Boca se medirá esta tarde en la final de la Copa de la Liga ante Tigre en Córdoba. Podrá sumar un nuevo título local. Pero el jueves jugará otra “final”, acaso más crucial en el año. Casi obligado a ganarle a Deportivo Cali en la noche de Copa en La Bombonera para clasificar a los octavos de final, la Libertadores se transformó en el siglo XXI en una obsesión. No sólo para Boca (ni para los clubes argentinos). River, Estudiantes, Talleres y Colón ya se clasificaron a los octavos. Vélez, como Boca, dirimirá el pase en la última fecha de la fase de grupos. Palmeiras -actual bicampeón-, Atlético Mineiro y Flamengo son los otros ya clasificados, todos de Brasil, donde la obsesión encierra prestigio. Sea como fuere, la Libertadores es la redención absoluta en el fútbol sudamericano. Tradición y mística. Los equipos dejan “el alma y el corazón” para “conquistar” la Copa. Y los clubes necesitan los dólares de premios, sobre todo los argentinos. Pero el magnetismo de la Libertadores desborda al vil metal.

Argentina (25) y Brasil (21) ganaron 46 de las 62 ediciones de la Libertadores. Boca ganó tres de sus seis con Carlos Bianchi (2000, 2001 y 2003). “Virrey”. Y River, dos de sus cuatro con Marcelo Gallardo (2015 y 2018). “Napoleón”. Entrenadores conquistadores de América, Bianchi y Gallardo (mal)acostumbraron a Boca y a River a ganar la Copa. La convirtieron en parte de la cotidianeidad (hasta perdieron sus finales: Boca ante Once Caldas en 2004 y River frente a Flamengo en 2019). “Si no fuera por Bianchi -ironizó una vez el escritor Juan José Becerra-, Boca habría sido Racing”. Campeón de la Libertadores 1967, el primer argentino, Racing se estancó en América. Crecieron Independiente, el más ganador con siete títulos, y Estudiantes, con cuatro. Se sumó Argentinos al selecto grupo. El último club argentino en traspasar la obsesión fue San Lorenzo en 2014, el grande al que le faltaba la Libertadores: había perdido en el partido desempate -en Montevideo- de la semifinal ante Peñarol en la edición inaugural de 1960 tras ceder la localía a cambio de la recaudación (50 mil pesos). El karma le duró 54 años.

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“Cuando yo jugaba, sólo participaban los campeones. Y ahora juegan seis equipos argentinos y esa puja hace que sea un torneo apetecido por todos. Todos se mueren por jugarla y, sin embargo, hay grandes jugadores que nunca la han conseguido, como el mismísimo Diego Maradona. La Copa es el máximo exponente de lo que un jugador quiere en el continente. Ganándola te cotizás diferente. Boca quiere la séptima, River volver a ganarla. Es uno de los campeonatos más importantes del mundo”, dice Francisco “Pancho” Sá, el futbolista más ganador en la historia de la Libertadores: seis entre Independiente (1972, 1973, 1974, 1975) y Boca (1977 y 1978). Zaguero, a los 76 años, Sá dice que no tiene un secreto para darles a los equipos argentinos. Que jugó en equipos “imbatibles”, que no hay otro asunto: “Todos piensan en ganarla. Es un premio muy codiciado. Todos tratan de clasificarse para competir y, cuando están, se refuerzan y tratan de llegar lo más lejos posible. Todo ese camino hace que la Libertadores sea una cosa diferente y muy atractiva”.

Brasil subió el listón competitivo con el São Paulo de Telê Santana, bicampeón en 1992 y 1993, derrotado en la final de 1994 en el Morumbi por el Vélez de Bianchi, el DT más ganador en la historia de la Copa Libertadores. A pesar de los títulos de 1962 y 1963, el Santos de Pelé priorizó los torneos brasileños y las giras internacionales que entregaban grandes recompensas económicas. Antes del São Paulo de Telê Santana, Brasil tenía apenas cinco Libertadores de las 21 actuales. El jogo bonito del São Paulo de Telê Santana le ganó la Copa Intercontinental primero al Barcelona y luego al Milan. “Si la Copa se convirtió en una obsesión para los brasileños, es culpa del São Paulo de Telê. Una locura que los demás quisieron emular”, dice Daniel Mundim, periodista en Globo Esporte. Dominadores en la última década -Brasil ganó 8 de las últimas 12-, los clubes brasileños reclamaron mayores ingresos. El campeón de 2022 embolsará 25 millones de dólares. Y el torneo repartirá en total 244 millones, 15 más que en 2021. El cambio a una final a un partido único en una ciudad sede, al estilo Champions -se jugará el sábado 29 de octubre Guayaquil- y la ampliación de clasificados a 47 equipos no sólo respondió a una cuestión deportiva. Hubo un lavado de imagen de la Conmebol después del escándalo de corrupción del FIFAGate que arrasó con la cúpula de dirigentes en 2015.

