Así como Jorge Valdano dijo que hay partidos que duran noventa minutos, juegos que duran una semana, otros un mes y hay partidos que duran toda la vida, las mujeres iraníes juegan el suyo desde hace cuarenta años. “Espero que algún día pueda ser la Carlos Bilardo de Irán, pero eso lleva mucho tiempo. Por ahora, sólo quiero que más mujeres participen en el fútbol de mi país”, dice Katayoun Khosrowyar, vía e-mail, desde Washington. Kate –seudónimo bajo el que firma sus correos– tiene 34 años, nació en Estados Unidos y es la primera iraní –su padre emigró desde Irán hacia Norteamérica cuando era joven– en obtener la licencia técnica “A” de la FIFA, para dirigir juveniles élite sub 16, sub 18, sub 20 y de tercera división.

Kate sólo conoce a Bilardo por ser el técnico que ganó un Mundial con Argentina, en 1986. También es el entrenador que alentó la formación del fútbol profesional femenino en 2003, cuando sumó a Paola Vinai y Bettina Stagñares al entrenamiento de su equipo, Estudiantes de La Plata. “Espero que los muchachos se vayan acostumbrando. Hay que darle importancia al fútbol de mujeres”, declaró Bilardo ese día.

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Su padre, triatleta y nadador iraní, inscribió a Kate cuando tenía cinco años en un club local de chicas para que comenzara a jugar, principalmente porque tenía demasiada energía y le habían dicho que el fútbol era el mejor deporte para agotarse y dormir por la noche. Después de tener su primera práctica, a Kate le encantó. A los diecisiete años ya había pasado del fútbol regional estadounidense al estatal y recibido algunas ofertas de becas deportivas para jugar en universidades. Sin embargo, el primer viaje familiar a Irán en 2005 para visitar a sus abuelos, torció su destino.

Durante la estadía en Teherán se mantuvo en forma jugando al fútbol sala, aunque confiesa que “lo odiaba” y lo hizo porque era la única opción que existía. Su talento llamó la atención y, un día antes de regresar a su casa en Tulsa, la invitaron a integrar el equipo nacional –el primero de la historia, dado que se estaba conformando ese mismo año–. Las dos semanas de vacaciones en la capital iraní se volvieron permanentes. Kate no sabía hablar farsi, idioma local, así que empezó a comunicarse a través de la pelota, porque el fútbol es un lenguaje universal.

“Comencé a entrenar al equipo femenino iraní después de 2011, cuando fuimos descalificadas de la segunda ronda de clasificaciones olímpicas”, cuenta Kate y sigue: “Fue una gran vergüenza para el equipo nacional de mujeres iraníes, así que empecé a trabajar para entrenar a las bases y construir un equipo mental y técnicamente fuerte, donde nuestro juego hablara por nosotras, no por nuestro hiyab –código de vestimenta femenina islámica que establece que deben cubrirse el cabello–”.

Camino a Londres 2012, la FIFA descalificó a la selección femenina de fútbol iraní tras negarse a jugar contra Jordania sin el hiyab y las acusó de infringir el reglamento que prohíbe “mostrar mensajes o lemas políticos, religiosos, comerciales o personales, en cualquier forma o idioma, ni en el equipamiento deportivo ni en su cuerpo”. La Federación de Fútbol Iraní no se quedó callada y culpó a la casa madre del fútbol de “discriminación que insulta a todos los musulmanes”. Finalmente, la FIFA canceló el encuentro y se lo dio por ganado 3–0 al seleccionado jordano. Recién en 2014, después de algunas campañas encabezadas por deportistas y federaciones, la patronal del fútbol autorizó el uso del velo para “cubrirse la cabeza por motivos religiosos”.

El fútbol, aún en medio de prohibiciones, es más importante de lo que muchos suponen para la sociedad iraní. Posee un valor multifacético: no sólo se ubica como el deporte más popular, sino que también constituye un espacio de empoderamiento y de lucha contra el régimen, teocracia fundamentada en la ideología de Jomeini, ayatolá que derrocó al Sah Mohammad Reza Pahlev en la Revolución Islámica de 1979. Christian Bromberger, antropólogo francés y experto en estudios iraníes en la Universidad de Provence, dice que los deportes “son excelentes observatorios para comprender las contradicciones que impactan al Irán de hoy” y que allí “se cristalizan los debates y las tensiones sobre el lugar de las mujeres en el espacio público, sobre la decencia y el desencadenamiento tolerable de las emociones”.

“Dejen a las mujeres entrar en los estadios”. Darya Safani, activista iraní, aprovechó la presencia de la prensa internacional en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y alzó una bandera en pleno partido de vóley masculino entre Irán y Egipto. Denunció la prohibición en su tierra a las mujeres para presenciar eventos deportivos masculinos, debido a la segregación absoluta de los sexos en lugares públicos que trajo consigo la Revolución Islámica. Una semana más tarde, la taekwondista persa de dieciocho años, Kimia Alizadeh, se colgó el bronce en la categoría menos de 57 kilos, luego de vencer a la sueca Nikita Glasnovic con un 5–1, y marcó un hecho histórico: se convirtió en la primera medallista olímpica iraní –Zahra Nemati ya había sido oro en los Paralímpicos–.

