en Argentinos y Argentinos encontró al técnico que necesitaba para pensar en volver a ser”, agrega Horacio, su padre.

El manto de frescura que le brindó Heinze a Argentinos fue notable. El mérito es haber potenciado a jugadores hasta un nivel que ni ellos creían posible. La premisa fundamental que maneja este Argentinos que le sacó tanta diferencia al resto es que siempre se puede hacer un pase más. Desde la salida del fondo hasta en el área rival, siempre hay espacio para ver a un compañero y pasársela por abajo, al pie, o entre líneas. Si la pelota la tiene el contrario, intensidad y presión para recuperarla rápida y seguir tocando, porque la aliada fundamental es la pelota y los espacios los generan los wines por afuera. Ataca con mucha gente y jugando con tres, cuatro y hasta dos defensores ante equipos que sólo buscan cuidar su arco, Lanzilotta es siempre una opción de pase para sumarse al juego asociado. Es el claro ejemplo de la evolución del equipo: pasó de recibir muchas críticas por su falta de juego con los pies o porque el equipo siempre volvía para su arco, a que eso se transforme en la clave para ganar algunos partidos y terminar con la valla invicta en 24 encuentros. Y los hinchas, lentamente, entendieron la idea y ahora aplauden cuando la pelota atraviesa toda la cancha, siempre entre jugadores de camiseta roja y blanca.

El símbolo de esta campaña (24 victorias, 12 empates y 6 derrotas) es Esteban Rolón, el mejor jugador de la categoría. Joven como casi todo el plantel, el misionero de 22 años, volante central, es el cerebro de un equipo que juega de memoria y de local se vuelve imbatible. Otros jóvenes como Facundo Barboza e Iván Colman son sus grandes aliados, siempre con posiciones que rotan en el círculo central y hasta apareciendo por sorpresa para marcar goles claves. Como los que generó Braian Romero por la banda izquierda y Javier Cabrera por la derecha, o los que convirtió el “Polaco” Francisco Fydrizewski, ex compañero de Heinze en Newell’s y goleador del equipo. Y todos los ataques comienzan bien atrás, con la zaga experimentada que conforman Miguel Torrén, Nicolás Freire, Sebastián Martínez y Alexis Mac Allister, el comodín del Gringo, que fue utilizado tanto como defensor como mediocampista. Muchos de ellos padecieron el descenso y ahora tuvieron su gran revancha.

“Además de respetarla, ya le agarré un poco de cariño a esta institución”, dijo Heinze cuando el objetivo del ascenso ya estaba a la vuelta de la esquina. Ayer, minutos después de recibirse como técnico de Primera, dejó una declaración de principios sobre futuro: «Voy a luchar a mucho para cambiar el fútbol y para que haya más gente honesta».