El Che es el apodo que acompaña a Néstor García desde que empezó su carrera de entrenador. Antes, en Bahía Blanca, lo conocían como Checho. Todo cambió cuando llegó a Puerto Rico, donde dirigió a Gigantes de Carolina, su primer club. “Es un personaje famoso y reconocido en todo el mundo, pero en el Caribe tiene mucha influencia”, explica sobre el sobrenombre que lleva desde los 23 años. García suele grabar mensajes de voz en el celular para guardar las estrategias que se le vienen a la cabeza. Su teléfono también puede ser un continuado de canciones de los ochenta, Ruben Blades y Juan Luis Guerra, algunas de sus preferencias musicales. Su fascinación lo lleva incluso a escuchar seis veces seguidas un mismo tema. Con 33 años de carrera sobre la espalda, más de 30 equipos y tres selecciones, es el elegido para una nueva etapa del básquet argentino: el camino sin la Generación Dorada.  “Tengo mucha fe y confío mucho en los jugadores”, dice, desde Nueva York, donde visita a su hijo Tomás, graduado hace unos días como cientista político en la Universidad de Columbia, antes del estreno en la Selección ante Paraguay, en noviembre.  

-¿Ya imaginaste el 25 de noviembre, día del debut en la AmeriCup que clasifica al Mundial 2023?

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-Uf, todos los días. Salgo a caminar y lo tengo en la cabeza. Es un nombramiento divino que lo agradezco. Me imagino que voy a estar representando a mi país y me genera un nervio muy lindo. Es especial, me agarra algo en el estómago. Es algo que no sé cómo se define, pero que cuando deje de sentirlo es porque ya no me voy a dedicar a esto. 

-¿Qué representa este desafío? 

-Siempre he tenido la responsabilidad y la entrega máxima en cada lugar. Pero este es el nombramiento más importante porque tiene que ver con mis raíces, mi gente, mi país. Me llega en un momento ideal para dirigir porque soy joven y me agarra con 33 años de experiencia. Tuve la suerte de poder mantenerme en esta profesión gracias a los jugadores y los clubes en los que estuve. Esta oportunidad llega en un momento de mucha experiencia y muy bien en mi vida personal. Siento que es el momento, que tenía que tocar. 

-¿Es muy complejo asumir después de un ciclo de Sergio Hernández?

-Lo más importante es el camino y yo lo he disfrutado mucho. Por las alegrías, la gente que conocí, ver básquet y  pasear por distintos países. Recorrí el camino con equivocaciones, aciertos y con la satisfacción de haberlo elegido. La complejidad es mantenerse en un nivel. Siento que he hecho una carrera para llegar al lugar que estoy. Me da satisfacción porque fue mi decisión cuando me fui muy joven del país. Ha sido un viaje que me ha gustado mucho hacerlo, y encima lo elegí yo. 

-¿Cuál es la realidad de la Selección, la de los últimos Juegos Olímpicos o la del Mundial 2019? 

-El Mundial fue espectacular y lo que pasó en los Juegos es normal. Cuando las selecciones están en un lugar de privilegio, los rendimientos van variando porque hay mucho nivel. No creo que sea algo fuera de lo común. Estados Unidos es un ejemplo: estuvo flojo en el Mundial y arrasó en Tokio. Eslovenia no jugó el Mundial, ganó el repechaje e hizo un gran torneo en los Juegos. Estamos en un nuevo ciclo con la salida de Luis (Scola) por su liderazgo, por ser el hombre alto del equipo y el goleador. Son muchas cosas que estaban alrededor de él. Y nos atraviesa la pregunta que siempre tuvimos: ¿qué vamos a hacer cuando se acabe la Generación Dorada? Lo vamos a ver. Tengo mucha fe. Confío mucho en los jugadores que tenemos. Acumulan mucho bagaje, experiencia en la NBA y Europa, y son jóvenes que ya tienen un recorrido. 

-¿El ciclo terminó con Scola o se había cerrado antes? 

