Los argentinos de Barwa, el barrio al sur de Doha, se empezaron a organizar unos días antes del partido. Tenían que estar todos juntos detrás del arco. Contra Arabia Saudita, también en el Lusail, habían sentido el rigor de ser visitantes, disminuidos por los gritos del rival y además ellos dispersos. Los hinchas suelen adjudicarse también derrotas y victorias, juegan su propio partido, que es también el del equipo. El partido con México era el único tema de conversación, en las noches, en los días, en el aburrimiento. Un grupo notó algo de pesimismo, comenzó la organización, no habría numeración que los frenara, se pasaban códigos QR, lo que fuera necesario para juntarse en un mismo lugar.

Ayer lo consiguieron, fue a ese lugar donde el equipo se acercó a saludar. Como con los saudíes, también México iba a tener más gente. Antes del partido se calculaba que unos 16 mil argentinos tenían entrada pero que incluso hasta veinte mil irían al estadio, muchos a buscar una oportunidad de reventa, por la que en algunos casos se llegaba a pedir hasta mil dólares. Otros tuvieron más suerte y consiguieron por la vía formal, por la app, a 170, entradas que se ponían a la venta de algún remanente.

Cuando comenzó a poblarse el Lusail se notó la diferencia. Los mexicanos eran muchos más, cerca de treinta mil. Fue el partido más colorido -y de más ida y vuelta entre las hinchadas- de todos los que se vieron hasta acá. México se movía con la melodía de Cielito Lindo, con sus máscaras de lucha, sus sombreros, su marea verde. La Argentina hacía sonar el bombo e imponía el grito de cancha argentina, el que copian los japoneses. A los mexicanos les cuesta el «somos locales otra vez». Levantan abucheos contra Messi, también contra Guido Rodríguez, que jugó en el Tijuana y en el América.

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Cuando los argentinos empezaron con «y ya lo vé y ya lo ve, el que no salta es un inglés» hubo intento de silbidos. En estos días hubo cruces con mexicanos porque habían cantado sobre Malvinas. Hubo unas piñas aisladas en la zona del centro, pero que preocupó a las embajadas. Hasta el Lusail llegaron todas juntas, sin problemas. Se vio una pelea en una de las tribunas pero sostienen que fue aislado. El desagote del estadio a través del metro y de algunos micros se hizo sin mayores problemas.

A esa hora, cuando ya entraba el domingo, la fiesta era celeste y blanca. Seguía en Barwa, el barrio argentino.