Si el mundo lo permite, el horizonte de felicidad futbolera para Lionel Messi es Qatar. Ya no hay Champions posible con el París Saint Germain, con el equipo de videojuegos armado precisamente con el dinero qatarí. Lo que queda ahí es la intrascendencia, el tedio de la liga local. La eliminación frente al Real Madrid reavivó un mensaje de Ramón Díaz a Mauricio Macri, el presidente de Boca que había armado el dream team de la década del noventa. “No alcanza con tener plata, hay que jugar bien al fútbol”, dijo el riojano mientras celebraba otro título como entrenador de River.

Al PSG tampoco le alcanzó con jugar bien al fútbol, cosa que hizo en el partido de ida en París y, al menos, hasta el error de Gianluigi Donnarumma en el primer gol del Real Madrid. Antes de ese derrumbe, el inicio del show de goles de Karim Benzema, el equipo de Mauricio Pochettino había jugado quizá sus mejores minutos de la temporada. Podrá ser explicado con la emoción, con lo psicológico, con los errores defensivos, con los cambios que hizo u otro, o con la grandeza y la tradición del Real Madrid. Con lo que sea, pero lo ganó el equipo español, que había tenido un partido fantasmal en París y que no es un club sin dineros, todo lo contrario para la marca más global del fútbol.

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¿Y Messi? Como en todo cuando se trata de fútbol, hay media biblioteca para un lado y media biblioteca para el otro. Una mitad: que Messi ya no tenga doble competición en Europa lo deja más fresco para su fin de año con la selección argentina. Otra mitad: que Messi no esté cómodo en su club, que no tenga el mejor ritmo, puede afectar a cómo llegue al Mundial. No existe para él la condición de que para que haya una estadía en la selección tenga un buen tránsito en su club. El año pasado, en el que ganó la Copa América, su hora de mayor felicidad con la Argentina, fue el peor con el Barcelona, el año de la huída.

¿Y Leandro Paredes? ¿Y Ángel Di María? La cuestión vale para todos, con el agravante de que Di María se haya desgarrado, el peor saldo de la noche del miércoles. ¿Cuánto importa para la selección lo que ocurra con los jugadores argentinos en sus clubes? Así como no es condición para Messi, a esta altura tampoco lo es para el resto de los futbolistas que ganaron en Brasil. Rodrigo De Paul tiene atado su lugar en las lista de Scaloni y, sin embargo, nunca se acomodó en el Atlético de Madrid. Su contratación era observada, llegaba del Udinese, Serie A, y quedaba en manos de Diego Simeone. En enero, la prensa madrileña -el diario Marca, bah- llegó a señalarlo como parte de problema de vestuario. De Paul es justo lo contrario para la selección, el elemento vital para la construcción del grupo. Nadie piensa a la selección sin De Paul.

Lautaro Martínez es otro. Estuvo diez partidos sin convertir en el Inter. Rompió esa traba cuando anotó tres goles en el 5-0 a la Salertina y así recuperar, al menos transitoriamente, la punta del campeonato. No alcanzó, de todos modos, para avanzar en la Champions. El Liverpool fue mucho más equipo. Pero el Inter es uno de los clubes de Europa que todavía pelea en su liga con argentinos en su formación. El otro es el PSG, con Messi, Paredes, Di María y, también, Icardi.

La lógica siempre indicaba -durante muchos años fue así- que los jugadores argentinos la rompían en sus clubes, pero llegaban a la selección para hundirse. No estuvo tan mal, fueron los años de las finales perdidas. El Kun Agüero dijo una vez que extrañarían -extrañaríamos- a esa selección. Reconvertido ahora en un streamer, Kun ya anunció que trabajará con la selección aunque todavía no se sabe en qué lugar. Y más allá de su trayectoria tampoco se sabe para qué. En este tiempo, no es tanto lo que pase con los jugadores de Scaloni en sus clubes, es lo que hacen, cómo actúan, qué les pasa. El frente interino. Cristian Romero, Cuti, que se ganó su lugar con Scaloni de entrenador, fue celebrado esta semana pegándole una patada a Richarlison. Hasta él mismo lo provocó en Instagram.

Ajustar esas actitudes son parte del camino a Qatar. Después, lo que pase en los clubes es otra cosa. Maradona dejó una enseñanza en «Así ganamos la Copa», el libro que hizo con Daniel Arcucci sobre México 86. Imaginando Rusia 2018 como la última oportunidad de Messi para ganar un Mundial, proponía que se prepare solo, que se prepare para ganarlo, sólo él. “Puede decir como yo le dije al Napoli: ‘Los quiero mucho, ya les di un montón, pero ahora mi prioridad es la selección’”- Hablaba de Messi en el Barcelona. Este, ya para Qatar 2022, es el Messi del PSG. Quizá ni hace falta pensarlo. Con saber que es su prioridad, le alcanza.