El 14 de septiembre de 2011, Héctor «Tito» Canteros se puso la camiseta N° 10 de la selección argentina, la de Diego Maradona y Lionel Messi. Jugó tan bien en el amistoso ante Brasil en Córdoba que Ronaldinho lo llenó de elogios y Alejandro Sabella, entonces entrenador de la selección, lo comparó con Andrea Pirlo. Tenía 22 años. Una década más tarde, a los 32, Canteros -tres títulos con Vélez, el club en el que debutó en Primera, y con pasos por el Villarreal de España y el Flamengo de Brasil- juega en Patronato de Paraná, el segundo equipo con el valor de mercado más bajo de la Liga Profesional. Canteros habla del fútbol en el barrio Pirelli de la Villa 17 de Lugano, de los viajes a los entrenamientos cuando jugaba en inferiores y lo paraba la policía, del asesinato del juvenil de Barracas Central Lucas González, de la pisada y la pausa en el juego, y del mundo del fútbol que, en ocasiones, “te puede nublar” y hacer “perder el rumbo”.

-¿Cómo era el fútbol en la villa?

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-Viví y aprendí un montón, y te fogueás de otra manera. Siempre tuve la ventaja de rodearme de gente mayor. Me aconsejaban y guiaban. Y siempre tuve la virtud de saber escuchar. Mi viejo me enseñó a respetar. Cuando había partidos por plata y se iba llegando a la final, o había definición por penales, la gente se te ponía ahí, el que te grita lo hace al oído. Más presión que eso no hay. Para mí era una final de Champions, y capaz estábamos jugando por cuatro o cinco lucas. Era lo que había en el momento.

-¿Esquivaste balas?

-Armamos el equipo del barrio y fuimos a Ciudad Oculta, detrás del Hospitalito, que ya no está. Tenía seis años. Habíamos ganado, y se arma una discusión y sale un hombre a pelear, y ahí empezaron a los tiros y nos tiramos todos al piso. Cuando se enteró mi vieja, casi lo caga a palos al que me había llevado.

-¿Cuando te dejaron libre de San Lorenzo a los 14 años vivías del dinero de los campeonatos relámpagos?

-Sí, siempre fui de rebuscármela. Juntaba y vendía cobre, aluminio y cartón con mi abuelo, que era medio ciruja. Era difícil tener plata para nosotros, éramos seis hermanos. No había para una Coca y un sánguche de milanesa. Había que pasar el tiempo. Juntando cobre y aluminio me pude comprar mis primeras canilleras y me duraron hasta llegar a debutar en Vélez. Son cosas que vas valorando, y que a veces hasta se extrañan.

-¿Tuviste amigos que jugaban mejor que vos y no llegaron?

-El ambiente de la villa, de los monoblocks, del barrio, te va llevando. Mal o bien, siempre hay algún familiar o conocido que te ata. Chicos que jugaban hoy están presos. Los pibes, en la mejor época, iban a los cumpleaños y yo me tenía que ir a dormir temprano. Mi viejo, cuando había joda, me venía a buscar a las 12. “Ya está, mañana tenés que jugar”. Tenés que tener mucha cabeza y disciplina. Era fuerte mentalmente: no tenía zapatillas y venía otro pibe, que andaba robando y las tenía fácil. Y podés llegar a decir: “Quiero un poquito de eso”. Ahí es donde te metés y no salís más. En ese tiempo, el fútbol tampoco te ayudaba. Apenas cobrábamos un viático, con (Nicolás) Otamendi, 25 pesos. Era más complicado que ahora. Aunque también es una contra que un chico de corta edad cobre más que los viejos y después no sepa manejarse. Cobran guita, los auspician, tienen auto, la mejor chica te mira. Todo eso te hace volar los patitos.

-¿Viviste algún episodio con la Policía cuando ibas a entrenar en inferiores?

-Era pibe, estaba siempre solo. Me paraban por portación de rostro. Ven tres pibitos en gorrita y ropa deportiva después de la noche y se cruzan de calle. Me pasó un montón de veces con la Policía: venía de entrenar y me paraban. “Vengo de entrenar”, les decía. Y me revisaban todo el bolso, me decían que estaba robando, rastreando en el tren Belgrano. No sé qué querían. Mi viejo me enseñó que el respeto te lleva a todos lados. Y cuando veían que les hablaba bien, se calmaban. A veces te daba impotencia, porque los policías te daban un bife, algún golpe.

-Entonces no te sorprendió el asesinato de Lucas González, el juvenil de Barracas Central.

-Y no, me dio mucha pena por el pibe. Fue muy injusto. Nadie se merece vivir lo que vivió. Te da mucha impotencia. Esa es la realidad, lo que vivimos los villeros, porque soy orgullosamente villero. Se convive con eso desde muy chico. Los chicos crecen con ese mirarte de costado de la sociedad, con que te pregunten de dónde venís y dónde vivís.

-¿Te “perjudicó” aquella citación a la Selección?

