Hola, ¿cómo están?

Bueno, ya sé, no sé para qué les pregunto. 

Los que están bien son los saudíes. Tienen feriado decretado por el rey Salmán para celebrar la victoria contra la Argentina. Nuestra frustración fue la felicidad del pueblo saudí que bailó y festejó en las calles de Riad su triunfo mundialista más importante. Lo hicieron en Qatar, además, el país con el que mantienen una lucha por el poder en la región. Hubo acusaciones de terrorismo, intentos por quedarse con una parte del mundial, se miran de reojo. 

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Los saudíes llenaron Doha. En un momento parecía que era todo argentino en el estadio Lusail, habían llegado las camisetas celestes y blancas todas de fiesta, todas cantando, todas arriba. Muchos arlecos, la clase de gente que puede pagarse este Mundial. Cantaron un poquito, como siempre, se emocionaron con el Maradó, Maradó de Rodrigo cuando la Argentina salió a hacer sus movimientos al campo de juego y luego se llamaron a silencio cuando la masa potente árabe saudí lanzó el primer grito que generó una fuerza expansiva por todo el estadio. La ola verde se despertó con bestialidad y electrificó el lugar, posiblemente también al equipo.  

Foto: AFP/ Juan Mabromata

Lo que siguió ya lo sabemos, ya lo vimos y lo sufrimos. Queda algo ahí todavía, que no es la queja de un fallo sino una reflexión. ¿En qué se convirtió hoy la ley del offside? En un detalle físico, una expresión corporal. Un hombro, un brazo, una nariz pero nada de eso de lo que el espíritu original de la norma indicaba que se trataba de una ventaja posicional para el atacante. Los diez offsides que le cobraron a la Argentina, el gol que le ahogaron a Lautaro Martínez, son el mapeo de que se perdió el espíritu de la norma. La automatización al detalle que inaugura Qatar 2022 con su inteligencia artificial quizá cambie todo. Porque privilegia la posición defensiva. Un jugador que sale al ataque tiene todo para perder ante el defensor que juega a achicar. “La prominencia de la nariz adquiere un valor trascendental en el fútbol”, escribió hace unos meses Santiago Segurola en el diario El País. ¿Establece esto un nuevo modo de defender, acaso más protegido, y un nuevo modo de atacar en el que estar atento al milímetro?

Después llegó el momento de la vuelta de un estadio mundialista donde te comiste una piña que no te esperabas: un montón de gente celebrando y otra gente en silencio, tratando de que el tránsito sea lo más rápido posible. Entre toda la tristeza, ¿hay algún modo de aceptar la alegría ajena? No sólo de aceptarla, de palpar cierta idea de todo lo que significa para ellos ese triunfo. Me volví por la línea roja, estación Lusail, hacia Legtaifiya, mi estación. En ese camino, todos eran saudíes con sus banderas y sus gritos. Algunos tenían camisetas argentinas porque decían que simpatizaban, que les gustaba, aunque jugaban contra su selección. Porque tampoco esperaban lo que pasó, ni ellos mismos. “Where is Messi?”, cantaban. “Messi is crying”, seguían. Debe haber algún parámetro de enormidad deportiva en el que la medida sea Messi. Porque la felicidad de todos ellos no había sido ganarle a la Argentina -sí, había sido ganarle a la Argentina- sino mucho más había sido ganarle a Messi. 

Son horas de shock. Para los jugadores, para sus hinchas. ¿Qué es nuestro equipo acaso si no es quien tiene la camiseta? Pueden pasar otros jugadores que también serán nuestro equipo. Pero ninguno será Messi. Todo lo que nos duele de lo que pasó en el Lusail nos duele por Argentina y nos duele por Messi. Hay una conexión rápida cuando se enciende la alerta de la frustración que es buscar a Messi en la cancha. Lo pensamos a él, pero también es una forma de pensarnos a nosotros. A darnos un lugar para la alegría colectiva. Nos cruza por estas horas algo de todo eso. Están los que no sólo no pueden viajar al Mundial sino que apenas pueden sobrevivir en Argentina, los que trabajan a destajo, con mil laburos, para sostener la vida, una vida precarizada, el alquiler, algún sueño. Esos son los que también están ahí esperando por Messi. Siempre hay que creer que nos merecemos bellos milagros y que ocurrirán. 

Este equipo sabe por dónde ir.

Hasta la próxima carta.