-Hubo una transición y ayudó a crecer a muchísimos de los chicos que siguen en la Selección. Fue muy buena porque fue con crecimiento individual y colectivo. A medida que se fueron dando los retiros, aparecieron otros que tomaron la posta y fueron creciendo. Ahora hay una experiencia recogida y calidad como para empezar un nuevo ciclo con mucha ilusión. Va a ser difícil porque el camino correcto siempre es cuesta arriba. 

-¿Cómo entendés a la argentinidad?

-Significa ser combativo, superarse ante las adversidades, tener orgullo de representar la bandera, competitivos y polémicos. En el caso del deporte hay un tema con nuestra ubicación geográfica: estamos del lado izquierdo y abajo de todo. No es fácil que seamos considerados, que podamos trascender y llegar a altos niveles viniendo de tan abajo, de un lugar tan al sur. Estoy convencido de que la argentinidad en el deporte es dar el extra. 

-¿Sos de pensar mucho en un partido antes de jugarlo?

-Creo mucho en el prejuego, como el juego y el postjuego. En su dimensión, cada uno es importantísimo. Me gusta mucho el prejuego porque anoto cosas, miro mucho el scouting y pienso qué haría si ponen a tal o si vamos perdiendo por ocho faltando poco. Toda mi carrera me pasó eso de jugarlo antes de empezar. 

-¿Qué es el liderazgo?

-Estar al servicio del equipo, compartir todas las ideas, preguntar mucho y delegar, empoderar y ser efectivo. Antes se creía que nacías líder. Hoy lo logra el que es efectivo, y eso depende mucho del trabajo de equipo. Siento que cuando algo sale mal hay que abrazarlo. Al fracaso hay que abrazarlo porque es el que más enseña e incluso pone en discusión si realmente existe el fracaso. 

-¿Y con los jugadores que vínculo generás? 

-Una relación estrecha desde lo humano y lo profesional. Son los que definen adentro de la cancha. Son los que tienen las presiones y responsabilidades de decidir en dos segundos, algo que no es nada fácil. Hay que entender sus sesgos, ver de dónde viene cada uno e incorporar los egos para formar un mejor equipo porque son ellos las estrellas.

-Hace más de siete años que hacés terapia. ¿Ayuda?

-Muchísimo. Que Elina, mi psicóloga, descanse en paz, porque falleció de cáncer hace poco. Fue una persona diferente, increíble, lo voy a tener en mi ser toda la vida. Siempre logró descontracturar las situaciones que vivía, me ayudó a expresarme y me acompañó aunque estuviera a la distancia y sin los formatos habituales de sesiones. No tengo reemplazante, porque ella era única. 

-¿Vas a dejar la terapia?

-Estoy muy bien, con muchas cosas claras y con cero conflictos internos ni externos. He sabido dar vueltas las páginas que tenía que dar y en otras me di cuenta que no eran trascendentes. Como creo en la terapia, voy a seguir buscando a alguien. Pero Elina me ha dejado una buena base y estoy bien. 

-¿Seguís capacitándote y formándote a los 56 años? 

-Hoy nosotros tenemos que estar informados y rodeados de gente capaz, especializada, que nos haga mejores. Me gusta mucho leer sobre programación neurolingüística, coaching, liderazgo, motivación y trabajo de equipo de estudios universitarios. Y es donde más nos tenemos que nutrir. Las relaciones humanas, la comunicación, los modos de atención y la manera de mandar el mensaje han cambiado muchísimo. Todo eso va muy rápido y hay que prepararse en cada una de esas áreas. 

-¿Qué hay de El Che en Néstor García? 

-Me encanta mi sobrenombre, pero no me puedo comparar con una figura mundial como el Che Guevara. No me da la cabeza para ponerme cerca de alguien con una historia tan enorme para la humanidad. En mi colegio tenía varias ramas y yo elegí la humanística, donde la cultura, el arte y la historia formaban parte de esa especialización. De ahí, desde chico, lo fui conociendo.