En enero del año pasado, Kimia se marchó de Irán. Enfrentada con las autoridades de su país, se asentó en los Países Bajos (recientemente obtuvo su estatus de refugiada en Alemania) y las acusó de pensar que “no es virtuoso que una mujer dé patadas” y tratar a los deportistas como “herramientas de un régimen que quiere explotar políticamente el éxito deportivo y que humilla a mujeres como yo”. Aseguró que “la llevaron a donde quisieron”, se vistió “como le dijeron”, repitió “cada frase que le ordenaron” y que sus medallas “se las atribuyeron al velo obligatorio, a su manejo y sabiduría”. Pese a ello, la decisión de exiliarse de su tierra fue “aún más difícil que ganar el oro olímpico”.

En cuanto al fútbol, explica Kate, “creamos oficialmente nuestro camino como futbolistas y entrenadoras, y el país lo apoya”. Anteriormente, el público no entendía lo que significaba involucrarse en el fútbol como mujer y, ahora, los colegas masculinos y compatriotas tratan de ayudar en ese cambio de paradigma.

Offside, película del director Jafar Panahi que se estrenó en mayo del 2008, realiza una introspección en la sociedad y retrata de manera inmejorable la odisea por la que atraviesan las mujeres iraníes: se visten de hombres para poder ingresar a los estadios, en este caso a ver el encuentro masculino Irán-Bahrein, rumbo a Alemania 2006. “¿Por qué has venido, tan importante es?”, le pregunta el guardia a una de las prisioneras. “Para mí es más importante que comer”, responde ella. Once años después del estreno, Sahar Jodayari –una joven conocida como “la chica azul”, por ser el color del Esteghlal, su equipo–, decidió quitarse la vida a lo bonzo cuando le informaron una posible condena de seis meses de cárcel. ¿El delito? Intentar colarse en un estadio vestida como hombre.

Los catorce goles con los que el seleccionado masculino de Irán vapuleó a Camboya en octubre del 2019, por las eliminatorias asiáticas rumbo a Qatar 2022, permanecerán como una anécdota. Aquel día, la verdadera historia la marcaron las mujeres desde la tribuna: por primera vez en cuarenta años pudieron asistir a un partido de fútbol masculino. Debido al impacto de la muerte de Sahar y a la presión de la FIFA, unas 4.000 aficionadas –segregadas de los hombres en tribunas reservadas exclusivamente para público femenino– concretaron aquel sueño de volver a pisar un estadio, hábitat natural de una atmósfera considerada “masculina” por las autoridades.

Lo que sucedió “es apenas una cínica medida publicitaria”, denunció Amnistía Internacional –organización que vela por el cumplimiento de los derechos humanos– y pidió que se “elimine toda restricción para cualquier mujer que quiera concurrir al estadio”. Las redes sociales se expresaron bajo la campaña #WakeUpFIFA (“FIFA despierta”).

Las mujeres y el fútbol continuaron tejiendo a escondidas los hilos de un romance que fue prohibido en 1979, con la convicción de que no era un adiós, sino un hasta luego. Cuarenta años después, el triunfo ante Camboya valió doble, como aquellos partidos ante el clásico rival. Las mujeres alcanzaron el nirvana en el Estadio Azadi que, paradójicamente, significa libertad en persa. Fue victoria de la mujer ante la discriminación del régimen islámico, un golazo del feminismo, con dedicatoria especial: para “la chica azul”.

Desde su rol, Katayoun reafirmó el romance. Al frente de los seleccionados sub 14, sub 16 y sub 19, sentó las bases del fútbol femenino iraní moderno, rompió barreras, abrió puertas y empezó a cerrar una brecha cultural. Detectó talentos, adaptó los entrenamientos para mejorar la forma física y la dieta de sus jugadoras, conformó una red de directores técnicos que la ayudaron a adecuar las normas de los entrenamientos al siglo XXI y recorrió ciudades en busca de escuelas de fútbol. “Me he centrado tanto en crear una base para el fútbol femenino que no me di cuenta a qué se referían las personas cuando dijeron que generé una revolución futbolística –se sincera–, pero eso me hace sentir que el trabajo duro está dando sus frutos, aunque sé que tengo un largo camino por recorrer”.

En 2018, tras no conseguir un lugar en la fase final del Campeonato asiático sub 19 de Tailandia, le puso fin a su estadía en el fútbol formativo femenino de Irán. En su libro River para Félix, el periodista argentino Andrés Burgo piensa el fútbol como un sistema de castas en base a la elección de nuestros antepasados y una forma de seguir estando con ellos. Hoy Katayoun se encuentra en Tacoma, Washington, a unos 3.300 kilómetros de su Oklahoma natal, sus raíces, aquellas que abandonó para reivindicar a las otras mujeres de su árbol genealógico. Dirige en la academia del Reign Football Club, equipo que milita en la National Women’s Soccer League, máxima categoría del soccer estadounidense y que tiene como figura a Megan Rapinoe, emblema de la selección nacional y Balón de Oro 2019.

Kate, quien adora cómo Zidane transmite su clase, habilidades y tácticas a los jugadores; el estilo de pases y movimientos de Pep Guardiola, y que tiene como referencia el Liverpool, el Atlético de Madrid y la selección de Croacia, se permite soñar: “Quiero ser una defensora de las mujeres en el fútbol. Si puedo enfrentar como directora técnica los desafíos que enfrenté como ex jugadora de fútbol iraní, entonces el cielo es el límite”. 

“Realmente creo que las mujeres iraníes pueden algún día llegar a la Copa del Mundo y jugar fútbol de élite. Al fin y al cabo, son noventa minutos, pero llevan una vida de respeto al jugar fútbol de alto nivel, y quiero que se ganen ese respeto a nivel mundial porque no es fácil jugar con un hiyab completo en un clima húmedo de cuarenta grados. Eso requiere amor, dedicación y una mentalidad fuerte”.