“¿Te parece poca cosa?”, le pregunta Julio Grondona a Sergio Jadue, presidente de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional de Chile (ANFP), que entra a la oficina de la estación de servicio de Crucecita, pequeña y lúgubre. “Don Julio -le aclara Jadue-, no estoy alineado con Jinkis”. El argentino Mariano Jinkis, de la empresa Full Play, les ha hecho una oferta “imposible de rechazar” por los derechos de televisación a los dirigentes de la Conmebol. Grondona, viejo amigo de José Hawilla, de Traffic, le dice a Jadue que hay que saber perder. “Comemos todos. O no come nadie”. Y lo invita a caminar por la cancha de Arsenal, donde tiñen la arena de verde para tapar los pozos. Porque, enseña Grondona, “lo importante es que cuando lo vean por la tele, todos crean que es pasto”.

La escena forma parte de El presidente, la serie de Amazon acerca del escándalo de corrupción en la FIFA que acabó con la presidencia de Joseph Blatter. Y que, a cinco años, vuelve a poner a Grondona en el centro de la trama de pago de sobornos y comisiones ilegales. El Grondona de El presidente (gran interpretación del actor argentino Luis Margani) oficia de narrador desde el más allá, voz en off, porque la serie empieza con el velorio en el predio de la AFA en 2014. Pero también Grondona es el maestro, patriarcal y didáctico, que guía en el negocio (y los negociados) a Jadue, el presidente más joven en la historia del fútbol chileno que llega a la ANFP a los 31 años desde el humilde Unión La Calera. Y que asciende entre los Buenos muchachos de la Conmebol en la sede de Luque, en Paraguay, que gozaba de “inmunidad diplomática”.

Grondona, cuya familia avisó que iniciará acciones legales contra Amazon, le enseña a Jadue (el colombiano Andrés Parra) que el exceso de confianza no hace bien. Que la palabra éxito se escribe con dos “p”: poder y plata. Que inventar una noticia es como armar una jugada preparada. Que es recomendable tener una fuerza de choque que defienda tu trabajo (barrabravas). Que el verdadero partido, en ocasiones, se juega en los sorteos de los campeonatos. Que no tiene sentido tener de amigos a tres clubes grandes cuando se puede tener a doce chicos. Y, sobre todo, que el fútbol tapa todo.

O, quizá, casi todo, hasta que aparece Estados Unidos con el FBI, enojado por perder la votación ante Qatar para organizar el Mundial 2022. La causa todavía está en la Corte de Brooklyn, y los Jinkis -Mariano y Hugo, su padre- continúan la defensa a través de videoconferencia. “Fue la tele -dice Grondona en El presidente– la que permitió que el hincha se convierta en cliente. Sin la TV, las empresas no pondrían un centavo de lo que invierten”. En la investigación, Grondona es el “co-conspirador número uno”. Y el argentino Alejandro Burzaco, exCEO de la productora Torneos, aliada a los Jinkis (Full Play) y al fallecido Hawilla (Traffic), funciona como el principal arrepentido-colaborador de la Justicia de Estados Unidos, mientras espera la sentencia en un modesto departamento de Nueva York. Burzaco, que declaró pagar coimas por 160 millones de dólares a 30 personas, aparece en El presidente. Nadie cobró, según Burzaco, más que los 15 millones que recibió Grondona. FIFAgate mediante, la venta de los derechos de televisación representó el 49% de los ingresos en el período 2015-2018: 3127 millones de dólares de los 6421, cifra récord. “Nada mal -dirá Grondona en la serie- para una entidad sin fines de lucro”.

El presidente, vale aclararlo, no es una recreación fehaciente del FIFAgate. Es una historia inspirada en hechos reales contada a partir de un personaje menor (Jadue), que sirve de ángulo por el que mirar la trastienda del negocio del fútbol. “Es uno de esos casos donde la realidad supera a la ficción -dice Armando Bó, director general de la serie, hincha de Independiente y fanático de Messi-; entonces me vi forzado a levantar el tono, a ponerlo en un lugar de comedia y sátira. Cuando uno trabaja sobre un caso real tiene que trabajar mucho la ficción. En este caso fue un desafío, porque era un delirio la cantidad de dinero que se movía”. De cualquier modo, Ken Bensinger, el periodista estadounidense que contó con lujo de detalles las declaraciones de Burzaco como testigo especial, autor del libro Red Card acerca del FIFAgate, sitúa a Grondona en el centro de la corrupción: “Gracias a él se pudo coimear a todo el mundo”. 

Al margen del Don Corleone porteño de Margani que habla con aforismos en El presidente, Grondona fue durante 35 años presidente de la AFA y, además de titular de la Comisión de Finanzas, era vice de la FIFA cuando murió a los 82 años en 2014, antes de que explotara el escándalo. “Pensé que era el centro del mal del fútbol porque es muy del carácter argentino eso de creerse el mejor y el peor en todo -dice Bensinger-. Pero después del juicio lo comprobé: era el capo di tutti capi, el peor de todos, por sus traiciones, manejos, mentiras, soberbia”. Desde mayo de 2015, cuando arrestaron a dirigentes en la antesala del congreso de la FIFA en Zúrich, 26 personas se declararon culpables de actos ilícitos, fraudes electrónicos y lavado de dinero. “Era una maquinaria gigante -dice Bó-. Sin duda habrán cambiado cosas, pero no creo que haya cambiado todo”.

La FIFA de Gianni Infantino nombró a Mauricio Macri como presidente de la Fundación de la entidad, que estima recaudar 1000 millones de dólares en 2020, bajo la supervisión de la vieja Comisión de Finanzas de Grondona. En marzo Macri iba a iniciar su nueva vida como dirigente de la FIFA con visitas a París y Ginebra, canceladas por la expansión de la pandemia en Europa. Macri es ahora investigado por espionaje ilegal durante los cuatro años como presidente de Argentina, una práctica que inició en Boca. El fútbol suele parecerse a la política. Y es utilizado muchas veces como trampolín. Pero el fútbol no es la política. “La FIFA tiene más miembros que las Naciones Unidas -dice Grondona en El presidente-. A mi país, bombardealo, pero no lo dejes afuera del Mundial”.