La gran referencia previa al Argentina-Australia de este sábado, por los octavos de final de Qatar 2022, es el doble cruce por el repechaje de las Eliminatorias para el Mundial 1994: el regreso de Diego Maradona, la ausencia de control antidoping por iniciativa de Julio Grondona, el llamado café veloz que -según Diego- habrían tomado varios jugadores argentinos, la trasnochada y madrugada con Alejandro Romay en Canal 9 a la espera del partido en Sydney, el empate 1-1 en la ida con el gol de Abel Balbo y finalmente, en la revancha en el Monumental, el remate goleador de Gabriel Batistuta, el 1-0 final y la clasificación a Estados Unidos 94. Pero, además, Argentina-Australia tienen otro antecedente olvidado, uno que unió a Marcelo Gallardo y Diego Maradona, o a sea a todo el fútbol argentino, River, Boca y la selección.

El hecho fue contado por el periodista Diego Borinsky en su libro «Gallardo Monumental» y se refiere a un amistoso jugado el 30 de junio de 1995 para la inauguración del estadio Centenario de Quilmes en los días previos al comienzo de la Copa América de Uruguay. Gallardo tenía 19 años y jugó con la 10 de la selección que, desde el año anterior, tras el Mundial de Estados Unidos, había dejado de usar Diego Maradona, quien justamente en esos días acaba de firmar su regreso a Boca luego de 14 años.

Gallardo, que todavía no era titular en River pero tenía la confianza de Daniel Passarella, erró un penal en el segundo tiempo y fue duramente silbado por la multitud que llenó el estadio. Argentina ganó 2-0 con goles de Balbo y Batistuta pero el público hostigó al Muñeco, en especial cuando fue reemplazado en el segundo tiempo por otro compañero de River y la selección, Ariel Ortega.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

De ese penal errado también quedó la imagen de un futbolista australiano, Jason Van Blerk, haciéndole a Gallardo la inconfundible señal con la mano de quien se había asustado antes de patear. Pero lo interesante lo contaría el Muñeco muchos años después, en el citado libro.

«Esa noche lloré de impotencia, era el primer cimbronazo que sufría en el fútbol. Nunca me había pasado que la gente me silbara cuando tocaba la pelota, fue muy duro, me bajoneó y me costó asimilarlo. De hecho, a la semana arrancó la Copa América en Uruguay y entré a jugar nervioso contra Bolivia, con un peso que nunca había sentido en mi carrera», le dijo Gallardo a Borinsky. Y entonces apareció Maradona.

Diego no formaba parte de la selección de Passarella, su enemigo. Tampoco tenía relación con Gallardo. Se podría decir, incluso, que los colores los separaban (aunque Maradona todavía no había debutado en su regreso a Boca, en esos días había viajado a Mendoza para acompañar a sus futuros compañeros de plantel para un amistoso ante la selección de Colombia). Pero Maradona no dudó en respaldar a ese joven de 19 años a quien un amistoso ante Australia se le había convertido en un tormento.

«Muñeco, dale para adelante, no pasa nada. No importan los silbidos, erran los penales los que tienen personalidad y los patean, estoy con vos», le dijo Maradona al teléfono, y Gallardo le agradeció enseguida y para siempre.

«Diego era mi ídolo, imaginate que el Mundial 86 yo lo viví con 10 años, en plenitud -dijo Gallardo-. Lo que le pasó en el Mundial 94 lo sufrí tremendamente, la pasé muy mal el día que me enteré que se quedaba afuera del Mundial. Estaba indignado, siendo ya profesional y jugando en River, eh. Aparte siempre fui muy hincha de la Selección y me ponía mal si perdía, así que fue muy lindo recibir su llamada de apoyo».

Ya en 2019, Maradona y Gallardo se abrazaron en un campo de juego, ambos como técnicos, uno de Gimnasia y otro de River, en el último capítulo de una relación que cruzó al fútbol nacional y que había empezado en el Argentina-Australia olvidado.