Claudio Tapia subió de rodillas los 72 escalones hacia el oratorio de la Difunta Correa, en Vallecito, a unos sesenta kilómetros de San Juan, la ciudad donde nació el 22 de septiembre de 1967. Llegó hasta el santuario, tocó la figura inerte de la Difunta y apenas agachó la cabeza como señal de respeto y agradecimiento. Una tarde de diciembre de 2016 le había pedido su deseo, la ambición definitiva como dirigente del fútbol: ser presidente de la AFA, lo que se cumpliría el 29 de marzo de 2017. Cinco días después, volvió a Vallecito para cumplir la promesa.

El ascenso de Tapia se puede medir por cada visita a la Difunta. Hacia ella fue cuando ganó la AFA, cuando Barracas Central ascendió al Nacional y cuando Argentina ganó la Copa América. Pero su poder no se construyó en base a la fe. O sí, a una fe pragmática, paciente, una fe peronista que lo hizo tejer redes. Tapia hizo el camino de barrendero, futbolista, sindicalista, socio de Boca, presidente de un club del Ascenso, funcionario de una sociedad del Estado, y presidente de la AFA. Desde Viamonte 1366 aplicó el manual grondonista. Acumuló poder.

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Su última victoria fue un fallo judicial. La Sala B de la Cámara Civil dictó que la AFA intervenga la Liga Profesional de Fútbol, el órgano que administra los campeonatos, y que convoque a elecciones en noventa días. El titular de la Liga era Marcelo Tinelli, presidente de San Lorenzo en uso de licencia. Un grupo de clubes, con el aval político de Tapia, se unió para removerlo. Hubo un llamado a elecciones, a la que se presentó una sóla lista encabezada por Cristian Malaspina, presidente de Argentinos. Tinelli habló de golpe. Fue a la Justicia para que resolviera la cuestión. Las elecciones se suspendieron, pero ahora la Liga quedó en manos de Tapia, que coquetea con la posibilidad de liquidarla.  

La Liga -que primero se llamó Superliga- fue una concesión de Tapia para llegar a la AFA, el acuerdo con el macrismo, en particular con Daniel Angelici, pero también con otros dirigentes de clubes grandes que le tenían desconfianza, entre ellos Tinelli. La Primera manejaría sus propios recursos; Tapia y Ascenso Unido -su núcleo- se quedarían con el resto, que incluía a la selección. Hubo foto con Mauricio Macri, que aunque no pudo imponer su proyecto de sociedades anónimas logró liquidar el Fútbol para Todos para la vuelta de los canales privados.

Tapia tenía dos capitales que hacía valer. Los votos del Ascenso y su vínculo con Lionel Messi, una intimidad edificada desde las finales perdidas de Copa América. Eran tiempos de rosca, presiones judiciales y desgobierno. De Luis Segura hasta Armando Pérez con la intervención. Tapia, que acompañaba al plantel, fue el cable de contacto que Messi mantuvo con la selección cuando amagó a renunciar en 2016.

Tapia levantó con la selección las paredes de su fuerte. Se parapetó ahí a pesar de las turbulencias de Rusia 2018, donde hasta empresarios de la TV buscaban su desgracia. Después de algunas negativas y trastabilleos, eligió como entrenador a Lionel Scaloni, sin experiencia previa, y a un staff con el sello de la factoría Pekerman, con Pablo Aimar, Walter Samuel y Diego Placente, a quienes se sumaba la experiencia de Roberto Ayala. Fue su gran apuesta. Un día hasta hizo volver a César Menotti a la AFA. Lo designó director de selecciones.

En medio de la pandemia, mayo de 2020, “Chiqui” Tapia armó su reelección por Zoom. Consiguió mandato hasta 2025. Pero la IGJ tenía en sus manos la validación de ese ejercicio. Estaba rodeado. Alberto Fernández no lo quería, Sergio Massa lo prefería afuera y a Máximo Kirchner no lo lograba seducir. Y Pablo Moyano, su ex cuñado, le lanzaba dardos venenosos cada vez que a Independiente lo perjudicaba un árbitro.

En paralelo, se agitaron denuncias mediáticas y judiciales. De una de ellas -por irregularidades en contratos entregados a la empresa World Eleven- fue sobreseído. Mientras, Tapia se acercaba a Diego Santilli y conseguía que Horacio Rodríguez Larreta le mantuviera su cargo en la CEAMSE. Pero la carta blanca le llegó en el césped del Maracaná, con Messi levantando la Copa América. Unos meses después la IGJ lo ratificó en su cargo.

Durante ese tiempo, suspendió descensos, aumentó plazas en la Primera, donde hay 28 clubes, y engordó la segunda categoría hasta los 37 equipos. En ese reparto, con arbitrajes que se convertían en escandalosos a la primera repetición, el que más ganó fue Barracas Central, su club, el que preside su hijo, el que juega en el estadio Claudio “Chiqui” Tapia y el que por primera vez en el profesionalismo llegó a la A.

Están los que dicen que lo desdeñaron por su origen plebeyo. También los que sostienen que subestimaron su capacidad política. Ahora lo ven con otros ojos, con sus pantalones achupinados, las zapatillas que hacen juego con la camiseta de la selección y su nuevo corte de pelo. Igual que Julio Grondona, Tapia no sabe hablar inglés. Pero apalancado por Messi y la selección, coordinará la oficina de Conmebol y la UEFA en Londres. Y puso hombre propio en la FIFA. Luciano Nakis, hijo de Noray y opositor a los Moyano, será el representante de la AFA. Afirmado en su tierra, “Chiqui” Tapia inicia su ascenso internacional. Pedirá a la Difunta Correa por el Mundial de Qatar.