-Nunca la esperé. Tenía 22 años. No caí, no entendía, y pasé muy rápido de lo más bajo a lo más alto. Después jugué lesionado en Vélez, con una rotura de meniscos. Y me costó todo el doble, la recuperación. Mi sobrino juega en Boca y el día de mañana, si le pasa, le voy a decir que se opere, que pare porque le va a pasar. Yo no tenía nada: mi viejo laburaba 12 horas en una fábrica y mi vieja es costurera. Y esto es competencia: entran once y otros van al banco.

-¿Eso es lo amargo en el fútbol?

-Lesionarte, que cuando perdés no te mande un mensaje nadie. Ahora lo vas entendiendo. Pero las lesiones, el quedarte afuera, que un equipo te deje entrando solo, es lo más amargo. Amás al fútbol y estás impedido de jugarlo. Estuve en Turquía, en el Ankaragücü, y me peleé con el club por falta de pago en plena pandemia. Y sentí que me había retirado. “¿Qué hago ahora? Sólo sé jugar al fútbol”. Hoy les digo a los chicos que estudien, que hagan algo más. El fútbol son 15 años, como mucho, pero después la vida sigue. Estuve seis meses en mi casa: me levantaba, entrenaba y después ya no sabía qué hacer. “Si me toca hoy retirarme, no sé qué hacer”, le decía a mi señora. El profe y el nutricionista me pasaron unos libros, empecé a involucrarme más en la lectura, a meterme en otros mundos. El fútbol en un momento se corta, no sos un médico que estudia y se perfecciona y trabaja toda la vida. Acá, no. Si no estás preparado ni hiciste una diferencia económica, tenés que arremangarte y salir a laburar.

-¿Qué sentiste durante esos meses?

-Que era una persona que no estaba ni preparada para hacer las cosas de la casa. Entonces ahora leo, miro videos, hice boxeo y yoga, que me ayudó con el tema de la respiración y la flexibilidad. Y de la ansiedad. Había partidos en los que antes no paraba de pensar. Capaz que no hablo mucho, pero lo pienso y lo analizo y qué voy a hacer y qué no. Está bueno, pero todo el día no está bien. Necesitaba despejarme. Por eso ahora no miro mucho fútbol, ni tele.

-“Jugás según lo que te pasa en tu casa o familia”, dijiste.

-Nadie lo va a entender. El futbolista es un empleado que tiene que cumplir. En el fútbol quedás expuesto con el bajo rendimiento. El entrenador te puede preguntar pero hay chicos que reprimen cosas fuertes que viven. Que no tienen esa contención familiar, pasan ellos a ser los padres de familia. El futbolista madura muy rápido. A los 15 años tenés que dejar cosas de lado para el fútbol. Es la infancia, inferiores, subir a Primera, la responsabilidad de jugar por un campeonato o por el descenso, tener mucha gente detrás que te exige, hinchas que te putean, y después la fama, de no tener nada a mucha guita. El fútbol te puede nublar y podés perder el rumbo.

-¿Qué importancia tiene la pisada y la pausa en el juego?

-Me dan un segundo más para pensar. La pisada es también una gambeta. Y la pausa, ese tiempo para elegir la mejor opción, para distribuir la pelota. El fútbol va cambiando. Cada vez más se juega sin enganche. El que era enganche habilidoso pasa a jugar por afuera, de wing. El que pensaba, pasa de cinco, que ya no es el aguerrido que sólo robaba pelotas. El juego arranca de más atrás y necesitás que se piense más atrás y se ejecute más adelante.

-¿Por qué los cuatros equipos finalistas de Libertadores y Sudamericana fueron brasileños?

-Argentina no está bien en cuanto a dinero y no se puede retener a un jugador mucho tiempo. Le pasa a Vélez con Thiago Almada, que lo conozco y me encanta cómo juega. No le pueden pagar para disfrutarlo más. Y Brasil tiene eso: el fútbol lo maneja la televisión y pagan muchos premios. La Copa Brasil paga casi igual que la Libertadores. El Brasileirão, si lo ganás, te da más de ocho millones de dólares. Hay planteles grandes, se juega mucho, todo el tiempo, y eso está bueno. Los equipos grandes que juegan Libertadores o Sudamericana juegan casi 80 partidos por año. El nivel es muy alto. Y aparte son como 200 millones…

-“Me gustó el 10, distribuyó muy bien”, dijo Ronaldinho después de aquel amistoso con Brasil. ¿Esperabas más de tu carrera?

-En ese momento no lo había analizado. No parábamos de jugar con Vélez, campeonato y copa, y hoy lo valoro más. Jugué con la 10 de la Selección y Ronaldinho me elogió. Ahora estoy más maduro, tengo que ver todo, aconsejar, acompañar, abarco más. No le puedo decir a un compañero que está gordo si yo estoy gordo. Esto es contagio. En Flamengo hice un gran torneo y no tuve más chances en la Selección. Me tocó vivir lo que me tocó. Ya no me vuelvo loco. El fútbol son altas y bajas. Hay que disfrutar el momento. Hay Tito para rato. Antes me maquinaba, vivía a todo ritmo. “¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro?”. Ahora lo veo como un deporte que me hizo crecer y ayudó, pero que no es todo.