Foto: Nelson Almeida / AFP

La Copa Libertadores, en concreto, es un invento europeo. La UEFA le propuso a la Conmebol jugar un partido entre los campeones continentales de clubes en 1958. Europa ya jugaba su torneo desde 1955. La “Copa de Campeones de América” finalmente se presentó en 1960. Dirigentes que la valorizaban más que a los torneos locales durante los primeros años recibían críticas. Europa volvería a meterse en la historia con la final inédita que River le ganó a Boca en 2018, mudada a Madrid. “Narrar la Copa es contar historias de gloria y de llanto. Es rememorar leyendas que no serían tales sin su paso por un trofeo que en América Latina no vale ni por el metal ni por la plata, sino por el atroz encanto de convertirse en inmortal para el continente entero. La Libertadores moldea héroes y heroínas con bronce y tiene la capacidad única de grabarse en la retina de generaciones enteras en estas tierras. Buscar e indagar en esas historias, a través de figuras como Francescoli, Spencer, Jozić, Pancho Sá, Grazi, Bermúdez y Córdoba, es único”, cuentan desde el colectivo “Lástima a nadie, maestro”, que lanzó Copa Libertadores: retratos de una obsesión, su segunda revista de papel.

“Lo que me enamora de la Libertadores es que en el televisor, al anochecer, el mundo del torneo se presenta como algo plácido, hecho de hoteles confortables, prolijos auspiciantes, peinados y tatuajes, sueldos en dólares y periodistas siempre elegantes. Y toda esa maquinaria homogénea se monta sobre una dimensión geográfica que en realidad es muy variada y muy accidentada: no es lo mismo el moderno Allianz Parque de Palmeiras que el estadio Víctor Agustín Ugarte de Potosí. Y me parece alucinante que un equipo tenga que jugar en escenarios tan distintos en un mismo torneo”, dice Alejandro Droznes, que en junio publicará Libertadores de América (Blatt & Ríos), un libro que recorre la historia y la geografía de Sudamérica a través de la Copa Libertadores, del prócer San Martín al Pollo Vignolo y de Simón Bolívar a un Petrolero del Chaco-Universidad Católica de Quito en Yacuiba.

Foto: Maximiliano Luna / Télam

Hasta qué punto la obsesión -“perturbación anímica producida por una idea fija”- de la Libertadores beneficia a los clubes -y a los jugadores- es también un tema. Obsesión como obligación. Carga y presión. Y desesperación. “La obsesión por la Libertadores le ha hecho mucho daño a Boca. Es tóxica y enfermiza. Pareciera que todo lo que se obtiene, si no se gana la Copa, no sirve, es secundario. Y no se sale hasta obtenerla”, dice Carlos Fernando Navarro Montoya, el Mono, protagonista con Boca de una semifinal-batalla campal ante Colo Colo, cuando el perro de un carabinero le mordió la cola en el Monumental de Santiago (Colo Colo ganaría la Libertadores 1991, la única de Chile en la historia). “El gran objetivo de Boca es la Copa Libertadores, pero no es el único objetivo”, agrega Navarro Montoya, exarquero, quien trabajó en las inferiores tanto en la gestión macrista como en la actual de Juan Román Riquelme.

En 2015, cuando miraba la realidad futbolística y política de Boca desde Don Torcuato, Riquelme había dicho que ganar la Libertadores equivalía a diez campeonatos argentinos. Ahora es el vicepresidente de Boca. La obsesión por ganar la Libertadores, un trofeo político que reaseguraría la reelección en 2023, parece taparlo todo, desde una segunda denuncia a Sebastián Villa -abuso sexual e intento de homicidio- hasta los gestos racistas de los hinchas ante Corinthians en La Bombonera. Riquelme también es el artífice de la Libertadores 2007, la última de Boca. El héroe artista en las canchas bravas del continente. Durante años, en la funda de su celular tuvo una foto suya levantando la Copa. Era de aquel festejo después de ganarle a Grêmio en Brasil. Horas después, Boca volvió en la madrugada fría de junio a Argentina. Lo esperaban muy pocos hinchas en el aeropuerto de Ezeiza. A las tres y media de la mañana, Riquelme comía un pancho de parado junto a su hermano al costado de la General Paz. Pocos imaginaban que, a partir de entonces, Boca cumpliría 15 años sin conquistar la Copa.